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16 de octubre de 2011

¿Cómo juzgar al kirchnerismo? / H. González en diálogo con Yuyo Rudnik


Querido Yuyo
 
                        Hace tiempo recibí tu carta, parte ya de una larga conversación, que si bien no sucede al margen de los incesantes acontecimientos políticos que se producen en el país, tiene una relativa autonomía de las coyunturas. Veo en primer lugar que hay un problema en cuanto al juicio sobre el kirchnerismo, llamándolo sin más “modelo”. Porque a pesar de que la palabra modelo parece señalar un conjunto establecido de contenidos, estilos y lenguajes, en verdad estamos ante una situación muy abierta y novedosa. Hay, sí, algunos esbozos permanentes, por un lado intentos de crear un orden consolidado y por otro, incesantes acontecimientos sin guión previo que pueden ser dispersivos pero mantienen una gran potencialidad democrática. Necesidad y contingencia, las dos dimensiones del ser político. No es fácil decir entonces a que nos referimos con la expresión “modelo”. Obedece más a la lógica de disputa del poder, que a un cuadro fijo de acciones articuladas y prefiguradas con capacidad de amoldar hechos futuros, aunque sí de darles un nuevo marco polémico. Hablaría mejor de algo parecido a lo que el historiador Shumway popularizó con el nombre de “ficciones orientadoras”. El gobierno las tiene y están en discusión: en los últimos tiempos, hay que buscarlas en las propuestas de industrialización y en las alianzas entre la esfera científico técnica y la autonomía productiva.
                        Personalmente, Yuyo, podría compartir de tu descripción muchos aspectos a los que no dejo de reconocerles la necesidad de agudizar la imaginación pública para definirlos más acabadamente. Pero la razón final de tu crítica se refiere a exigencias que solo un gobierno con fuertes hipótesis anticapitalistas podría sostener. Me adelanto a decir que no comparto las definiciones de muchos que apenas quieren un capitalismo más amable, serio o adecentado. Pero están en discusión las viejas hipótesis de la dimensión anticapitalista que toda expresión libertaria –nacional popular, democrática radicalizada o socialista clásica- siempre supo convocarse para defender. Para los que no queremos albergar la política en neocapitalismos de nombre diverso, ¿qué alcances tendría hoy una política no capitalista? Al señalar en tu carta todas las zonas que considerás discutibles del kirchnerismo, las resumís en que representan al cumplimiento de los “objetivos y de las ideas de la derecha”. No pienso así, y a pesar de que a veces aparecen nombres desalentadores para juzgar el transcurso de esta experiencia, en lo fundamental me parece que también la cuestión del nombre está a la espera de que la vida política en su conjunto se exija más a sí misma en términos de invención y expectativa.
                        No me parece justo calificar de derecha a una experiencia que entre todas sus complejidades, sigue conteniendo fuerte expectativas de cambio emancipador, pero si hace largo tiempo estamos empeñados en esta correspondencia –hace más de dos años, lo que me parece un testimonio de amistad y camaradería, al margen de las diferencias-, es porque también creemos –pienso aquí en todos los que tenemos similar formación política-, que hacen falta nuevos nombres para calificar las líneas esenciales de lo que está ocurriendo, tanto como es necesario afinar nuestras propias opiniones y posiciones. ¿Por qué nuevos nombres y no las descripciones que tan severamente exponés, como “el avance incontrastable de la sojización, de la extranjerización, la concentración y la centralización de capitales…”? No ignoro ninguno de esos fenómenos, y otros parecidos, a los que en casi todos los casos matizaría con diversos hechos que también me parecen atendibles y no los veo mencionados en tu carta, más allá de reconocimientos episódicos de cuestiones de gran importancia que en muchos casos fueron apoyadas por la bancada parlamentaria de Libres del Sur, sectores de izquierda, el socialismo y otros.
                        Pero insisto, nuevos nombres, y si querés, nuevas definiciones en relación a las posibilidades, tanto de este tipo de gobiernos como a ese tipo de formulaciones que desean ser “más consecuentes” respecto no solo a la timidez que se le adjudica al kirchnerismo en sus reformas, sino también a lo que parecería su concordancia con las grandes condensaciones del poder mundial o local. Nuevos nombres: el kirchnerismo es lo que podríamos llamar un “analizador intrépido” del inmediato pasado, munido de un gran realismo político, al cual puede adjudicársele algunas de las frases atemperadoras de Raúl Alfonsín hacia 1986, dirigida a sus críticos de izquierda: “no tomamos el palacio de invierno”. Esto es, era un gobierno tímidamente reformista en el inmediato tiempo post-dictatorial, reconstructor de previsibles instituciones representativas, atacado por fuerzas poderosas que él mismo no pensaba afectar sustancialmente en sus intereses.
                        El kirchnerismo es mucho más atrevido, tiene la fruición de la coyuntura inesperada y se mueve desatando nudos históricos en general con una visión progresista, pasando a un capítulo superior de las cosas –sobretodo en momentos de apremio-, prefiriendo no repetir motivos conservadores, sino al contrario. Confía en la virtualidad de una historia social de procesos colectivos que abren puertas a oportunidades emancipatorias. Es cierto que proviene también de las fraguas internas de un partido tradicional, que en verdad está siempre en estado de congelamiento, como un gigante dormido que no obstante vigila con ojos entreabiertos sus intereses. Algunos querrían despertarlo para que se revitalizara sin rémoras clientelistas. Otros, que se desmigajara para que la sociedad reabsorbiera realmente sus memorias pero no sus gravosos procedimientos. De su seno, aparecen de tanto en tanto fenómenos de diferenciación, tomando elementos progresistas, de centro izquierda, evocando memorias del “peronismo revolucionario”, etc., que entran en tensión con la caparazón del propio PJ, sin abandonarlo. Entonces, se produce la gran discusión: ¿este partido en estado de hibernación permanente, conviene mantenerlo así para que sea un mudo respaldo pragmático; conviene reactivarlo como un “partido de derechos humanos”, o hay que descartarlo del todo pues a pesar de su somnolencia astuta, es el gran límite a las transformaciones? Es evidente que esta época tiene mayores respiraderos y hay cierta audacia en las decisiones que fueron las que le dieron su identidad más versátil al gobierno, pero la cuestión del partido justicialista, pero por añadidura, del sistema de partidos en la Argentina, no está saldada.
                        El gobierno se mueve dentro de los grandes órdenes económicos mundiales, y aún así, buscando líneas interiores, intervenciones no complacientes y aspectos autonomistas que no son los que abundan en la historia económica, política y diplomática del país. Pongo por ejemplo el discurso en la ONU de la Presidenta. Se trata de una meditada intervención en los asuntos mundiales de carácter progresista y que cuenta con el atrevimiento de proponer una modificación en el mismo consejo de las Naciones Unidas, al que se ve como arbitrario o sectario. ¿Hay ese mismo atrevimiento en otras cuestiones? Veamos. Una de las líneas maestras de la acción gubernamental, como se sabe, es una suerte de opción productivista, sin los nombres anteriores –hay uno nuevo: tecnópolis-, pero a la que le agrega una mayor sensibilidad social que la que tuvo el desarrollismo originario. Del último Perón toma su noción de la integración mundial con leve acento autonomista, quizás un poco menos la cuestión ecológica, y decididamente se inspira en un fuerte llamado a la unidad nacional, no en abstracto –como indicó la Presidenta en el acto de Huracán-, sino postulando sectores dinámicos como protagonistas privilegiados. El “Pacto Social” del Perón del 74 se revive últimamente con fuertes apelaciones al empresariado y a las organizaciones centralizadas de los trabajadores, aunque a éstas, a diferencia de los primeros, les hace mayores invitaciones al abandono de las prácticas corporativas. Por otro lado, de un modo muy contundente, se ha fijado un ideal productivo, emanado de fuertes atenciones que se le brindan al sector científico-técnico, del que se espera que contribuya con el esqueleto intelectual de las nuevas posibilidades industrializadoras del país. Considero todos estos temas aptos para grandes pronunciamientos públicos; discusiones no cerradas.
                        No veo en estos casos una derechización, como se asevera, Yuyo, en tus intervenciones. Veo más bien un programa clásico de desarrollo nacional con un fuerte impulso institucionalizador –las paritarias en un sentido, la ley de internas obligatorias en otro-, que se corresponden con un pensamiento hasta ahora no declarado y que creo que también proviene de la fuente peronista clásica, la más solicitada por el gobierno: hay una etapa “doctrinaria” y otros “institucionalizadora”. Desde luego, la institucionalización compone una escena dilemática. Nunca puede haberla por completo, ni es posible abstenerse en su totalidad de ella. Del mismo modo, la proclamada “unidad nacional” se torna una pieza habitual de todos los gobiernos mayoritarios, confiados en que en esa proclama conviene refugiar una ostensible hegemonía, basada en una convicción totalista, que siempre tuvo el peronismo, y que sin embargo, envuelve una paradoja. El peronismo histórico postuló la unión nacional y para las clases poseedoras eso no era creíble. Ya el Pacto Social del último Perón llegó a interesar más a los sectores tradicionales del empresariado y a las fuerzas del orden en general. La esencia de tales llamados, hechos desde los movimientos populares, es la de proteger su capacidad de convocatoria, realizando la confrontación de manera implícita, oblícua o tangencial. Las derechas temen también estas formas de conflictividad que sin embargo hablan el lenguaje de la conciliación. Cuando los movimientos populares toman el rumbo de una desaceleración conciliante –le pasó al peronismo clásico, puede  pasarle al kirchnerismo- los verdaderos núcleos de poder mundiales y locales tratan de aprovechar la situación, pero nunca la creen sincera. Al mismo tiempo, las izquierdas, que a priori atacan a los gobiernos reformistas, cuando éstos se hallan en medio de la tormenta y mueven el timón en direcciones ambiguas, encuentran cumplida su hipótesis y dicen “¿vieron? ¡ya lo habíamos dicho!”, cuando en verdad no precisaban ninguna evidencia de lo frágil que es la historia, sino que se actuaba con preconceptos intactos y predeterminados.   
                        De tal modo, el gobierno continúa teniendo un proyecto reformista e industrialista, que quizás esté menos en  sus textos y discursos (aunque también lo está), que en su facticidad evidente. Los hechos realizativos aparecen desprovistos de fundamentaciones de mayor alcance, no me refiero a una teoría de la historia, sino a un itinerario colectivo trazado con nociones más avanzadas de historicidad (lo que incluye imágenes de una sociedad democrático-libertaria), a los que de todos modos hay una cercanía en los conceptos esgrimidos actualmente. Sin embargo, existe una explicitada vocación de sostener un “desarrollo con inclusión social”, o en otras de sus versiones, “desarrollo con valor agregado, ciencia, técnica y producción”, o aún otra más: “alimentos y valor agregado a la materia prima en origen”. ¿Es el modelo? Si se le agregan elementos de su postulado sobre la autonomía financiera, rechazo al ajustismo, hipótesis de distribucionismo económico social, igualitarismo en la percepción de bienes y servicios, etc., estaríamos dentro de un estilo demócrata social avanzado, si se lo compara con la historia argentina reciente y la propia situación mundial. Estas fórmulas son las clásicas herencias cepalianas o desarrollistas de la antigua “teoría de la dependencia” pero en la era de la globalización. A ésta, por momentos se la elogia, pero la política económica real no se condice con la estrategia habitual de la globalización, sino que posee aspectos estatistas y proteccionistas de diverso cuño y alcance. ¿Qué nada de esto supondría la existencia de un proyecto de transformaciones más audaces? Puede ser, pero tampoco estamos ante un mero “posibilismo”, como se decía antes, porque no puede ignorarse una plexo de intereses (lo llamo así para no decir meramente “derecha”), que si bien en algunos casos se superponen con acciones de gobierno (no puedo negarlo, y eso tiene diversas interpretaciones), en lo fundamental (esto es, lo esencial de la situación, su carozo interno, que es lo que estamos discutiendo), se trata de un camino que las fuerzas mundiales de dominio no comparten y sigue siendo atacado por los reaccionarios vernáculos (permitime aquí que emplee una noción un poco abstracta pero aún certera), que no cesan de lanzar dardos y anatemas por sus medios de comunicación.
                        No hay entonces posibilismo. Hay zonas de yuxtaposición de intereses así como también zonas de alta fricción. No posibilismo, entonces, sino transformismo experimental. Hay rodeos, tiradas animosas, retrocesos, cálculos ostensibles sobre la base de lo previsible, evocaciones del lenguaje movilizador del pasado para sostener hechos muy heterogéneos, pero que aún sin ser audaces, precisan de la lengua movilizadora. La situación, entonces, es abierta. No concuerdo con los que la ven ya cerrada, lacrada en un contenido de derecha, menemista o amenazadora hacia la movilización social.
                        Y aquí entramos a un tema capital: la memoria social de la movilización argentina y el modo en que la toma el gobierno. Para ser más explícito: ¿qué debe hacer un estilo o un comportamiento de izquierda ante estos hechos? Voy a responder, Yuyo, en primer lugar, tomando un reciente reportaje que leí de Miguel Bonasso, a propósito de su libro El Mal. Veo la publicidad del libro en la carrocería de los colectivos, con su título que parecería una jugada más de Editorial Planeta en torno a los cíclicos intereses de una gran cantidad de lectores sobre ciertos temas demonológicos, exorcismos y técnicas que nos salven de las satanizaciones diversas que siempre están al acecho sobre las almas disponibles para la gran cosecha que hacen los dioses oscuros del mundo, los poderosos que desde las penumbras dirigen lo hilos de aquellos que incluso dicen oponérsele. Cuando Bonasso dice que los Kirchner se “inventan biografías”, combina una denuncia moral con una denuncia del “modelo”. Ni me convence lo primero –por compartir términos muy familiares al moralismo burgués- ni lo segundo, por lo que antes dijimos. Hay situaciones abiertas antes que variables anudadas de un modo fijo. No obstante, no voy a hablar mal de Bonasso, pues siempre sentí afecto hacia su estilo denuncista, su necesaria estridencia, su escritura de publicista enérgico, su arrebatado instantaneísmo, su capacidad de focalizar temas con virtuosismo de periodista y agitador; en el fondo, un buen novelista, como lo demuestra su libro menos comentado, La memoria donde ardía.
                        En un reciente reportaje de Clarín que me llamó la atención por su agresividad –a no ser que frases causales, que todos decimos, hayan sido tomadas por el periodista de este diario como conceptos graníticos, definitivamente torneados-, Bonasso señala al kirchnerismo como una falsía, la continuación del menemismo por otros medios (o por los mismos), sostenidos por gentes que piensan en su “billetera”, y en última instancia, regido a la distancia por poderes armamentistas, bushistas, corporaciones como Barrick, y muchas otras consideraciones que imagino que pertenecen a la conglomeración del Mal, aunque esto corre por mi cuenta, no leí todavía el libro. Pero al pasar, dice una frase: “los Kirchner inventaron un pasado heroico, en el que no participaron, para encubrir la continuidad del proyecto menemista disfrazándolo con acusaciones de modelo neoliberal, lo cual no significa que no hayan tomado buenas medidas”. Analicemos esta frase, en un reportaje donde habla de “corrupción estructural”, “tráfico de influencias”, “banana republic”. No voy a intentar refutar una a una estas afirmaciones más propias de la estridencia lanatiana, pues en cada caso, sobretodo en el tema de la minería, sería necesario decir que hay que mirar con mayor atención lo que ocurre, reencaminar esa crucial cuestión en dirección a procedimientos diferentes, sobretodo en aspectos empresariales, tecnológicos y jurídicos, para que incluyan decididamente el respeto ambiental, la no depredación de los glaciares, la racionalidad cultural de los implementos tecnológicos, el control exhaustivo hacia las decisiones empresariales con un nuevo tipo de retenciones, etc.
                        En cada caso, si la discusión fuera con documentos en la mano, Bonasso no deja de aseverar proposiciones dignas de discusión, que no dudo que serán la marca del período que viene. ¿Pero por qué se convierten estos temas acuciantes –minería, valoraciones sobre el pasado, irregularidades en el desempeño de las instituciones públicas-, en un núcleo cerrado de decisiones, como si dijéramos ya planificadas, determinadas por un mito de dominio forjado por embaucadores, herméticamente sellado y envasado al vacío, una suerte de irrespirable menemismo redivivo?   
                        Es fácil –apelo al digno y cotidiano sentido común- percibir que no es así. Pero tampoco Bonasso puede creer que sea así. Voy de nuevo a la cita que hice de su entrevista en Clarín sobre la “continuidad del proyecto menemista”. Leemos allí la frase “lo cual no significa que no hayan tomado buenas medidas”. Hay un problema lógico aquí, que menciono, Yuyo, por que lo veo también en muchos razonamientos de la oposición de izquierda al gobierno. Muchas veces se dice… “y sin embargo, tomaron ciertas medidas que…” Y allí se enuncia, según quién hable, la asignación universal, las AFJP, Aerolíneas, la ley de medios, Papel Prensa, etc. Planteo un mero problema lógico. Si estuviéramos frente a hechos macizos, sin ninguna porosidad, un bloque de acciones maléficas que solo se distinguen por la corrupción, la impostura y el saqueo, por una la continuidad de las derechas, jamás podría emplearse una frase adversativa en relación a las “buenas medidas”. ¿Cuáles? ¿Por qué no se las menciona? Imagino una respuesta: porque su mera mención implica el reconocimiento de que esta es una situación nueva, que podrá tener aspectos muy criticables, e incluso concedamos: ciertas continuidades con modalidades que cuestionamos en el pasado, pero en esencia todas estos recursos condicionantes, están inscriptos en situaciones nuevas, abiertas a un territorio inesperado de transformaciones, a un reino de posibilidades potenciales que son como una claro en la espesura. El lenguaje traiciona la voluntad política de condenar la totalidad de una situación, así como la condena absoluta no tiene un lenguaje convincente para sostenerse, so pena de coincidir aquí sí totalmente con los deseos declarados e indeclarados del viejo conglomerado de intereses conservadores, hoy expresados por dos grandes periódicos nacionales en campaña de demolición.
                        Para Bonasso y para muchos grupos de la oposición de izquierda parecería que  existe un doble fondo moral y perceptivo; uno, el que lleva a una condena unánime del gobierno con fuertes tonos moralistas y satanizadores; otro, realista, imposible de omitir, respecto de que podrían ser bien vistas algunas “buenas medidas”. Considero que en esa fisura lógica de un razonamiento que parte de una condena implacable, hay una explicación que se está debiendo. Si sacamos las consecuencias últimas de esa fisura –reconocer que de todas maneras algo se ha hecho- sería imposible la condena absolutista y ciega a los gobiernos de Kirchner y Cristina Kirchner. Ya la sola enunciación de esa excepción –las buenas medidas- aunque tratada de una forma difusa, sin decir cuáles medidas ni que significan en concreto, sin embargo debería introducir una duda en el razonamiento de la demolición, sobretodo cuando la crítica se hace desde los medios de comunicación que expresan la trinchera de un poder mediático que sin duda precisa también su ala izquierda.
                        Ahora bien, éste es un problema. No seré ni esquemático ni haré gala de escasa comprensión hacia esta cuestión de tamaña espesura. ¿Cómo interpretar un gobierno que aunque sería continuidad de “lo peor del pasado” (encubriéndose en vestiduras transformadoras e igualitaristas), hacealgunas cosas buenas que incluso el centro-izquierda apoyó desde el parlamento? ¿Ese reconocimiento no pesa a la hora de matizar el juicio adverso? No, porque ese juicio se lo ofrece desde órganos de prensa sobre los que no se discute en ningún momento a qué continuidad del oscuro pasado pertenecen. Es por lo menos poco ecuánime esta disparidad de criterios, que afecta el análisis político. Se dirá que la oposición de izquierda o de centro-izquierda no tiene donde expresarse, y sé que este es un tema de principal relevancia. Compleja cuestión que no puede hurtarse de la discusión ni admite una respuestacompendiada. Lo cierto es que este tema es un capítulo de un asunto central: las relaciones del gobierno reformista con las izquierdas, incluyendo también las que creen que están frente a un mero apéndice del neocapitalismo o de la globalización.
                        Pienso que el gobierno, que posee muchos matices, discusiones potenciales que se desarrollarán de maneras que no pueden ahora ser previsibles y un programa de reformas que aun no se ha esbozado plenamente para un próximo período, -que no será fácil-, no es un gobierno de izquierda, que no puede asumir objetivamente ese papel (como piensa Laclau que debe hacerse), pero que toma medidas inusuales para el período histórico que atravesamos en el país y en el mundo. En cierto sentido es más de “izquierda”, sin tener ese nombre, que partidos y gobiernos que aunque llevan ese nombre, son irremisiblemente más timoratos y pragmáticos. Lo definiría como un gobierno de gran esponjosidad, que no es ni la continuidad del menemismo (¡qué absurdo sería definirlo así!), ni tiene un programa anticapitalista o antiglobalización, pero que un poco a la manera “bonapartista” –no me gusta este concepto porque es casi siempre peyorativo, pero lo uso a modo de desafiante brevedad-, se sitúa como un mediador social que a veces expone una idea homeostática de la sociedad (lo que tiende siempre a la estabilidad del cuerpo social), pero en verdad está casi siempre disponible para desequilibrar –como en el fútbol a veces se dice del factor diferencial de algún delantero- en el sentido del igualitarismo y el impulso novedoso. ¿Es poco? ¿Podría hacer mucho más un gobierno de Binner, que tiene un programa predominantemente liberal-republicano (no lo critico, son ingredientes valorables cuando se articulan con los grandes torrentes de la historia), y que sin duda no se caracterizaría, como no lo hizo el de Tabaré Vázquez, por enjuiciar el entorno mundial y local de maneras originales o inesperadas? Entiendo las alianzas políticas. Pero reflexionen ustedes, Yuyo, como representantes de una tradición popular de la izquierda, si están adosados ahora a una expectativa más prometedora que aquella que abandonaron con argumentos que, tomados uno a uno, eran atendibles, aunque flaqueaban a la hora de buscar respuestas mejores en lo que ofrece la política real tal como se hace en la Argentina.
                        El gobierno, ciertamente, se mueve entre el deseo de orden y la inevitabilidad de tener que asumir o desencadenar cambios. Su afán tecnológico tiene un valor homeostático, equilibrador, cuando se toma la tecnología como un mero lazo lineal con la producción, y un valor eponjoso, absorbedor de pluralidades, diferenciador y promisorio, cuando toma los temas de la autonomía tecnológica, (su no neutralidad valorativa) y los de una intuición general sobre la inexistencia de una “variable independiente” de carácter tecnológico, que al contrario, debe vincularse con la democratización del conocimiento antes que con la “sociedad del conocimiento”, con una sociedad igualitaria antes que con la tasa de ganancia capitalista. En fin, hay algo en la sociedad argentina que determina siempre, por cierta fatalidad heredada, que los grandes frentes políticos de transformación que deben constituirse, se presenten en pedazos discordantes y separados en los momentos electorales. Los movimientos populares son víctimas de esa situación, pero a su vez suelen tener responsabilidad en producirla debido a que prefieren solidificarse a través de aglutinamientos fuertemente nominados (yrigoyenismo, peronismo). Esos aglutinamientos aseguran emblemas de unidad pero son causantes también de malas formas de unidad.
                        Pero también el socialismo dejó escurrir su nombre –de uso hoy casi ornamental- en pactos recurrentes con las inconsistentes formaciones moralizantes de las pequeñas burguesías rurales y urbanas. Decís, Yuyo, que “no nos separan conceptos teóricos o visiones filosóficas expresadas como generalizaciones abstractas, nos separa un abismo de hechos concretos que no los reconocemos cristalizados como parte de nosotros”. Creo que está bien buscar la verificación de los hechos concretos para sustentar visiones filosóficas. El campo intelectual está fracturado, sin embargo, de un modo que podría replantearse a fin de que esas mismas cosmovisiones puedan dirimir con más precisión, primero, la relación de los legados conceptuales –por ejemplo, el socialismo-, con los hechos restringidos que se producen en su regazo o entorno; y segundo, el cotejo de los propios hechos auspiciosos, entre los cuales muchos de los que deberán ser mencionados, forman parte de aquellos que es menester reconocer como los que muestran que “de todas maneras, algo se ha hecho”. Esta mera constatación desganada, sin embargo pone en crisis la manera liviana en que se interpreta al gobierno Kirchner como continuidad de derechas, menemismos o fascismos, como irresponsablemente profirió en estos días Tomás Abraham. El arrebato de los destemplados se basa en la ilusa constatación de continuidades y equivalencias con una larga serie de errores e injusticias que arrastra el país. Pero el simple uso del lenguaje, - el adversativo que dice: de todas maneras hubo algo que estuvo bien-, traiciona a estas apresuradas inquisiciones.
                        Acabo de leer la solicitada a favor de Binner de muchos intelectuales, a los que conozco y con los que espero seguir debatiendo, incluyendo al inmoderado Abraham. Ví allí tu nombre. Y reconocí que de alguna manera, prosigue la vieja tarea que de muy jóvenes iniciáramos, pensar en sociedades forjadas con la arcilla de la justicia profunda y en los intercambios epistolares que ojalá prosigan, a pesar de que no  interrumpan los variados desacuerdos, pues éstos son también la sal y el espíritu con que se amasan las futuras esperanzas.
                                                                                        Horacio González

18 de agosto de 2011

Lawrence de Arabia y la (no) batalla de Sol

Este texto del amigo Amador Sabater es una reflexión inspirada en la vitalidad del movimiento 15 de mayo en Madrid, ese que la prensa insiste en llamar “indignados”, y que está produciendo –como se dice en este texto- un autentico “cambio de perspectiva". 


En 1929, los responsables de la Enciclopedia Británica propusieron a T.E. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, que redactara la voz “guerrilla” de su decimocuarta edición. Lawrence expuso en el texto los fundamentos teóricos de la guerrilla árabe contra el dominio turco que él mismo dirigió entre 1916 y 1918. En Acuarela Libros publicamos ese maravilloso texto en 2004, acompañado de un estudio complementario a cargo de uno de los miembros del colectivo italiano de escritores Wu Ming, en concreto Wu Ming 4 (por cierto, este otoño publicaremos Estrella de la mañana, la novela de Wu Ming 4 que cuenta con Lawrence como personaje principal). Puedes leer Guerrilla entero aquí.

Mientras releía el librito estos días (apenas sesenta páginas) no podía quitarme de la cabeza en ningún momento las imágenes de lo que vivimos en Madrid durante la primera semana de agosto: la ocupación policial de Sol, las manifestaciones masivas circulando por el centro de Madrid en pleno agosto y la liberación final de la plaza la noche del 5, otra de esas jornadas de fiesta genuina a las que nos está mal acostumbrando el 15-M.

Si una cosa me llevaba a la otra es porque las resonancias son poderosas: nuestra victoria fue la de Lawrence. Entresaco algunas citas de los dos textos, intercalando mis propias reflexiones sobre la no-batalla de Sol. ¿Qué es eso de no-batalla? Es el concepto central de la guerrilla de Lawrence: el conflicto a distancia, que nunca ofrece un blanco al adversario.
La victoria se debe sobre todo una acción intelectiva, a un cambio arbitrario de perspectiva, que no desafía la fuerza del enemigo, sino que la hace vana, la sortea y la vuelve inútil (WM)

Si un punto geométrico particular del mapa del teatro bélico es de importancia estratégica, la victoria no consiste necesariamente en conquistar ese punto, en el que el enemigo se siente inatacable, sino más bien en modificar el mapa entero para convertirlo en un punto de importancia secundaria (WM)

Desplazar la acción a otra parte, insistir en otros puntos, irse a otro sitio y dejar al enemigo que defienda atrincherado un lugar que se ha vuelto inservible. La movilidad cuenta más que la fuerza (WM)

La guarnición de Medina se hallaba encerrada en sus trincheras, desperdiciando su capacidad de maniobra, comiéndose a los animales que ya no sabían cómo alimentar. Les habíamos arrebatado toda capacidad de hacernos daño y, sin embargo, aún seguíamos empeñados en arrebatarles la ciudad. Pero, ¿para hacer qué? Allí eran inofensivos. Desde todos los puntos de vista estaban mejor donde estaban. ¡Dejadles, pues! (L)

Sol fue nuestra Medina. El martes día 2 de agosto desalojaron de malos modos los restos de la acampada y el punto de información. Prácticamente presentaron la operación policial como una operación de limpieza: arrancaron por ejemplo nuestra hermosa placa y la arrojaron a un contenedor. Y así nos sentimos muchos: borrados del mapa sin mediar palabra, como si sólo fuésemos basura, como si no hubiéramos existido nunca. ¡Ya quisieran!

Decidimos demostrarles que se equivocaban y ese mismo día por la tarde nos autoconvocamos pacíficamente en Sol, ya ocupado por la policía. Eramos muchísimos, más de lo que ningún cálculo había podido anticipar. La primera idea era “reconquistar” la plaza, pero se trataba de un objetivo imposible. La relación de fuerzas nos era claramente desfavorable. Durante un largo rato estuvimos allí parados, haciendo ruido frente a los cordones que la policía había establecido en cada una de las nueve arterias de la plaza. Qué hacer…

De pronto un grito: “ciao ciao ciao, nos vamos a Callao”. La consigna prende. Adiós, nos vamos, ahí os quedáis. En lugar de hacer frente, damos la espalda. Un leve giro y, tachán, Madrid entero es nuestro. Empezamos a circular: primero Callao, pero luego también Gran Vía, Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, asamblea multitudinaria en la Plaza Mayor a medianoche… Varios miles de personas, pero ni una sola bandera o sigla, mezcla y diversidad, anonimato puro. Cambio de perspectiva, cambio de escenario, cambio de interlocutores, cambio de afectos. Ya no le gritamos nuestra rabia a la policía impasible, sino que nos hacemos presentes por toda la ciudad. Transformamos una situación de impotencia en potencia. Alegría del regate. Tenía razón Lawrence: entrar en Sol, ¿para qué?

Permanecer siempre en un lugar distinto al del enemigo, obligarlo a desangrarse, hacer cada vez más cara la defensa y el mantenimiento de sí mismo, hasta el colapso moral y económico (WM)

Nosotros no teníamos bienes materiales que perder; por eso nuestra mejor línea de conducta era no defender nada y no disparar contra nadie. Nuestras bazas eran la rapidez y el tiempo, no la potencia de fuego (L)

La guarnición de policías de Sol se queda encerrada en su trinchera, protegiendo el vacío. Un día, dos días, tres… Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo. ¿Y ellos? Todo esto tiene su coste, que se multiplica cada día que pasa. ¿Qué imagen de Madrid se está transmitiendo al mundo entero? ¿Qué pasa con los negocios que hay en la propia plaza? ¿Cuánto tiempo se puede mantener el centro de la ciudad (también turístico y comercial) cerrado a la circulación de las personas? El propio dispositivo no es sostenible: los policías tienen que hacer horas extras, no hay suficiente reserva para los relevos, el agotamiento se hace cada vez más evidente, el Sindicato de Policía (SUP) emite un comunicado criticando con mucha dureza la decisión de ocupar Sol. “Se veían obligados a comerse a los animales que ya no sabían como alimentar…”. Todo el tinglado se viene abajo cuatro días después, la noche del viernes entramos felices en la plaza liberada y nos volvemos a marchar unas horas después, sin reinstalar el puesto de información. ¿Para qué? “Cada guerrillero es un centro de comunicaciones”. Es la mejor prueba de que no se trata de una cuestión de propiedad sobre el territorio.

Los árabes estaban luchando por la libertad, un placer que sólo disfruta el hombre cuando está vivo (L)

Los hombres, al ser irregulares, no eran unidades, sino individuos y una pérdida individual es como un guijarro que cae al agua: el golpe podrá ser breve, pero su ausencia la nombran anillos de pena. El ejército árabe no podía permitirse tener bajas (L)

La de Lawrence es una estrategia de sustracción. El enemigo no es combatido, sino abandonado y desorientado (WM)

No se trata de rehuir el conflicto, sino de plantearlo en los propios términos: no tanto de superficie, como de profundidad. Lawrence se preguntaba: “¿Cuántos turcos serían necesarios para contener un ataque en profundidad, en el que la sedición alzara la cabeza en cada una de las 100.000 millas cuadradas sin atrincherar?” Y nosotros podemos hacernos la misma pregunta: “¿Cuántos policías serían necesarios para contener un ataque en profundidad, en el que la sedición alzara asambleas en cada una de las plazas de Madrid?”

En realidad nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Nosotros mismos cuando pensamos a la turca. Y pensamos a la turca cuando aceptamos la definición del conflicto como enfrentamiento directo entre dos bloques simétricos. Ahí perdimos, perdemos y perderemos. Las autoridades políticas deseaban locamente el siguiente escenario: nosotros armados con palos y cascos tratando de traspasar los cordones policiales y de recuperar Sol. Choque frontal. Dinámica abstracta y completamente autorreferencial. Decenas de heridos y detenidos. Decenas de anillos de pena y rencor. División en el movimiento entre “violentos” y “no violentos”. Espiral interna de acusaciones y denuncias. Aislamiento y criminalización progresiva. Como explica Lawrence, las batallas son imposiciones de los fuertes sobre los débiles, la estrategia del débil es la no-batalla.

¿Cómo iban los turcos a defenderse? Sin duda con una línea de trincheras, siempre y cuando los árabes fueran un ejército que atacara con las banderas al viento. Pero supongamos que fueran una influencia, algo invulnerable, intangible, sin frente ni retaguardia, que se mueve como el gas… Los árabes eran como un vapor llevado por el viento. Nuestros reinos estaban vivos en la imaginación de cada uno (L)

Algo invulnerable, intangible, sin frente ni retaguardia… Sin jefatura, ni cuartel general, ni identidad acabada (antisistemas, izquierda…). Nada que se pueda capturar, desmantelar, ocupar, señalar. Como dice Anonymous en sus comunicados, somos todos y estamos en todas partes.

Pensamos a la turca cuando valoramos que el verdadero logro es la conquista de un territorio. Ya hubo mil discusiones al respecto cuando se debatía la oportunidad de levantar la acampada. Sol no es una patria, sino un símbolo. El símbolo de otra forma de hacer las cosas, otra narración del mundo y otro marco de lo posible. ¿Un símbolo necesita algún tipo de materialidad? Sin duda, pero la materialidad del símbolo-Sol no son tanto las lonas y las tiendas, como nuestros comportamientos, nuestras formas y nuestra visión. Horizontalidad, respeto, inteligencia colectiva, inclusividad, noviolencia activa… Sol es un estado mental, no un espacio físico. Es una ficción infinitamente reproducible (en otros sitios) y redefinible (con otros contenidos), no una entidad cristalizada en unas características fijas.

Si Sol había sido ocupado, entonces se trataba de convertir toda la ciudad en Sol.

El punto de fuerza del guerrillero reside más en la capacidad de contagiar con sus propias ideas a la población civil que en la eficacia militar directa. El conflicto no es físico, sino moral, político (WM)

Basta con que un solo dos por ciento de la población se levante en armas, si el restante 98% practica la resistencia pasiva y, llamémosla así, una presión psicológica sobre el ejército enemigo (WM)

La revuelta debe contar con una población amistosa, no activamente amistosa pero simpatizante hasta el punto de no desvelar los movimientos rebeldes al enemigo (L)
Sin duda éramos muchos, sobre todo para ser agosto. Nadie contaba con ello, es seguro que las autoridades hicieron otros cálculos cuando decidieron desalojar Sol. Pero en todo caso, seguíamos siendo una minoría. ¿Dónde está la fuerza de esa minoría? No es cuestión de número, no es cuestión de capacidad de choque, ¿entonces? ¿Por qué la policía permitió nuestros recorridos instintivos y espontáneos por la ciudad?

La fuerza está, como en el caso de la mismo acampada en Sol, en el vínculo vivo con lo que Juan Gutiérrez llama “la parte quieta del movimiento” y Lawrence “población amistosa”. Es la gente que no participa en las instancias organizativas del 15-M, pero se siente concernida por el movimiento y lo apoya cómo y cuando puede. Esa simpatía no es algo banal. Por el contrario, como dice Wu Ming ejerce una resistencia psicológica decisiva sobre el enemigo: ¿a qué me arriesgo si reprimo a los manifestantes? ¿Qué corrientes de opinión levantará? ¿Cómo se traducirá eso en las elecciones? El 15-M no son sólo los que están ahí, en la calle o en las asambleas, sino una energía que circula dentro y fuera. A la minoría que mantiene vivo el lazo con la parte quieta del movimiento la llamaremos minoría mayoritaria.

En una asamblea donde se discutían las estrategias posibles de acción frente a la ocupación policial de Sol, alguien dijo: “recordemos siempre que nuestras acciones no son sólo nuestras”. Creo que pensaba en la parte quieta del movimiento: qué tipo de lenguajes y acciones nos permiten mantener vivo el vínculo con ella, cuáles por el contrario nos alejan. A la minoría que ha perdido el lazo vivo con la parte quieta del movimiento la llamaremos gueto. El poder está deseando vérselas con un gueto, lo pide a gritos. Un gueto es débil, porque está aislado o incluso tiene a la población en contra. Nuestras acciones no son sólo nuestras, hay que cuidar un espacio donde otra mucha gente pueda reconocerse y sentirse implicada. Ver  y escuchar más allá de uno mismo, preservar la fuerza del anonimato.

Convertir a cada individuo en simpatizante y amigo (L)

Es interesante reflexionar sobre los insultos que recibe el 15-M: perros, ratas, alimañas, piojos, chinches. Es como si nos quisieran deshumanizar negándonos la capacidad de hablar. Así no se insulta a un adversario (al que estamos obligados a reconocer), sino a un enemigo (al que se pretende simplemente eliminar). Destruir al otro implica desconocerle primero. Para contrarrestar la fuerza destructiva de los estereotipos la gente del 15-M ha hecho desde el primer día un grandísimo esfuerzo de humanización, hablando en primera persona, como uno más, como uno cualquiera, buscando la empatía, el reconocimiento (“somos como tú”) y un acercamiento sensible al otro. Incluso con la policía, en momentos de mucha tensión. “Vemos personas bajo los uniformes”, se cantaba en Sol. Personas bajo los uniformes, personas bajo los estereotipos, es lo mismo. Lo común es la humanidad.

El enemigo es una contingencia, no un referente de acción (WM)

La presencia o ausencia del enemigo es un asunto secundario (L)

La guerrilla de Lawrence no es una guerrilla anti-turca. No se define a partir de los turcos ni se dirige contra ellos. La libertad que promueve no es una “libertad contra”, sino más bien “libertad de” o “libertad para”. No es una guerrilla que establezca una frontera clara con lo que “no es guerrilla”, sino que más bien tiende a ensanchar sus límites, incluyendo todas las simpatías porque cada una es importante y puede tener su papel. De ese modo no está aislada y, por tanto, no es débil. Se basa más en la construcción de otros puntos de partida para el pensamiento y la vida que en la simple negación que no sale del círculo de lo negado. Es activa, no reactiva. No razona a partir de principios ideológicos consignados en alguna tabla de la ley, sino que piensa concretamente qué aumenta su potencia, es decir, su capacidad de actuar. Qué alianzas, qué acciones, qué movimientos. Se expresa mucho más en la alegría de estar juntos que en la voluntad resentida de revancha. La guerrilla de Lawrence es lo más contrario a una figura o posición victimista. No se queja ni maldice su suerte. No busca chivos expiatorios, ni cultiva interiormente el sentimiento de inferioridad. No repite incansablemente lo malos que son los turcos (y lo buenos que son los árabes por contraste). No espera pasivamente respuestas exteriores, ni busca la salvación en el castigo al otro. Se hace responsable de sí misma y de la marcha del mundo. Produce nueva realidad, no sólo sufre y denuncia la que hay.

Estoy hablando de la guerrilla árabe según Lawrence, pero pienso también en lo mejor del 15-M.

Los fundamentos de la guerrilla-movimiento son por tanto dos: la movilidad, como mejor arma de defensa; y el pensamiento, como mejor forma de ataque. Sustraerle los blancos al enemigo y “convertir a cada individuo en simpatizante y amigo” son las claves de la victoria (WM)

Tendremos que tenerlo muy presente los meses que vienen si no queremos dejarnos encajonar en los callejones sin salida represión/reacción o en el tablero de ajedrez político de “las dos Españas”.

Amador Sabater 18 de agosto de 2011
 
Las fotos son de Daniel Bobadilla 

5 de julio de 2011

El compromiso político de los intelectuales


Por Raul Cerdeiras
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Con ese título se organizan innumerables debates. Es un título revelador de una concepción de la política que debemos mandar decididamente a los museos. Que descanse tranquila en los museos la idea de que la política es esencialmente una acción práctica, a lo sumo guiada por una teoría que ella tendría la misión de realizar. En cambio, y para decirlo de entrada, si afirmamos que la política es ella esencialmente un pensamiento, entonces su vínculo con la “clase” intelectual, con el intelectual “crítico”, pierde todo sustento.

La idea que la política es un pensamiento conlleva el de su autonomía (como el arte, la ciencia, etc.) e impide que haya un sector especial (los intelectuales, la “cultura”) distinto al de cualquier habitante de este planeta al que se lo tenga que hacer depositario de un vínculo especial con ella. Sería irrisorio plantear el tema de la relación de los intelectuales con el arte, la ciencia o la filosofía, porque va de suyo que en el horizonte de nuestra civilización esas especificidades caen en el área de lo pensante. Y aunque la política en la experiencia marxista-leninista haya inscripto en su seno la palabra “teoría” esta tenía esencialmente un sentido ligado a conocimiento, que no le impidió jamás ser precisamente ella la que atormentó a más de un “intelectual” con el tema de su compromiso político.

La generalidad que acarrea el término intelectual sirve para que se encargue de ocupar el lugar de pensamiento. De un pensamiento que se emite bajo la forma de un juicio que juzga a la política (a favor o en contra de sus actos y contenidos reales). Esa posición se emparienta con una decisión de orden moral acerca del Bien y del Mal y termina entrelazándose con principios filosóficos. Y esto es determinante para ratificar que el mentado tema del compromiso parte del presupuesto de considerar a la política como una práctica, esencialmente una acción que se vale de recursos técnicos propios (lucha, violencia, organizaciones) para lograr sus objetivos. Las complejas relaciones entre la filosofía y la política, cuya tensión más explícita quizás esté en la obra de Platón, terminó finalmente encadenando a la segunda a la primera. Muchas veces las Tesis sobre Feuerbach de Marx fueron considerados textos tanto filosóficos como políticos deslizándose en una zona gris que se nombra “filosofía política”. Este campo confuso da nacimiento a la visión, dentro de la cual hoy se sigue planteando el tema del compromiso, de que la política no podía pensarse a sí misma, que era una simple práctica cuyo sentido final debía ser prodigado por la filosofía, la Historia o la moral. Será en función de esas ideas que el intelectual juzgará finalmente una política. A la inversa, cuando desde una política se le exige un compromiso al intelectual, en el fondo lo que se le está pidiendo no es que participe con su cuerpo en las tareas “prácticas”, sino que juzgue de tal manera que declare que esa política se ajusta a los grandes ideales que los pensadores están encargados de producir y velar por ellos.

Pero debemos extirpar a la política de su tutela filosófica y dejar que ella se de sus propios principios, sus ideas y que abra los lugares propios para una acción consecuente con ellos, que experimente y juzgue en interioridad los efectos de su práctica, que invente sus formas materiales de organizarse, etc. En ese sentido hay que deshacerse de la filosofía-política que es la vieja pretensión de la filosofía de mantener en su orbita a los fundamentos de la política, de la misma manera que el arte se independiza de la estética y la ciencia de la epistemología, que son otros tantos dispositivos con los que la filosofía intenta mantener su hegemonía por medio de un supuesto saber universal que ella encarnaría.

Tomemos un intelectual “populista” o un intelectual orgánico de un partido marxista-leninista,    en este tema no hay una  diferencia esencial. Es casi seguro que en su corazón y en su mente está convencido de la justeza de un viejo dicho popular, que incluso se usa en algunas propagandas para enaltecer a ciertas tarjetas de crédito, que dice: “lo más importante en la vida no se compra con dinero”. Ahora bien ¿cómo ser un intelectual populista y sostener este mismo principio frente a pueblos hambrientos? O dicho de otra manera ¿cómo sostener este principio (que es una herida mortal que destroza el corazón mismo de la vida regida por el capitalismo) del que se desprende una política de emancipación frente a “su” pueblo que clama por dinero para satisfacer sus necesidades básicas? Es en ese instante que el intelectual escinde violentamente la política del pensamiento y la pone como una simple práctica al servicio de las necesidades. Pero lo hace pagando un precio (valga la paradoja) muy alto: separarse del pueblo, poniendo una distancia ente ellos (pobres víctimas) y nosotros (intelectuales bien alimentados), en definitiva, consagrando una desigualdad que, dicen, quiere combatir. Pero inmediatamente se justifica diciendo que él lucha para que todos se alimenten, estudien, etc. y así el pueblo también tendrá la posibilidad de pensar en “esas cosas”. Pero esa lucha de entrada está perdida porque el intelectual (¿será esta la cuestión central en la que se anida la idea de representación en política?) no trata a la gente como portadora de la capacidad de pensar, querer y rebelarse por las cosas importantes que no se compran con dinero, y eso fatalmente lo lleva a ocupar  el lugar del redentor (es decir un Amo…bueno, por supuesto) del que “ayuda” al desvalido,  y para decirlo con la palabra que habilita toda dominación silenciosa, transforma al pueblo en víctima, al sistema en el verdugo y a ellos en liberadores. Todo esto encierra una profunda desconfianza en el pueblo.

Que la política es un pensamiento es algo difícil de admitir por los intelectuales formados al amparo de la antigua política, porque los deja sin trabajo. Frente a los sucesos de Marruecos, Egipto y ahora en España, en donde los pueblos, la gente, mezclados sin ser portadores de ninguna “entidad” sociológica, se rebelan y la rebelón está entre esas cosas “importantes de la vida que no se compran con dinero”,  estos viejos intelectuales miran con alegría y admiración esta acción, pero dejan siempre en un cono de sombras la capacidad que tendrán estos pueblos para encontrar un rumbo correcto con miras al futuro y expresan su miedo de que el sistema se los trague y todo quede en definitiva en la nada. En el fondo para esta raza de intelectuales sobra entusiasmo y acción pero falta programa y orientación, desconfían. Desconfían que el mismo pueblo invente, en el lugar mismo en que se manifiesta, su propio camino.

La política es un pensamiento autónomo porque, entre otras cosas, no es un programa para la acción. El Estado es el que entiende a la política como un programa de acción y los partidos son los encargados de suministrar esos programas. Pero como esos programas deben realizarse en la práctica tienen que ser posibles, es decir, estar en consonancia con las condiciones reales, objetivas, de una situación. Es el posibilismo más rastrero que hoy experimentamos.

La política es un pensamiento autónomo porque ha renunciado al objetivo central de tomar el Estado y, en consecuencia, ya no dirige su estrategia teniendo como objetivo destruir globalmente al capitalismo y desactivar de raíz de una vez y para siempre el rol represivo del Estado en un acto único y monumental llamado “revolución”. Al renunciar al Estado decidió que su acción emancipadora no debe subordinarse al pensamiento del todo sino más bien declarar que la política sucede en situaciones locales, particulares.

La política es un pensamiento autónomo porque no parte de un programa sino de los acontecimientos que no encajan en el modo ordinario de entender la política, de lo que la gente piensa y declara sobre ellos y de las nuevas posibilidades que abre.

La política es un pensamiento autónomo porque enuncia los principios que la sostienen y no busca “aplicarlos” a una realidad exterior, como en la vieja pareja de teoría y práctica, sino que sus ideas deben abrir un espacio inmanente, interno, en el interior del cual experimenta las consecuencias de su acción que se desarrolla bajo la regla de la fidelidad a las mismas. Acá nunca se sabe con certeza si lo que se hace es consecuente con la idea y tampoco se saben de antemano las consecuencias que se producen.

La política es un pensamiento autónomo porque afirma que los seres humanos, todos sin excepción, piensan. Pero piensan con una libertad y creatividad insospechada toda vez que se resquebrajan las estructuras y estereotipos en los que el Estado y la sociedad nos incluyen y atornillan en todo momento y nos regla un comportamiento adecuado a ese lugar.

Somos contemporáneos de un fenómeno de consecuencias incalculables: entre aquellas cosas “que no se compran con dinero” el capitalismo mundial logró comprar a las políticas que levantan la idea de la emancipación. El sometimiento de la política a la lógica del capital es tal que hasta hay países que marchan aceleradamente hacia el capitalismo bajo banderas que lucen una hoz y un martillo o bajo la consigna del Socialismo del Siglo XXI. Pero los primeros gestos emancipativos de los pueblos que manifiestan que ellos no se incluyen en esa compra que se está dando en el mundo. Asumen la forma de un grito ¡que se vayan todos! ¡No nos representan! ¡Nosotros pensamos, deliberamos y decidimos en forma igualitaria! ¡Queremos Otra cosa que la que nos ofrecen!

Quizás los síntomas que portan las rebeliones que se dieron en América Latina, (zapatismo, 19/20 de diciembre 2001, lucha de los pueblos de Bolivia, las luchas de los Sin Tierra, etc.) así como en los países árabes, Europa, y recientemente España, etc., apunten a iniciar un nuevo ciclo de pensamiento y acción política emancipativa, y lo hacen rechazando toda ingerencia de la vieja política y sus partidos en el interior de las experiencias, organizaciones, ideas y pensamientos que van forjando. Estoy convencido que estas sacudidas son el campo real de la producción de Otras políticas emancipativas, sustraídas del Estado, los partidos y la economía. Y seguro que en el interior de esta novedad el tema de la relación de los intelectuales con la política perderá toda la significación que hoy se le da.

23 de junio de 2011

29 de junio de 2011

No somos una idea, producimos realidad

"No somos una idea, somos un hecho, producimos realidad. Somos una nueva forma de vida vertebrada por el pensamiento colectivo y unida a una nueva forma de gestión de lo comunitario, lo público, lo político. Basada en tres únicos pilares: la inclusividad absoluta de cualquier persona, el respeto como forma de convivencia, y la horizontalidad asamblearia como mecanismo de decisión”.dice un texto presentado por la comisión de pensamiento a la asamblea de la acampada de Sol. Amigxs del programa de radio español Onda Precaria conversaron con personas de las comisiones de Respeto y Dinamización de la Acampada Sol. Un pequeño abecedario sonoro del movimiento 15-M: respeto, consenso, inclusividad... Escuchar acá.

28 de junio de 2011

Notas de coyuntura

Por Diego Sztulwark

1.   La mirada en alto, hacia el palacio
El sábado cerraron las litas de candidatos en todo el país. Nada que decir que no se diga en los diarios. El país ha vuelto a mirar hacia arriba. Una docena de personas monopolizan actos y opiniones relevantes. En efecto cascada se escalonan luego niveles de significancia a través de la visibilidad mediática y el manejo de la información.  Como hace tiempo no ocurría, la ilusión decisionista desplaza las condiciones materiales de posibilidad de la institución de lo social. Ha vuelto la política.  
Sobre “nosotros” sobrevuela una mirada incómoda. Hablo desde la experiencia del colectivo situaciones pero como parte de un movimiento mucho más amplio al que se denomina alternativamente como libertarios extremos, autonomistas, dosmilyuneros, etc. Deberíamos haber aprendido la lección. Del fracaso. Se entiende: nuestra ilusión era –y quizás lo siga siendo- la multiplicación de los espacios de politización autónoma. No deberíamos seguir insistiendo dado que, según se afirma, la realidad ya nos refutó. En partes es verdad: en las condiciones actuales existimos menos. Afirmación inquietante: las condiciones podrían cambiar.
En una entrevista reciente, Ernesto Laclau hace una genealogía muy clara al respecto. En los años setentas las izquierdas nacionales no pudieron radicalizar la democracia porque se cruzó el obstáculo revolucionario, guerrillerista. En la etapa actual, en cambio, dice, los “libertarios extremos”, que subsisten, no constituyen un riesgo serio.
Resulta asombroso que no se haya logrado aún borrar del todo las sombras de un 2001. Que sobreviva su marca en los discursos de los forjadores del nuevo orden.     

2.   La escucha kirchnerista
El panorama político actual nos cuenta como “kirchneristas”. Horacio Gonzalez en un libro reciente recuerda que “kirchnerismo” es un nombre provisorio para un frentismo en gestación.
Somos, como se diría en otra época, “objetivamente” kirchneristas en tanto estos ocho años han ocurrido muchas (no todas, ni de cerca) de las cosas con las que estamos identificados. Sobre todo se ha escuchado a muchos movimientos (sociales, de derechos humanos). De un modo inesperado se nos ha tomado en cuenta. Aunque no seguramente como hubiésemos querido (somos no-kirchneristas subjetivamente). Lugar imposible si los hay. Alguien dijo “somos anti-anti-kirchneristas”. Difícil pero contundente. Mas coloquial sería admitir: “somos kirchneristas a pesar nuestro”. Es decir: no nos constituimos como tales, sino que la realidad insiste en colocarnos ahí. Pero esto no es exacto: registra pasividad donde lo que hay es actividad.
Tal vez habría que describir nuestra situación en estos términos: hemos contribuido con nuestras prácticas a identificar un sujeto (fragmentado, plural, pero sujeto al fin, como admite una década después Laclau), y una subjetividad (plebeya, justiciera, resistente, ávida de producción de sentido y en ruptura fuerte con la tradición peronista anterior) que hoy se retoma con fines que entonces no imaginábamos.     
 
3.    El populismo vuelve más peronista que nunca
Estos días la prensa kirchnerista de estricta observancia se embarca en delimitar los términos para la actual fase de constitución de este frentismo. Su consigna es: pasar de la polaridad negativa “pejotismo-progresismo” (que sostuvo el propio Nestor Kirchner durante su primera tentativa de “transversalidad”) hacia una polaridad positiva peronismo-kirchnerista, o mejor, kirchnerismo como vía de recuperación del peronismo tout court. ¿Quiénes argumentan así? Personajes de muy diferente procedencia y relevancia: Ernesto Laclau, Jorge Coscia, el secretario oficial Zanini, Artemio López. Artillería intelectual en polémica con el citado Gonzalez y el grupo de Carta Abierta.      
Ante el cierre de listas, que para muchos hay que leer en clave de un atrevido desplazamiento de la vieja estructura del PJ y de la CGT, dice Artemio López: Cristina amplía su crecimiento electoral hacia el centro derecha, y pone a trabajar al centro izquierda cristinista que representa un 5% del electorado con un enorme potencial de producción simbólica al servicio del peronismo real emergente.

4.    Mutaciones 
Entre las novedades se encuentra la corporeización del significante juventud en el candidato a vicepresidente y ministro de economía formado en el CEMA Amado (Aimé, dicen que se pronuncia emé) Boudou. Al ministro se le debe, según la información que trasciende hace al menos un año, una medida fundamental: la nacionalización de los fondos de pensión. La incorporación de esos fondos a las arcas del estado constituyó un enorme acierto en múltiples frentes. Permitió, sobre todo, anticipar la escases de financiamiento internacional para la Argentina ante las magnitudes de la inminente crisis global. Como corolario nada menor creó las condiciones para una política social activa (jubilaciones, crédito, sobre todo la asignación universal por hijo).
De cuna política ultraliberal (Upau, juventud universitaria de la UCDé, de Mar del plata) emé había llegado al gobierno (Ansses) de la mano de otro ucedeista “joven”, Sergio Massa. Desde entonces cobró un protagonismo mediático inédito. Precandidato a jefe de gobierno en capital federal apoyado por la CGT de Moyano y por las Madres de Plaza de Mayo de Hebe de Bonafini.
Emé, se nos dice, tiene galardones económicos y políticos suficientes. ¿Suficientes para qué? ¿para asegurar una lealtad institucional que faltó en Cobos, o para proyectarse como rostro emblemático de la etapa por venir del kirchnerismo en el gobierno?
Las palabras de consagración de la presidenta repararon, sobre todo, en la capacidad de emé para reparar en las transformaciones epocales. El mundo ya no será el mismo luego de la crisis, nos avisa. Emé no es dogmático. La presidenta dijo que “no tiene miedo”. No es poca cosa. El capitalismo argentino no se renueva ni se reforma sin enfrentar temibles resistencias de los poderes más conservadores (ya lo mostró la 125). Poderes que han mostrado, además, su aptitud asesina (como lo viene sosteniendo hace décadas el filósofo argentino León Rozitchner).
Nos detenemos un momento en esa doble condición de emé. De un lado, su capacidad de mutación es puramente racional o, para retomar la lengua que usábamos antes, objetiva. Se anoticia de las transformaciones que el capitalismo precisa incluir para avanzar, para seguir siendo. De otro lado, sabe que no hay posibilidad de innovación y reforma sino de la mano de una presidenta cuya gestualidad demanda autentico coraje. Esos “huevos” que aparentemente faltaron (no tanto al vicepresidente Cobos considerado “traidor” antes que cobarde) como al entonces canciller Taiana y, de modo eminente, al temido e imprescindible Gobernador Scioli.
Como Kirchner, emé es valiente en sus razonamientos, audaz en el sentido de la oportunidad y plástico a la hora de asumir cambios de escenario. Pero a diferencia del ex presidente, Emé no parece (tal vez entre quienes lo conozcan primen otras percepciones, como en el Juez Zafaroni) ser un tipo de convicciones y por eso no le cabe siquiera la figura del converso. Y este es un poco el problema que tenemos con emé. No nos cierra, porque le falta algo para llegar a la categoría de “traidor a su clase”. Le falta algo así como un relato de conversión. No ya una exposición sobre las modificaciones sobre los mercados, sino alguna palabra de espesor subjetivo.

5.   Quien se le anima a Grobo?
Conversando con Alejandro Kaufman recibí de él una idea que ya estaba en condiciones de pensar por mí mismo. No es cierto que el kirchnerismo abarque todo el espacio de la izquierda. Sucede más bien que en nuestro país la izquierda (la partidaria, dogmática, militante y de bandera roja sobre todo) tiene un modo derechista de ser de izquierda. ¿Qué quiere decir esto, y qué consecuencias trae para nosotros?
Alejandro decía más o menos esto. Entre nosotros no hay una izquierda –que sepa ocupar su lugar izquierdanamente, si la hay de las otras- ni una derecha, en la medida en que la derecha realmente existente se desentiende (históricamente y en el presente) bastante de la tarea de producir hegemonía política. Las clases dominantes argentinas serían así rentistas, endógenas, propiciatorias de unos negocios concentrados que excluyen a las mayorías de modo estructural. En otra época contaban con el terror militar, hoy con el terror económico y mediático. Pero no hacen política. Se entusiasman con las épocas “no-políticas” (menemismo) o defienden a medias a los nabos que intentan representarlos (la llamada “oposición” a los gobiernos k). Si quisieran pondrían en la cancha a sus verdaderos cuadros. Como el Grobo (¿quien se anima a discutir con él sin hacer papelones?).

6.   Desde donde entonces?
La izquierda de derechas no duda en aliarse tácticamente a las derechas y en usar estéticas tinellinianas. Hasta ahí Alejandro. Seguimos nosotros. ¿Cómo sería una izquierda de izquierda? Ante todo no sería una izquierda abstracta. Quiero decir: no nos invitaría a revoluciones imposibles. Como dice Rozitchner, el imperativo de las izquierdas consiste en revisar su régimen de certezas. Si estábamos seguros de nuestros razonamientos en los setentas y las relaciones de fuerza se mostraron desfavorables ¿no deberíamos cuestionarnos ante todo el modo de elaborar nuestras certezas estratégicas actuales?
¿Desde dónde se enuncia entonces, concretamente? No somos pocos los que enfrentamos un desafío en varios planos simultáneos, o el de ser muchas cosas simultáneamente: objetivamente kirchneristas (en el sentido de que el nombre “kirchnerismo” circula como sinónimo de reformas sociales reales o deseadas); subjetivamente no kirchneristas (dedicados a problematizar lo político en un sentido autónomo y no a festejar el modo en que el kirchnerismo organiza estos deseos de reforma); anti-anti-kirchneristas (porque no nos confundimos con quienes se oponen al kirchnerismo por vincularse con este deseo de reformas).
A la vez somos de izquierda porque queremos ir a la raíz con las transformaciones, y no vemos otro camino que apuntar a un trabajo igualmente radical de las subjetividades políticas en juego. Pero no somos de “izquierda” porque vemos en la abstracción que la signa profundamente una marca de la derrota que no le permite superar un paradigma ultra-racionalista e ineficaz de movilizar estas subjetividades.   
El kirchnerismo toma el discurso de la reforma. Mas que desconfiarle (y eso que le desconfiamos) se trata de tomarle la palabra para volverla todo lo eficaz que se pueda en campos como la no represión, la lengua contra el ajuste, la escucha a las luchas y movimientos, el declamado programa reparador. Pero esto no es posible si uno embloca al kirchnerismo como una sola cosa (cuando precisamente, hay que interpelarlo en su pluralidad inorgánica). Tampoco es posible si no se lo manosea un poco. Todo exceso de temor, desagrado, admiración o celebración mistifican la escena. Y al mismo tiempo se trata de desarrollar espacios/tiempos autónomos. Con capacidad de mundo propio (esto es fundamental), de confrontación (contra el modelo sojero, el gatillo fácil, proyectos mineros, inflación, especulación financiera e inmobiliaria, racismo y economías de sobreexplotaciones, etc) y de negociación simultáneas. No refugios anti-políticos, sino situaciones infrapolíticas (micropolíticas capaces de problematizar, investigar, intervenir buscando efectos macro) resistentes a la integración al código de la macropolítica. 
Este “desde donde” autónomo, osado, metido en la realidad, concreto, se sigue reinventando. Pero lo hace por “procesos” antes que partiendo de una visibilidad estándar. Tal vez porque la visibilidad que se nos ofrece sea uno de los peligros mas riesgosos para estas infra-políticas.