16 de octubre de 2011

¿Cómo juzgar al kirchnerismo? / H. González en diálogo con Yuyo Rudnik


Querido Yuyo
 
                        Hace tiempo recibí tu carta, parte ya de una larga conversación, que si bien no sucede al margen de los incesantes acontecimientos políticos que se producen en el país, tiene una relativa autonomía de las coyunturas. Veo en primer lugar que hay un problema en cuanto al juicio sobre el kirchnerismo, llamándolo sin más “modelo”. Porque a pesar de que la palabra modelo parece señalar un conjunto establecido de contenidos, estilos y lenguajes, en verdad estamos ante una situación muy abierta y novedosa. Hay, sí, algunos esbozos permanentes, por un lado intentos de crear un orden consolidado y por otro, incesantes acontecimientos sin guión previo que pueden ser dispersivos pero mantienen una gran potencialidad democrática. Necesidad y contingencia, las dos dimensiones del ser político. No es fácil decir entonces a que nos referimos con la expresión “modelo”. Obedece más a la lógica de disputa del poder, que a un cuadro fijo de acciones articuladas y prefiguradas con capacidad de amoldar hechos futuros, aunque sí de darles un nuevo marco polémico. Hablaría mejor de algo parecido a lo que el historiador Shumway popularizó con el nombre de “ficciones orientadoras”. El gobierno las tiene y están en discusión: en los últimos tiempos, hay que buscarlas en las propuestas de industrialización y en las alianzas entre la esfera científico técnica y la autonomía productiva.
                        Personalmente, Yuyo, podría compartir de tu descripción muchos aspectos a los que no dejo de reconocerles la necesidad de agudizar la imaginación pública para definirlos más acabadamente. Pero la razón final de tu crítica se refiere a exigencias que solo un gobierno con fuertes hipótesis anticapitalistas podría sostener. Me adelanto a decir que no comparto las definiciones de muchos que apenas quieren un capitalismo más amable, serio o adecentado. Pero están en discusión las viejas hipótesis de la dimensión anticapitalista que toda expresión libertaria –nacional popular, democrática radicalizada o socialista clásica- siempre supo convocarse para defender. Para los que no queremos albergar la política en neocapitalismos de nombre diverso, ¿qué alcances tendría hoy una política no capitalista? Al señalar en tu carta todas las zonas que considerás discutibles del kirchnerismo, las resumís en que representan al cumplimiento de los “objetivos y de las ideas de la derecha”. No pienso así, y a pesar de que a veces aparecen nombres desalentadores para juzgar el transcurso de esta experiencia, en lo fundamental me parece que también la cuestión del nombre está a la espera de que la vida política en su conjunto se exija más a sí misma en términos de invención y expectativa.
                        No me parece justo calificar de derecha a una experiencia que entre todas sus complejidades, sigue conteniendo fuerte expectativas de cambio emancipador, pero si hace largo tiempo estamos empeñados en esta correspondencia –hace más de dos años, lo que me parece un testimonio de amistad y camaradería, al margen de las diferencias-, es porque también creemos –pienso aquí en todos los que tenemos similar formación política-, que hacen falta nuevos nombres para calificar las líneas esenciales de lo que está ocurriendo, tanto como es necesario afinar nuestras propias opiniones y posiciones. ¿Por qué nuevos nombres y no las descripciones que tan severamente exponés, como “el avance incontrastable de la sojización, de la extranjerización, la concentración y la centralización de capitales…”? No ignoro ninguno de esos fenómenos, y otros parecidos, a los que en casi todos los casos matizaría con diversos hechos que también me parecen atendibles y no los veo mencionados en tu carta, más allá de reconocimientos episódicos de cuestiones de gran importancia que en muchos casos fueron apoyadas por la bancada parlamentaria de Libres del Sur, sectores de izquierda, el socialismo y otros.
                        Pero insisto, nuevos nombres, y si querés, nuevas definiciones en relación a las posibilidades, tanto de este tipo de gobiernos como a ese tipo de formulaciones que desean ser “más consecuentes” respecto no solo a la timidez que se le adjudica al kirchnerismo en sus reformas, sino también a lo que parecería su concordancia con las grandes condensaciones del poder mundial o local. Nuevos nombres: el kirchnerismo es lo que podríamos llamar un “analizador intrépido” del inmediato pasado, munido de un gran realismo político, al cual puede adjudicársele algunas de las frases atemperadoras de Raúl Alfonsín hacia 1986, dirigida a sus críticos de izquierda: “no tomamos el palacio de invierno”. Esto es, era un gobierno tímidamente reformista en el inmediato tiempo post-dictatorial, reconstructor de previsibles instituciones representativas, atacado por fuerzas poderosas que él mismo no pensaba afectar sustancialmente en sus intereses.
                        El kirchnerismo es mucho más atrevido, tiene la fruición de la coyuntura inesperada y se mueve desatando nudos históricos en general con una visión progresista, pasando a un capítulo superior de las cosas –sobretodo en momentos de apremio-, prefiriendo no repetir motivos conservadores, sino al contrario. Confía en la virtualidad de una historia social de procesos colectivos que abren puertas a oportunidades emancipatorias. Es cierto que proviene también de las fraguas internas de un partido tradicional, que en verdad está siempre en estado de congelamiento, como un gigante dormido que no obstante vigila con ojos entreabiertos sus intereses. Algunos querrían despertarlo para que se revitalizara sin rémoras clientelistas. Otros, que se desmigajara para que la sociedad reabsorbiera realmente sus memorias pero no sus gravosos procedimientos. De su seno, aparecen de tanto en tanto fenómenos de diferenciación, tomando elementos progresistas, de centro izquierda, evocando memorias del “peronismo revolucionario”, etc., que entran en tensión con la caparazón del propio PJ, sin abandonarlo. Entonces, se produce la gran discusión: ¿este partido en estado de hibernación permanente, conviene mantenerlo así para que sea un mudo respaldo pragmático; conviene reactivarlo como un “partido de derechos humanos”, o hay que descartarlo del todo pues a pesar de su somnolencia astuta, es el gran límite a las transformaciones? Es evidente que esta época tiene mayores respiraderos y hay cierta audacia en las decisiones que fueron las que le dieron su identidad más versátil al gobierno, pero la cuestión del partido justicialista, pero por añadidura, del sistema de partidos en la Argentina, no está saldada.
                        El gobierno se mueve dentro de los grandes órdenes económicos mundiales, y aún así, buscando líneas interiores, intervenciones no complacientes y aspectos autonomistas que no son los que abundan en la historia económica, política y diplomática del país. Pongo por ejemplo el discurso en la ONU de la Presidenta. Se trata de una meditada intervención en los asuntos mundiales de carácter progresista y que cuenta con el atrevimiento de proponer una modificación en el mismo consejo de las Naciones Unidas, al que se ve como arbitrario o sectario. ¿Hay ese mismo atrevimiento en otras cuestiones? Veamos. Una de las líneas maestras de la acción gubernamental, como se sabe, es una suerte de opción productivista, sin los nombres anteriores –hay uno nuevo: tecnópolis-, pero a la que le agrega una mayor sensibilidad social que la que tuvo el desarrollismo originario. Del último Perón toma su noción de la integración mundial con leve acento autonomista, quizás un poco menos la cuestión ecológica, y decididamente se inspira en un fuerte llamado a la unidad nacional, no en abstracto –como indicó la Presidenta en el acto de Huracán-, sino postulando sectores dinámicos como protagonistas privilegiados. El “Pacto Social” del Perón del 74 se revive últimamente con fuertes apelaciones al empresariado y a las organizaciones centralizadas de los trabajadores, aunque a éstas, a diferencia de los primeros, les hace mayores invitaciones al abandono de las prácticas corporativas. Por otro lado, de un modo muy contundente, se ha fijado un ideal productivo, emanado de fuertes atenciones que se le brindan al sector científico-técnico, del que se espera que contribuya con el esqueleto intelectual de las nuevas posibilidades industrializadoras del país. Considero todos estos temas aptos para grandes pronunciamientos públicos; discusiones no cerradas.
                        No veo en estos casos una derechización, como se asevera, Yuyo, en tus intervenciones. Veo más bien un programa clásico de desarrollo nacional con un fuerte impulso institucionalizador –las paritarias en un sentido, la ley de internas obligatorias en otro-, que se corresponden con un pensamiento hasta ahora no declarado y que creo que también proviene de la fuente peronista clásica, la más solicitada por el gobierno: hay una etapa “doctrinaria” y otros “institucionalizadora”. Desde luego, la institucionalización compone una escena dilemática. Nunca puede haberla por completo, ni es posible abstenerse en su totalidad de ella. Del mismo modo, la proclamada “unidad nacional” se torna una pieza habitual de todos los gobiernos mayoritarios, confiados en que en esa proclama conviene refugiar una ostensible hegemonía, basada en una convicción totalista, que siempre tuvo el peronismo, y que sin embargo, envuelve una paradoja. El peronismo histórico postuló la unión nacional y para las clases poseedoras eso no era creíble. Ya el Pacto Social del último Perón llegó a interesar más a los sectores tradicionales del empresariado y a las fuerzas del orden en general. La esencia de tales llamados, hechos desde los movimientos populares, es la de proteger su capacidad de convocatoria, realizando la confrontación de manera implícita, oblícua o tangencial. Las derechas temen también estas formas de conflictividad que sin embargo hablan el lenguaje de la conciliación. Cuando los movimientos populares toman el rumbo de una desaceleración conciliante –le pasó al peronismo clásico, puede  pasarle al kirchnerismo- los verdaderos núcleos de poder mundiales y locales tratan de aprovechar la situación, pero nunca la creen sincera. Al mismo tiempo, las izquierdas, que a priori atacan a los gobiernos reformistas, cuando éstos se hallan en medio de la tormenta y mueven el timón en direcciones ambiguas, encuentran cumplida su hipótesis y dicen “¿vieron? ¡ya lo habíamos dicho!”, cuando en verdad no precisaban ninguna evidencia de lo frágil que es la historia, sino que se actuaba con preconceptos intactos y predeterminados.   
                        De tal modo, el gobierno continúa teniendo un proyecto reformista e industrialista, que quizás esté menos en  sus textos y discursos (aunque también lo está), que en su facticidad evidente. Los hechos realizativos aparecen desprovistos de fundamentaciones de mayor alcance, no me refiero a una teoría de la historia, sino a un itinerario colectivo trazado con nociones más avanzadas de historicidad (lo que incluye imágenes de una sociedad democrático-libertaria), a los que de todos modos hay una cercanía en los conceptos esgrimidos actualmente. Sin embargo, existe una explicitada vocación de sostener un “desarrollo con inclusión social”, o en otras de sus versiones, “desarrollo con valor agregado, ciencia, técnica y producción”, o aún otra más: “alimentos y valor agregado a la materia prima en origen”. ¿Es el modelo? Si se le agregan elementos de su postulado sobre la autonomía financiera, rechazo al ajustismo, hipótesis de distribucionismo económico social, igualitarismo en la percepción de bienes y servicios, etc., estaríamos dentro de un estilo demócrata social avanzado, si se lo compara con la historia argentina reciente y la propia situación mundial. Estas fórmulas son las clásicas herencias cepalianas o desarrollistas de la antigua “teoría de la dependencia” pero en la era de la globalización. A ésta, por momentos se la elogia, pero la política económica real no se condice con la estrategia habitual de la globalización, sino que posee aspectos estatistas y proteccionistas de diverso cuño y alcance. ¿Qué nada de esto supondría la existencia de un proyecto de transformaciones más audaces? Puede ser, pero tampoco estamos ante un mero “posibilismo”, como se decía antes, porque no puede ignorarse una plexo de intereses (lo llamo así para no decir meramente “derecha”), que si bien en algunos casos se superponen con acciones de gobierno (no puedo negarlo, y eso tiene diversas interpretaciones), en lo fundamental (esto es, lo esencial de la situación, su carozo interno, que es lo que estamos discutiendo), se trata de un camino que las fuerzas mundiales de dominio no comparten y sigue siendo atacado por los reaccionarios vernáculos (permitime aquí que emplee una noción un poco abstracta pero aún certera), que no cesan de lanzar dardos y anatemas por sus medios de comunicación.
                        No hay entonces posibilismo. Hay zonas de yuxtaposición de intereses así como también zonas de alta fricción. No posibilismo, entonces, sino transformismo experimental. Hay rodeos, tiradas animosas, retrocesos, cálculos ostensibles sobre la base de lo previsible, evocaciones del lenguaje movilizador del pasado para sostener hechos muy heterogéneos, pero que aún sin ser audaces, precisan de la lengua movilizadora. La situación, entonces, es abierta. No concuerdo con los que la ven ya cerrada, lacrada en un contenido de derecha, menemista o amenazadora hacia la movilización social.
                        Y aquí entramos a un tema capital: la memoria social de la movilización argentina y el modo en que la toma el gobierno. Para ser más explícito: ¿qué debe hacer un estilo o un comportamiento de izquierda ante estos hechos? Voy a responder, Yuyo, en primer lugar, tomando un reciente reportaje que leí de Miguel Bonasso, a propósito de su libro El Mal. Veo la publicidad del libro en la carrocería de los colectivos, con su título que parecería una jugada más de Editorial Planeta en torno a los cíclicos intereses de una gran cantidad de lectores sobre ciertos temas demonológicos, exorcismos y técnicas que nos salven de las satanizaciones diversas que siempre están al acecho sobre las almas disponibles para la gran cosecha que hacen los dioses oscuros del mundo, los poderosos que desde las penumbras dirigen lo hilos de aquellos que incluso dicen oponérsele. Cuando Bonasso dice que los Kirchner se “inventan biografías”, combina una denuncia moral con una denuncia del “modelo”. Ni me convence lo primero –por compartir términos muy familiares al moralismo burgués- ni lo segundo, por lo que antes dijimos. Hay situaciones abiertas antes que variables anudadas de un modo fijo. No obstante, no voy a hablar mal de Bonasso, pues siempre sentí afecto hacia su estilo denuncista, su necesaria estridencia, su escritura de publicista enérgico, su arrebatado instantaneísmo, su capacidad de focalizar temas con virtuosismo de periodista y agitador; en el fondo, un buen novelista, como lo demuestra su libro menos comentado, La memoria donde ardía.
                        En un reciente reportaje de Clarín que me llamó la atención por su agresividad –a no ser que frases causales, que todos decimos, hayan sido tomadas por el periodista de este diario como conceptos graníticos, definitivamente torneados-, Bonasso señala al kirchnerismo como una falsía, la continuación del menemismo por otros medios (o por los mismos), sostenidos por gentes que piensan en su “billetera”, y en última instancia, regido a la distancia por poderes armamentistas, bushistas, corporaciones como Barrick, y muchas otras consideraciones que imagino que pertenecen a la conglomeración del Mal, aunque esto corre por mi cuenta, no leí todavía el libro. Pero al pasar, dice una frase: “los Kirchner inventaron un pasado heroico, en el que no participaron, para encubrir la continuidad del proyecto menemista disfrazándolo con acusaciones de modelo neoliberal, lo cual no significa que no hayan tomado buenas medidas”. Analicemos esta frase, en un reportaje donde habla de “corrupción estructural”, “tráfico de influencias”, “banana republic”. No voy a intentar refutar una a una estas afirmaciones más propias de la estridencia lanatiana, pues en cada caso, sobretodo en el tema de la minería, sería necesario decir que hay que mirar con mayor atención lo que ocurre, reencaminar esa crucial cuestión en dirección a procedimientos diferentes, sobretodo en aspectos empresariales, tecnológicos y jurídicos, para que incluyan decididamente el respeto ambiental, la no depredación de los glaciares, la racionalidad cultural de los implementos tecnológicos, el control exhaustivo hacia las decisiones empresariales con un nuevo tipo de retenciones, etc.
                        En cada caso, si la discusión fuera con documentos en la mano, Bonasso no deja de aseverar proposiciones dignas de discusión, que no dudo que serán la marca del período que viene. ¿Pero por qué se convierten estos temas acuciantes –minería, valoraciones sobre el pasado, irregularidades en el desempeño de las instituciones públicas-, en un núcleo cerrado de decisiones, como si dijéramos ya planificadas, determinadas por un mito de dominio forjado por embaucadores, herméticamente sellado y envasado al vacío, una suerte de irrespirable menemismo redivivo?   
                        Es fácil –apelo al digno y cotidiano sentido común- percibir que no es así. Pero tampoco Bonasso puede creer que sea así. Voy de nuevo a la cita que hice de su entrevista en Clarín sobre la “continuidad del proyecto menemista”. Leemos allí la frase “lo cual no significa que no hayan tomado buenas medidas”. Hay un problema lógico aquí, que menciono, Yuyo, por que lo veo también en muchos razonamientos de la oposición de izquierda al gobierno. Muchas veces se dice… “y sin embargo, tomaron ciertas medidas que…” Y allí se enuncia, según quién hable, la asignación universal, las AFJP, Aerolíneas, la ley de medios, Papel Prensa, etc. Planteo un mero problema lógico. Si estuviéramos frente a hechos macizos, sin ninguna porosidad, un bloque de acciones maléficas que solo se distinguen por la corrupción, la impostura y el saqueo, por una la continuidad de las derechas, jamás podría emplearse una frase adversativa en relación a las “buenas medidas”. ¿Cuáles? ¿Por qué no se las menciona? Imagino una respuesta: porque su mera mención implica el reconocimiento de que esta es una situación nueva, que podrá tener aspectos muy criticables, e incluso concedamos: ciertas continuidades con modalidades que cuestionamos en el pasado, pero en esencia todas estos recursos condicionantes, están inscriptos en situaciones nuevas, abiertas a un territorio inesperado de transformaciones, a un reino de posibilidades potenciales que son como una claro en la espesura. El lenguaje traiciona la voluntad política de condenar la totalidad de una situación, así como la condena absoluta no tiene un lenguaje convincente para sostenerse, so pena de coincidir aquí sí totalmente con los deseos declarados e indeclarados del viejo conglomerado de intereses conservadores, hoy expresados por dos grandes periódicos nacionales en campaña de demolición.
                        Para Bonasso y para muchos grupos de la oposición de izquierda parecería que  existe un doble fondo moral y perceptivo; uno, el que lleva a una condena unánime del gobierno con fuertes tonos moralistas y satanizadores; otro, realista, imposible de omitir, respecto de que podrían ser bien vistas algunas “buenas medidas”. Considero que en esa fisura lógica de un razonamiento que parte de una condena implacable, hay una explicación que se está debiendo. Si sacamos las consecuencias últimas de esa fisura –reconocer que de todas maneras algo se ha hecho- sería imposible la condena absolutista y ciega a los gobiernos de Kirchner y Cristina Kirchner. Ya la sola enunciación de esa excepción –las buenas medidas- aunque tratada de una forma difusa, sin decir cuáles medidas ni que significan en concreto, sin embargo debería introducir una duda en el razonamiento de la demolición, sobretodo cuando la crítica se hace desde los medios de comunicación que expresan la trinchera de un poder mediático que sin duda precisa también su ala izquierda.
                        Ahora bien, éste es un problema. No seré ni esquemático ni haré gala de escasa comprensión hacia esta cuestión de tamaña espesura. ¿Cómo interpretar un gobierno que aunque sería continuidad de “lo peor del pasado” (encubriéndose en vestiduras transformadoras e igualitaristas), hacealgunas cosas buenas que incluso el centro-izquierda apoyó desde el parlamento? ¿Ese reconocimiento no pesa a la hora de matizar el juicio adverso? No, porque ese juicio se lo ofrece desde órganos de prensa sobre los que no se discute en ningún momento a qué continuidad del oscuro pasado pertenecen. Es por lo menos poco ecuánime esta disparidad de criterios, que afecta el análisis político. Se dirá que la oposición de izquierda o de centro-izquierda no tiene donde expresarse, y sé que este es un tema de principal relevancia. Compleja cuestión que no puede hurtarse de la discusión ni admite una respuestacompendiada. Lo cierto es que este tema es un capítulo de un asunto central: las relaciones del gobierno reformista con las izquierdas, incluyendo también las que creen que están frente a un mero apéndice del neocapitalismo o de la globalización.
                        Pienso que el gobierno, que posee muchos matices, discusiones potenciales que se desarrollarán de maneras que no pueden ahora ser previsibles y un programa de reformas que aun no se ha esbozado plenamente para un próximo período, -que no será fácil-, no es un gobierno de izquierda, que no puede asumir objetivamente ese papel (como piensa Laclau que debe hacerse), pero que toma medidas inusuales para el período histórico que atravesamos en el país y en el mundo. En cierto sentido es más de “izquierda”, sin tener ese nombre, que partidos y gobiernos que aunque llevan ese nombre, son irremisiblemente más timoratos y pragmáticos. Lo definiría como un gobierno de gran esponjosidad, que no es ni la continuidad del menemismo (¡qué absurdo sería definirlo así!), ni tiene un programa anticapitalista o antiglobalización, pero que un poco a la manera “bonapartista” –no me gusta este concepto porque es casi siempre peyorativo, pero lo uso a modo de desafiante brevedad-, se sitúa como un mediador social que a veces expone una idea homeostática de la sociedad (lo que tiende siempre a la estabilidad del cuerpo social), pero en verdad está casi siempre disponible para desequilibrar –como en el fútbol a veces se dice del factor diferencial de algún delantero- en el sentido del igualitarismo y el impulso novedoso. ¿Es poco? ¿Podría hacer mucho más un gobierno de Binner, que tiene un programa predominantemente liberal-republicano (no lo critico, son ingredientes valorables cuando se articulan con los grandes torrentes de la historia), y que sin duda no se caracterizaría, como no lo hizo el de Tabaré Vázquez, por enjuiciar el entorno mundial y local de maneras originales o inesperadas? Entiendo las alianzas políticas. Pero reflexionen ustedes, Yuyo, como representantes de una tradición popular de la izquierda, si están adosados ahora a una expectativa más prometedora que aquella que abandonaron con argumentos que, tomados uno a uno, eran atendibles, aunque flaqueaban a la hora de buscar respuestas mejores en lo que ofrece la política real tal como se hace en la Argentina.
                        El gobierno, ciertamente, se mueve entre el deseo de orden y la inevitabilidad de tener que asumir o desencadenar cambios. Su afán tecnológico tiene un valor homeostático, equilibrador, cuando se toma la tecnología como un mero lazo lineal con la producción, y un valor eponjoso, absorbedor de pluralidades, diferenciador y promisorio, cuando toma los temas de la autonomía tecnológica, (su no neutralidad valorativa) y los de una intuición general sobre la inexistencia de una “variable independiente” de carácter tecnológico, que al contrario, debe vincularse con la democratización del conocimiento antes que con la “sociedad del conocimiento”, con una sociedad igualitaria antes que con la tasa de ganancia capitalista. En fin, hay algo en la sociedad argentina que determina siempre, por cierta fatalidad heredada, que los grandes frentes políticos de transformación que deben constituirse, se presenten en pedazos discordantes y separados en los momentos electorales. Los movimientos populares son víctimas de esa situación, pero a su vez suelen tener responsabilidad en producirla debido a que prefieren solidificarse a través de aglutinamientos fuertemente nominados (yrigoyenismo, peronismo). Esos aglutinamientos aseguran emblemas de unidad pero son causantes también de malas formas de unidad.
                        Pero también el socialismo dejó escurrir su nombre –de uso hoy casi ornamental- en pactos recurrentes con las inconsistentes formaciones moralizantes de las pequeñas burguesías rurales y urbanas. Decís, Yuyo, que “no nos separan conceptos teóricos o visiones filosóficas expresadas como generalizaciones abstractas, nos separa un abismo de hechos concretos que no los reconocemos cristalizados como parte de nosotros”. Creo que está bien buscar la verificación de los hechos concretos para sustentar visiones filosóficas. El campo intelectual está fracturado, sin embargo, de un modo que podría replantearse a fin de que esas mismas cosmovisiones puedan dirimir con más precisión, primero, la relación de los legados conceptuales –por ejemplo, el socialismo-, con los hechos restringidos que se producen en su regazo o entorno; y segundo, el cotejo de los propios hechos auspiciosos, entre los cuales muchos de los que deberán ser mencionados, forman parte de aquellos que es menester reconocer como los que muestran que “de todas maneras, algo se ha hecho”. Esta mera constatación desganada, sin embargo pone en crisis la manera liviana en que se interpreta al gobierno Kirchner como continuidad de derechas, menemismos o fascismos, como irresponsablemente profirió en estos días Tomás Abraham. El arrebato de los destemplados se basa en la ilusa constatación de continuidades y equivalencias con una larga serie de errores e injusticias que arrastra el país. Pero el simple uso del lenguaje, - el adversativo que dice: de todas maneras hubo algo que estuvo bien-, traiciona a estas apresuradas inquisiciones.
                        Acabo de leer la solicitada a favor de Binner de muchos intelectuales, a los que conozco y con los que espero seguir debatiendo, incluyendo al inmoderado Abraham. Ví allí tu nombre. Y reconocí que de alguna manera, prosigue la vieja tarea que de muy jóvenes iniciáramos, pensar en sociedades forjadas con la arcilla de la justicia profunda y en los intercambios epistolares que ojalá prosigan, a pesar de que no  interrumpan los variados desacuerdos, pues éstos son también la sal y el espíritu con que se amasan las futuras esperanzas.
                                                                                        Horacio González

3 de octubre de 2011

¿Qué es tener una idea?

¿Cuándo se dice algo nuevo? ¿Se puede decir lo nuevo con el lenguaje de lo viejo? Cuando un texto complejiza el vocabulario, ¿está buscando decir algo distinto o, simplemente, distinguirse vía estilización lingüística? Cuando una obra toma un tema que estaba ausente en las producciones de su época, ¿dice, por eso, algo nuevo? ¿está ampliando el lenguaje? A fin de cuentas, ¿qué es tener una idea (sea artística, sea para escribir en política)?
 
Sobre la emergencia de las ideas podemos situar, a modo esquemático, cuatro paradigmas. En la antigüedad se creía que las ideas eran entidades independientes de la mente humana, que se encontraban fuera del mundo físico/sensible, en el mundo inteligible. A ellas se accedía mediante la parte más excelsa del alma, que para Platón es la razón. El filósofo es el que se sale de la caverna, donde esta la gente, y se eleva hasta la idea. Luego, en la época medieval, las ideas eran adjudicadas a dios. El pensamiento era expresión de la voluntad divina.
 
En la modernidad, esa virtud de los cielos se traslada al hombre. La idea es idea de un sujeto, alguien tiene una idea. El hombre puede pensar porque tiene las ideas en su cabeza, y a partir de eso construye la realidad. Luego, una cuarta etapa del pensamiento se inicia con Nietzsche, para quien la idea no es algo dado -alojado en otro mundo, en otro ser o en la propia mente humana- que debe ser expresado. La idea no se adecua al mundo ni es natural, surge de un conflicto con el mundo.
 
En este contexto, no hay pensadores, en el sentido clásico del término, en tanto personas que tienen ideas. Las ideas están ahí donde se desarrolla la vida entre los hombres. Eso hace que una idea no sea fácilmente reconocible y nunca sea pacífica. Tener una idea exige que todas las ideas anteriores se reacomoden. En general, somos más tendientes a seguir pensando como ya pensábamos que a cambiar toda nuestra manera de pensar. El conjunto de los prejuicios contra las ideas responde a una tendencia conservadora a refugiarnos en lo consabido.

Cuando surge, una idea no es armoniosa respecto de su época, ejerce una violencia sobre las formas de vivir y de entender las cosas hasta el momento. Su lenguaje coetáneo siempre le es antiguo, dice menos, dice otra cosa que lo que la nueva idea quiere expresar. Situadas a ese nivel, las torsiones del lenguaje tienden a ampliarlo, a hacerle decir más. Por el contrario, en el nivel de la pura distinción retórica/estética puede que el lenguaje sólo se repliegue y se ensimisme.
 
El medio del pensamiento –así concebido- es un medio bélico. Si una idea que se dice nueva se adecua sin más a lo ya pensado, si nada estalla con su surgimiento, habría que desconfiar de su novedad. La idea que ya sabemos reconocer, que va bien con nosotrxs, que va bien con lo que somos, es una idea que nos confirma, a las que no llamaríamos nueva. Será, en todo caso, un nuevo modo de decir una idea ya existente.
 
En este sentido, nos preguntamos ¿qué dice una obra tan celebrada en estos días como El estudiante? La película, filmada en los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, cuenta la historia de un pibe de provincia que llega a Buenos Aires para empezar sus estudios universitarios y –romance con una chica, militante y profesora, de por medio- se inicia en la militancia estudiantil. Hay una novedad en el tema, ya que la política universitaria no es un asunto muy frecuentado en el cine nacional.
 
Por una parte, en la película podemos encontrar una forma sincera de narrar los modos contemporáneos de subjetivación política: el amor, el sexo, las estrategias de socialización, como determinantes de la participación política. Por otra, a la par de esos elementos, la trama paree apoyarse en los prejuicios más cotidianos sobre la militancia estudiantil y la política en general: el militante que deja de estudiar, la práctica política como pura administración del poder, el dinero como motor de la acción política, el militante como puntero.
 
Hay una cierta complacencia de las clases medias ilustradas con El estudiante, que llama la atención sobre su anunciado carácter novedoso o disruptivo. Quizás, el hecho de que sea un tema que no había sido tratado antes en el cine con esta complejidad (vitalizada por la presencia de imágenes de asambleas, tomas y clases al estilo documental) no implica que necesariamente se esté diciendo algo nuevo. Si nos sentimos tan a gusto en su discurso, entonces puede que no sea más que una nueva manera de decir algo viejo.
 
Sin embargo, en la película pueden leerse cosas incomodantes, como la continuidad entre la Franja Morada, la agrupación radical hegemónica en la militancia universitaria de los 80/90, y las militancias jóvenes peronistas en la actualidad. Es que, seguramente, más allá del tono más o menos innovador que puede tener una obra, el lugar donde la idea surge es el del espectador. Espectadores inmutados para una lectura conservadora, espectadores incómodos para una lectura disruptiva.

Esto puede valer para El estudiante como para muchas producciones de Hollywood. Una película es tan buena como momentos de inteligencia genera. Hay un discurso general de que la televisión estupidiza, de que los géneros tradicionales de la industria cultural no hacen pensar, como si el pensamiento fuera algo que se trasmite. La idea no es algo –una cosa- que se trae de un lugar y se lleva a otro. La idea es algo que se produce y, cuando surge, busca su lugar. Quizás no haya buenas películas sino buenos públicos. Quizás ya no se puedan hacer películas que no “hagan pensar”.
 
Durante mucho tiempo se denunció a las producciones culturales del capitalismo como medio de sumisión al sistema. Del otro lado, había un grupo de vanguardias críticas que buscaban alterar ese orden y “despertar” al espectador. Entonces, hablar difícil, ver cine alternativo, era una forma de sentirse parte de ese sector más alejado de la ideología dominante. Esa división entre producción ortodoxa del capitalismo y alternatividades culturales es probable que haya entrado en decadencia desde hace 20 o 30 años.
 
En estos tiempos, para que una obra sea creada y difundida, necesita participar, en mayor o menor medida, de las reglas del mercado. Si esa participación, por sí misma, inhibe el discurso, entonces, no hay más que confirmación de lo ya dicho. Habría un sujeto, que es el capitalismo, expresándose sistemáticamente mediante lo que produce. La tesis que se desprende es que la experiencia está controlada: todo se produce dentro del sistema, todo interpela/performa una cierta subjetividad.

Ahora, si hoy el lugar para decir algo es dentro del mercado, eso puede que lo haya transformado en un espacio más polifónico. Actúa, claro, la tendencia homogeneizadora de la mercancía, pero no logra dar coherencia y controlar la totalidad de lo que se dice/lo que se lee. Si bien hay una victoria del capital, que logra reproducirse por todo medio, hay una pérdida en la dimensión del control. Como si la forma-mercancía no alcanzara para anular la experiencia.  

A nivel de la experiencia, podemos diferenciar las propuestas que violentan y desordenan nuestras ideas previas, dejando abierta cierta incertidumbre, de otras que abren un momento de desajuste para reordenado inmediatamente. La función de los géneros y los modelos narrativos en cine, por ejemplo, es la de normalizar esa alteración, reajustar, solapar la emergencia de la (en caso de que haya) idea. El desajuste dependerá, probablemente, de cuán disponibles estemos para la incertidumbre.

Pronunciamiento de las III Jornadas Andino-Mesoamericanas

México Tenochtitlán, 30 de septiembre de 2011.

SOBRE LO COMÚN

Nos alberga el horizonte del Pachakuti, el horizonte del Sumaj  Kausay. Los entramados comunitarios adoptan y adaptan elementos de lo moderno, los pueblos indígenas crean  y recrean. Tenemos el desafío de pensar la recomposición y organización pública del nosotros. Lo plurinacional no puede ser un aditamento del estado liberal.

Están en crisis los modelos universales, desde las experiencias de los pueblos deben salir nuevas alternativas, formas de organizarnos y gestionar lo común. Advertimos la crisis de un modelo que en nombre de universales como la humanidad atentan contra la diversidad y las formas concretas de la vida humana, animal y vegetal.
Nuevas y múltiples voces indígenas nos interpelan ante la crisis de las izquierdas y de los nacionalismos populares. La lógica liberal de lo político no nos basta, porque desorganiza a la sociedad y concentra el poder.
Los procesos de autonomía de los pueblos indígenas resquebrajan el modelo hegemónico del estado nación, lo erosionan. Autoafirmarse en la autonomía nos coloca en la urgencia de pensar en la reconstrucción múltiple de lo público, que no puede reducirse a lo estatal. Reivindicamos la práctica organizativa propia de los pueblos indígenas, las formas de la comunalidad, las experiencias diversas de organizarse en colectivo, como la Minga en Colombia.
La vida está en riesgo y en particular los pueblos indígenas están en riesgo. Los saberes de todos los pueblos son esenciales para la vida. Es necesario superar una manera de pensar y actuar que está destruyendo el planeta. El llamado de los pueblos indígenas es a defender la vida para todas y entre todos.
Las mujeres indígenas y urbanas tenemos que romper la matriz liberal del feminismo hegemónico, no partir de una concepción individualista de la persona sino fortalecer nuestra capacidad de autonomía personal en el marco de la construcción de la autonomía colectiva.
Este sistema que estamos combatiendo está utilizando a las mujeres como objetivo de desestructuración y como objetivo de guerra. Es necesario considerar la fuerza de las mujeres en igualdad a la de los hombres en nuestras luchas.
Los jóvenes son valiosos e imprescindibles para la transformación social, ellos deben aportar sus ideas y creatividad, deben tener oportunidad de formarse y participar, sean hombres y mujeres. ¿Hasta cuándo vamos a ser países de resistencia?
Los estudiantes observan con preocupación la crisis de la academia, y cuestionan el modo paternalista en que trabaja con los pueblos indígenas.  Es necesario preguntarse cómo acompañar y elaborar una reflexión teórica junto con las comunidades indígenas.
Debe de existir un diálogo no solo de la palabra, sino del corazón, no solo de la academia sino también desde los pueblos. No debe quedarse en la teoría. Para comprender la realidad de los pueblos no vale quedarse en los libros, sino que hay que ir allá.
Las voces migrantes nos convocan a experimentar cómo subvertimos las fronteras legales y culturales, nos apropiamos de las lenguas y creamos posibilidades de encuentros, de redes y de transformación, de contagio unos con otros.
Celebramos todas las experiencias de comunicación que dan voz a los movimientos y a los pueblos indígenas. Denunciamos la represión de la que son objeto los medios alternativos y las radios comunitarias.
CONTRA LA GUERRA Y EN DEFENSA DE LA TIERRA
La tierra y el territorio es el tema principal que preocupa a todos los pueblos indígenas. Los conflictos socioambientales son cada vez más extendidos en todos los países. Algunas experiencias muestran que la organización de la gente ha hecho retroceder a las empresas mineras y del agro negocio. Pero la expoliación avanza sobre los recursos naturales del territorio. Es imprescindible articularse en red en toda América, tal como la CONACAMI hace en el Perú.
En nuestros países hay guerra contra los entramados comunitarios. La violencia y el desplazamiento de poblaciones forma parte de la estrategia del sistema capitalista, que adopta la forma de un extractivismo ampliado y depredador sobre nuestros territorios, practicado tanto por los gobiernos progresistas como por los reaccionarios.

Enfrentamos la crucial batalla por recuperar nuestras tierras, lagos y ríos expropiados. Es la tierra y nuestro acceso a ella la base de la reconstrucción de nuestras posibilidades de vida.
Enfrentamos el gran problema del agua, porque peligra la vida en el planeta. Es imprescindible impulsar un sistema de pensamiento y práctica para que nuestros recursos hídricos pervivan y sean regenerados con el trabajo colectivo practicado ancestralmente.
Rechazamos los proyectos extractivos. Condenamos las políticas que se orientan a la alteración mercantil de la vida a través de los productos transgénicos. Exigimos modelos de desarrollo productivos sobre la base del Buen Vivir, en paz y en armonía con la naturaleza.
Nos pronunciamos contra la criminalización de las luchas, la persecución de dirigentes, las amenazas a la población. Exigimos la derogación de las órdenes de captura contra los integrantes de los movimientos sociales.
Denunciamos las estrategias contrainsurgentes, la militarización y la paramilitarización de nuestros territorios que busca contraponer indios contra indios, e indios contra intereses populares, desviando nuestra atención de los verdaderos enemigos que son los intereses de los estados al servicio del capital.
La inseguridad es un gran negocio. Por ello, celebramos la capacidad de autogestión de los pueblos en temas de seguridad. Nadie nos va a proteger si no lo hacemos nosotros mismos.
Denunciamos la acción paramilitar impune en San Juan Copala,  las estrategias contrainsurgentes que padecen las comunidades zapatistas y los pueblos de todo México  y del continente que luchan por su autonomía. Apoyamos la demanda de la Las Abejas interpuesta ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en la que se denuncia el crimen de lesa humanidad cometido en Acteal, Chiapas, en 1997. Exigimos el cumplimento de los acuerdos de San Andrés, firmados en 1996 entre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el gobierno mexicano.
Proponemos crear un Tribunal que juzgue todos los casos de impunidad y violación a los derechos humanos en contra de los pueblos indígenas.
Denunciamos la política migratoria del gobierno mexicano contra los pobres del mundo que demuestra estar totalmente subordinada a la de Estados Unidos, con la consiguiente pérdida de soberanía.
Al gobierno boliviano le pedimos que no traicione las luchas de los pueblos que perviven, hemos tenido la oportunidad histórica para cambiar la sociedad, pero no basta con que los indios lleguemos a la Presidencia, necesitamos un proyecto de vida diferente que respete a los pueblos y comunidades.
ACORDAMOS TEJERNOS COMO RED
Nos comprometemos a articularnos y a llevar a  nuestros entornos estas reflexiones para que no queden en papel, sino que tengan consecuencias prácticas, cada quien compartiendo en sus espacios y aportando al colectivo lo que puede ofrecer.
Constituyamos una red de debate y de acción ante la usurpación de los recursos de los pueblos indígenas donde todos estemos comunicados y podamos actuar defendiéndonos unos a otros. Esta red debe estar en muchos idiomas: español, portugués, inglés… pero también en las lenguas originarias. Si no hablamos nuestras lenguas castramos nuestra posibilidad de pensar diferente a la lengua dominante.
Somos nosotros que permitimos que este sistema neoliberal funcione.
Debemos transformar nuestros hábitos en los espacios urbanos, las acciones de la vida cotidiana, revisar nuestras formas de consumo. Contra los transgénicos, por la soberanía alimentaria.
Une a nuestros corazones la lucha antisistémica. Son diversas las formas específicas en que luchamos. La red se tiene que hacer en función de este objetivo mayor aunque el camino cada quien lo ve de diferente manera, algunos a través de elecciones, otros no, pero podemos caminar juntos contra este sistema capitalista neoliberal. No podemos pensar en acciones únicas ni un plan, sino como mujeres y como hombres tenemos que ir trabajando en nuestros territorios y en nuestras trincheras para desalambrar los corazones, para desalambrarnos nosotros y ayudar a desalambrarse a los demás.
En casi todas las mesas se reconocieron las contradicciones internas de los procesos. No hay ningún pueblo que no tenga contradicciones. Hay que hacer una pausa para reflexionar sobre los errores y equivocaciones que hemos cometido. Hemos sido arrogantes, machistas, autoritarios, vanidosos como lo son todos los otros.
Este evento y todas las participaciones vinieron a hablarnos con su corazón y todos vinimos a aprender unos de otros y nos sentimos hermanados con todas las luchas de nuestra América.
Acogidos para este encuentro en un espacio público y con apoyo universitario nos pronunciamos por la defensa a ultranza del derecho a la educación pública y gratuita y de calidad, en todos sus niveles, para todas y todos en todos los países.
Nos manifestamos en contra de las fronteras de los estados, nuestras luchas van más allá de las demarcaciones territoriales del poder que pretende dividirnos.

20 de septiembre de 2011

El barro de la Historia

Por Alejandro Horowicz
Periodista, escritor y docente universitario.

“Los discursos, al igual que los silencios, no están de una vez por todas sometidos al poder o levantados contra él. Hay que admitir un juego complejo e inestable.”
Michel Foucault

Esta modificación,  no sólo no le entregó la iniciativa política al mentado Grupo A (compuesto por todo el arco opositor), sino que ni siquiera pudo quebrarle el saque al grupo K. El número de representantes en ambas cámaras sirvió para entender que la cosa no pasa por cuántas manos se levantan para aprobar o desaprobar una ley, sino por la presencia o ausencia de una estrategia política articuladora. 

Debo reconocer mi propio error, o en todo caso, insuficiencia analítica. Pensé que les faltaba estrategia común, y en rigor de verdad, lo que les falta es estrategia a secas. No tienen ninguna; y la sociedad no puede más que abrumarse ante tan decisiva limitación. Política sin estrategia no es más que discurso inconexo, alfilerazos inconducentes, brulotes sin fundamento. Transforma el último episodio de la tapa de algún diario, en letra para la próxima interpelación parlamentaria. Esto es, en profundización de una crisis de la que muy difícilmente ambas fuerzas puedan salir conservando la vertical. 

Es muy poco probable que el Peronismo Federal pueda lucir candidato  para las presidenciales de 2015, y la posibilidad de que un extrapartidario encabece la fórmula de la UCR, depende de que exista… el partido. En todo caso, llamar partido a una confederación de intendentes radicales es una exageración. No se trata de un juicio apocalíptico, sino del costo que deberá pagar una fuerza comandada por la dirección más mediocre de su larga trayectoria. Tan así la cosa, que en cualquier momento extrañarán la sensatez de Fernando de la Rúa, la lógica formal del Chacho Álvarez y los razonamientos caseros de Graciela Fernández Meijide, lo que no es poco decir. 

Si en algún punto esa carencia determinante se exhibe impúdicamente ante propios y ajenos es en la tapa de La Nación del sábado 10 de septiembre.

Allí leemos que los “principales bloques de la oposición” impulsarán la presencia en la Cámara de Diputados  de Sergio Schoklender. Que un doble parricida fungiera de apoderado de la Fundación Madres de Plaza de Mayo ya era terrible, pero en todo caso remitía a los personales y comprensibles desequilibrios de Hebe de Bonafini, y a que la sociedad en su conjunto se callara la boca. Ese silencio granítico recordaba que la culpa no es un combustible de alta calidad política. Claro que cuando la Comisión de Asuntos Constitucionales, presidida por Graciela “cachetazo” Camaño, y la de Vivienda, a cargo del radical Hipólito Faustinelli, invitan a Schoklender con motivo de sus declaraciones a la revista Noticias, ya no hablan de los traumas colectivos, sino de sí mismos. 

La “idea” –de algún modo hay que llamarla– fue acompañada por Ricardo Gil Lavedra y Federico Pinedo, jefes de los bloques parlamentarios de la UCR y del PRO respectivamente; en cambio, Margarita Stolbizer la caracterizó como “un disparate”. Explica la dirigente del Frente Amplio Progresista: “El Congreso no puede convalidar en su citación a una persona como Schoklender”, al tiempo que añade: “Lo que dice debe tener mucho de cierto”, pero se trata de una “denuncia de delitos que deberá ser tratada por la justicia”. 

Vale la pena detenerse ante tan curiosa argumentación. El disparate político va de suyo, dado que transforma a Schoklender en una suerte de paradigma de la verdad republicana. Al menos, para las fuerzas convocantes. Cada cual tiene el perfecto derecho de elegir sus referentes donde crea conveniente, pero aun Stolbizer le da el crédito de verdad a priori. ¿El motivo? Todo el que sostenga que el gobierno está integrado por una cueva de ladrones, no puede no ser sino un demócrata constitucional. Y ese es el punto. La sociedad no puede sino mirar atónita cómo un hombre cuya falta de integridad moral está más allá de todo debate, por los avatares de las chicanas parlamentarias se vuelve “juez” de Hebe de Bonafini, y traslaticiamente del gobierno nacional. Por un minuto consideremos el argumento de Schoklender: Hebe tiene 2 millones de euros en bancos europeos; si sin mayor conflicto con la Fundación (se lo acusa de desvío de fondos en su beneficio personal, de estafa y otras lindezas) hubiera denunciado las cuentas, el asombro general sería enorme, y por cierto debiera ser objeto de investigación judicial. Ahora bien, que un hombre con sus antecedentes, incurso en una investigación por dolo, se convierta en fiscal delata la amoralidad profunda de quienes enarbolan su nombre, pero sobre todo la más absoluta falta de sentido de las proporciones. En suma, una patrulla perdida en la niebla política, sin brújula ni sentido de la orientación. 

EL BLOQUE DE CLASES DOMINANTES. Una pregunta: ¿A qué se debe esta carencia? ¿Sólo se trata de evidentes limitaciones personales? No vamos a negar lo obvio, pero existe una razón superior. En el conflicto contra las retenciones móviles, que fue el último donde la política opositora tuvo articulación real, la cosa quedó al desnudo: sólo cuando un segmento del bloque de clases dominantes tiene, en sus términos, una razón convocante para oponerse a la política oficial, la oposición logra enhebrar el hilo. De lo contrario no. Pasado en limpio, su estrategia viene de afuera. 

Como el bloque de clases dominantes no es, desde 1975, una clase dirigente, su política no puede ser otra cosa que la continuación de los negocios por otros medios; y como los trabajadores sufrieron una derrota histórica, no atinan a recomponer un horizonte propio; ergo, los partidos se quedaron sin estrategia. 

Ahora bien, la capacidad de previsión sigue siendo, aun en nuestra hora posmoderna, el mayor capital político. El gobierno nacional constituyó su andadura al compás de lo que debía evitar. La continuación de la política del Puente Pueyrredón, la masacre de pobres. A partir de esa sencilla ecuación fogoneó la recuperación de la actividad productiva, y redujo los niveles de deterioro abominable de la sociedad argentina. Eso no es exactamente un programa, dicen, y tienen razón. Pero es su condición de posibilidad. 

Los programas en la historia nacional e internacional, en la historia del capitalismo, se constituyen en medio de crisis fenomenales. No suelen ser el producto de amables investigaciones elaboradas en think tank universitarios, con los debidos créditos. Así no pensaron ni Federico Pinedo –ilustre antecesor de su conservador pariente– ni Jon Maynard Keynes, ni por cierto Karl Marx. La crisis global del capitalismo nos presenta otra oportunidad histórica: pensar y desarrollar un camino propio, una respuesta sudamericana, un nuevo programa para el partido del Estado. Cada uno de los segmentos del bloque de clases dominantes, no puede sino atender su propio juego, por eso carece de visión estratégica, y por eso no es capaz de orientar a ninguno de los partidos de la oposición. En lugar de que el perro mueva la cola, es tiempo de que la cola reoriente la cabeza del perro.

Publicado en Tiempo Argentino el 12 de septiembre de 2011

19 de septiembre de 2011

El miedo como factor de la política

Thomas Hobbes dice que hay sociedad porque hay miedo, que si las personas no temieran, nadie obedecería a la ley. El miedo es constitutivo de la vida en sociedad, y tiene una función medular en la organización política y del estado. Si partimos de que ese miedo más genérico toma un modo y un rol particular en cada coyuntura concreta, ¿cómo consideramos que se constituye en la Argentina actual? ¿Hasta qué punto en los últimos años el miedo es una dimensión especialmente presente en la política? ¿Qué se hace con ese miedo?

Nuestro país tiene una historia reciente donde el terror fue una componente central de la maquinaria de gobierno. El miedo a morir en manos del estado en años de dictadura se propagó durante la posdictadura bajo la forma de temor a que el estado volviera a ser gestionado como aparato de muerte. El discurso de Alfonsín de no desestabilizar la democracia era un límite para la acción colectiva, todo lo que fuera sospechoso de afectar la institucionalidad era visto como ilegítimo. Este escenario de riesgo perpetuo -hiperinflación mediante- tuvo su envés en el discurso menemista de la estabilidad. En los ´90 el miedo era a la crisis económica. ¿Cómo se configura hoy esa larga historia del miedo?


Como siempre, las primeras respuestas más a la mano son mediáticas: miedo a que te roben, a que te maten por dos monedas, miedo a salir a la calle; ese que en el 2001, en medio del impulso callejero, parecía haberse disuelto. Hace diez años, el malestar, en un contexto de crisis y pobreza, vino acompañado por un desafío al miedo a la calle. La gente salió a la calle masivamente, desoyendo el estado de sitio y soterrando el temor tanto a la represión policial como al encuentro con otros. Por eso, muchos analistas dicen que en el 2001 se acabó la posdictadura, porque la amenaza de la represión siempre inminente, que había cifrado todo un período político en el país, fue enfrentada de manera radical.


¿Se mantiene hoy ese carácter posdictatorial? ¿Cómo es que en la última década el miedo a salir a la calle reaparece? Vuelve no ya como miedo a la coerción estatal sistemática, sino vinculado a la llamada “delincuencia” eso a lo que las estadísticas llaman “sensación de inseguridad”, de la que se burla genialmente Capusoto en su programa radial Hasta cuándo?.

¿Llega este miedo mediático (de ser robado/matado) a influir realmente en la política? No parece que en esta coyuntura haya jugado un papel importante, a pesar de que las varias encuestas le asignan un lugar excluyente en la cuantificación de las demandas populares. Si tomamos como referencia la última elección nacional (primarias), lo que vemos es que el miedo ligado al discurso seguritario no se traduce directamente en términos electorales. ¿Hasta qué punto el miedo codificado en ese discurso es un factor central para el proceso político actual?


El apoyo de la mayor parte de la población al gobierno de Cristina evidenció el fracaso de la apuesta mediática y del ala opositora a transformar el miedo privado en pasión política decisiva. Si no es el miedo a la delincuencia, interpretado por la clase política y sus publicistas como la variable definitoria del voto –motivo central de los spots y discursos durante la última campaña y de medidas oficiales “electoralistas”, como del Plan Cinturón Sur en la Ciudad o la creación del Ministerio de Seguridad-, ¿cuál fue la variable fundamental en la definición del voto?


A modo de hipótesis, sostendremos que hay una seguridad que la reelección resguarda y que tiene una relación más inmediata con la política que es la del consumo. El triunfo del kirchnerismo muestra que el temor a que se termine este momento de estabilidad económica es una variable con más peso en las decisiones políticas que cualquier otro miedo. La percepción del peligro de que el modelo fracase depende menos de análisis macroeconómicos y políticos que de las experiencias cotidianas de mayor bienestar proporcionadas por una creciente (aún si muy desigual) participación de la sociedad en el mercado.


Mientras que el discurso de la inseguridad incentiva y modula el miedo, el mercado realiza grandes momentos de seguridad. Las villas, por ejemplo, ranquean primeras entre los lugares considerados peligrosos, asociadas a las actividades “ilegales” y a los sectores “excluidos”. Sin embargo, el mercado de la droga es un mercado de clase media y en villas como la 1-11-14 está montado un dispositivo de seguridad destinado a proteger el cliente que viene de otros barrios. Se invierte la lógica del “local” que rigió tradicionalmente en los barrios pobres, donde quien era del barrio no corría riesgo en él. En las villas donde hay bandas narco el que va a comprar droga está mucho más seguro que el que vive en la periferia.


El consumo produce fortaleza, amuralla los contornos, no importa dónde se emplace. En la 1-11-14 o en Puerto Madero, el consumidor está protegido. Un mercado que funciona en una zona marginal, en el centro de la clase social considerada “amenazante”, como la Feria de La Salada, tiene una organización y un control destinado al consumo (festivo, callejero) que no deja lugar alguna a la sensación de inseguridad. 


El discurso de la inseguridad y la gestión mercantil de la protección, en vez de contradecirse, se nos presentan como complementarios: uno produce el sentimiento de riesgo y la otra lo calma. Entonces, en un momento de aumento exponencial del consumo en todos los sectores sociales, ¿por qué, aún así, tiene tanto vigor la idea de inseguridad? ¿Por qué esta época parece ser tan violenta cuando, desde el punto de vista de los indicadores objetivos, es probable que estemos en la Argentina menos violenta en muchas décadas? Sospechamos que hay algo del orden de la experiencia que genera esa sensación de inseguridad y que no puede ser simplemente imposición simbólica de los medios de comunicación que la propician y amplifican.


Puede que, más allá de los momentos de seguridad que el consumo garantiza, haya otro tipo de miedos, una sensación de peligro que quizás surja de una percepción de fracaso del proyecto comunitario, que durante décadas trazaba un horizonte compartido de progreso. Si a partir de 2003 el estado sostuvo la desactivación del miedo a que el aparato estatal se organice para matar a quienes lo desafían políticamente y se inició una recomposición económica que redujo las incertidumbres vinculadas al acceso a ciertos bienes de consumo, a nivel de sentido colectivo el kirchnerismo no logró regenerar un sentimiento de seguridad más pleno.


A momentos significativos como fue, sobre todo, el festejo del bicentenario, le suceden otros de igual impacto como fue la toma del parque indoamericano. La sensación que el proyecto común es débil o inexistente hizo que durante décadas no tuviésemos claro qué es lo puede pasar entre nosotros, que no sepamos qué es posible cuando nos salimos del espacio perimetrado visible vigilado de la sociedad.


Al desguace de los lazos y las certezas sociales producido por las políticas neoliberales y la privatización de la vida desde la última dictadura en adelante, se suma el hecho de que estamos ante un proceso de acumulación de capital feroz, donde lo que se regenera como mecanismo de mercado no se está regenerando como sentido colectivo. Por lo tanto, hay una suerte de pacificación, pero que no está basada en la confianza en el otro, sino en el bienestar individual. Hay pacificación en desconfianza. Una pacificación implementada por el mercado.


La villa donde se vende droga es más segura que el barrio vecino, ahí es más seguro caminar dentro de la villa que afuera. Es la existencia de un mercado lo que garantiza las condiciones de seguridad. El consumidor está custodiado. Quienes lo protegen son más las fuerzas privadas de seguridad, contratadas por las bandas, que los agentes del estado. Si la acción policial se inscribe en la idea de un común social compartido (como el de patria o nación, con su mayor o menor carga de racismo y las prácticas más o menos fascistas que habilita), cuando la seguridad privada protege al consumidor ya no hay una remisión a un ideario estatal-ciudadano, lo que rige es la simple potestad del consumo.


El horizonte compartido está signado por la medida del consumo. Lo que prima es la posibilidad de armar negocios, de consumir y generar ganancia. Y la seguridad llega vía ese armado de mercado. Si un mercado apostado en un cierto territorio se desintegra, el lugar queda desprotegido. Las fuerzas de seguridad con una lógica estatal no pueden reponer ese tipo de seguridad que brindaba el mercado, porque no puede reponer la trama minúscula con que esa protección se enlaza con las otras prácticas sociales que son prácticas de cálculo, de compra y de venta.


No es que la lógica estatal no incluya la racionalidad mercantil, está claro que el estado contiene y garantiza las transacciones capitalistas, pero se enraíza, además, en un cierto horizonte de proyecto compartido. Es lo segundo lo que está desintegrado y lo que hoy los proyectos políticos no alcanzan a reparar. Esa descomunión hace que cualquier factor que se presente como integrador goce de cierta legitimidad política. El trabajo, la familia, la educación; instituciones fuertemente cuestionadas por la juventud de los ´60/70, hoy son los mojones del imaginario político. Esto permite que se presentan como herederas de la política setentista unas luchas que pugnan por restituir la sociedad que aquella quería transformar/destruir.

7 de septiembre de 2011

¿Cómo funciona el peronismo?

Frente a la impotencia política del resto de los sectores partidarios desde mediados del siglo pasado a esta parte, se ha extendido la idea de que la política en Argentina se hace dentro del peronismo. En un entorno de sectores políticos mayormente pasivos o reactivos –desde la UCR a la UCD o al trotskismo-  el peronismo se sitúa como la fuente de lo político, cuya relación interna de fuerzas iría determinando la cualidad de cada período en el país. A contrapelo de esta mirada, sostendremos la hipótesis de que la dinámica interna del peronismo proviene de su contacto con un afuera y su singularidad consiste en la capacidad de variación ante esas fuerzas externas.

Cuando decimos afuera nos referimos a partidos políticos y otros actores macropolíticos, pero también a expresiones infrapolíticas, modos de hacer y de pensar que nacen en lo social sin una correspondencia necesaria a nivel partidario-estatal. Todo ello conforma un afuera con el que el peronismo nunca deja de medirse, hacia el que nunca deja de mirar. Desde este punto de vista, cuando se afirma que la vida política argentina se da dentro del peronismo, sería preciso agregar que la vitalidad del peronismo depende de unas expresiones que surgen afuera suyo y en relación con los cuales éste va variando.

Podemos identificar, al menos, dos dinámicas según las cuales se da esta variación: la interpretación de tendencias locales y la traducción de tendencias internacionales. A nivel local, el peronismo es un gran lector de fenómenos populares que no necesariamente surgen en su interior, pero a los cuales es capaz de percibir y tomar como propios. La gran virtud del peronismo es la flexibilidad que tiene para leer los modos de vida que se desarrollan en el país y para mutar de acuerdo con ellos. Se trata de un estilo, de una forma de actuar, cuyo gesto original puede encontrarse en la asimilación que hace un militar nacionalista como Perón de elementos que el anarquismo y el socialismo venían desarrollando en Argentina desde principios del siglo XX. 

Ese modo de constitución volverá a hacerse visible al inicio de cada gran etapa del peronismo posterior a la muerte de Perón, del que nos ocupamos ahora: en el menemismo, en el kirchnerismo y, también, en el cafierismo, en tanto proyecto frustrado de recomposición del peronismo a partir de la lectura del clima social gestado en los últimos años de la dictadura. Lo que para Perón fueron los movimientos obreros de principios de siglo, para Kirchner fueron los movimientos piqueteros y las organizaciones sociales casi un siglo después. El kirchenrismo se constituye escuchando momentos no peronistas de la Argentina del 2001.

Bajo esta misma fórmula se puede entender la inflexión del peronismo en los ´90. El gobierno de Ménem se basó en una lectura de un éthos antiestatista y privatista ya desarrollado en la sociedad. El menemismo no neoliberalizó a la Argentina: leyó la neoliberalización de la Argentina y la reconstituyó como modelo de gobierno. Asimismo, el kirchnerismo no llevó la politización a los movimientos sociales sino que leyó la politización de los movimientos sociales y la convirtió en una particular síntesis política.

El peronismo es el arte de la producción de gobernabilidad a partir de una sensibilidad social que se conjuga con las tendencias políticas internacionales de la época. En los ´90 ese clima internacional estaba signado por la confianza en las fuerzas del mercado, a las cuales el estado debía promover y dejar hacer. En la década posterior, el fracaso del modelo liberal impulsó a varios movimientos y gobiernos de la región a recomponer determinadas funciones del estado junto con una rearticulación de lo social.    

La distancia entre menemismo y kirchnerismo es subrayada por los sectores opositores como síntoma de la inconsistencia del peronismo, mientras que para los afines con el gobierno evidencia el carácter rupturista del período iniciado en 2003. Cuando en el peronismo cambian las direcciones, los personajes, los proyectos políticos, ¿qué es lo que se mantiene como dándolo continuidad? Una forma de actuar, una cierta astucia, un determinado modo de composición. Los protagonistas no son los mismos, los liderazgos van cambiando, pero se comparte una habilidad muy aguda de escucha y una voz que parece decir, a través de los distintos discursos, “mientras haya capitalismo, en Argentina sólo el peronismo lo hará vivible”. Las otras fracciones políticas no tienen ni la flexibilidad ni la sensibilidad suficiente para lograrlo.

Hacer vivible el capitalismo. Hacer gobernable lo social. Hacer política con lo que hay. Entre esos márgenes se despliega el campo de acción del estado para los distintos peronismos. Lo social se sintetiza desde lo estatal, y lo estatal se vuelve permeable a lo social. Esa traducción va definiendo la anatomía del peronismo, va marcando sus tiempos. Ningún sector peronista en el gobierno queda fuera de ese movimiento, sino que se van reordenando los protagonismos. Los personajes más desactualizados, muchos de los cuales conservan hace décadas el poder en las provincias y los municipios, adaptarán el discurso y ajustarán sus prácticas tanto como sea necesario para la reproducción de ciertas dinámicas a nivel territorial-local, al tiempo que otros sectores se reconvierten o emergen con una actualidad impensada.

La alineación de los sectores internos con la tendencia vigente en el peronismo tiene como límite la alteración de esas dinámicas locales de poder que se intenta resguardar. Está poblada de resistencias, negociaciones y conflictos, en los que parece encontrar hoy el kirchnerismo -tanto según la lectura que hacen sus propios cuadros como la de algunos analistas políticos- su mayor límite. ¿Cuáles son las condiciones de esa alineación interna? Estos grupos que permanecen en el poder mientras el peronismo muta, que sobreviven a las variaciones, este peronismo mutante pero perenne, ¿no expresa la dinámica más profunda del peronismo? Cuando lo que prima es la conservación del poder, cuando la variación es un recurso para seguir en el gobierno, ¿puede hablarse de una disputa entre sectores del peronismo que sea radical?
   
Esta polarización histórica que se debate hacia el interior del peronismo entre sectores de izquierda y sectores de derecha ¿puede zanjarse sin destruir el peronismo? Si pensamos que el kirchenrismo será más largo que el peronismo, podríamos ver a los poderes locales conservadores como focos de resistencia al cambio, que irían siendo disueltos. Si, en cambio, el peronismo fuera a tener una duración mayor que el kirchenrismo, se trataría de un movimiento capaz de regenerarse desde lugares heterogéneos y aparentemente contradictorios. Nadie permanecería agazapado resistiendo al cambio, sino que cada uno desde su lugar estaría haciendo los cálculos necesarios para seguir reproduciendo su espacio de poder.

En los ´60  se publica en la revista «La Rosa Blindada» un debate entre John William Cooke y León Rozitchner. El primero sostiene que el peronismo es la expresión política de la clase obrera revolucionaria, que en la radicalización de su propia experiencia posee un horizonte socialista. Para Rozitchner, en cambio, Perón es un líder militar que se constituye –ante el desafío de las izquierdas- con el objetivo de vencer sin el uso de las armas a la clase obrera en el país, haciéndose jefe de ellas. En un caso, el peronismo es visto como una forma disponible para ser moldeada por la praxis popular, en el otro, como un molde que contiene y limita esas fuerzas de lo social.

La capacidad del peronismo de no quedarse plegado en lo que es, encerrado en sí mismo, sino de estar todo el tiempo leyendo mutaciones sociales, a las que interpela y se reconstruye al calor de esa interlocución, da cuenta de que hay un costado peronista sobre el que el peronismo se recuesta y otro costado que es no-peronista. Podemos pensar que junto al alma configurante del peronismo –que sostiene su receptividad y su flexibilidad ante el afuera- hay un alma conservadora, que lee todo fenómeno externo como algo que puede incorporarse a la propia tradición. Si hay mutación, entonces la pregunta que subyace es ¿activada por quién? ¿qué define su dirección? ¿dónde encuentra su límite? 

Apéndice (comentario de Adrián); Peronismo entendido como movimiento religioso

No escasean  las interpretaciones sobre la naturaleza del peronismo, pero se puede hablar de un consenso sobre que el mismo excede con mucho los límites de un partido político clásico.
Una palabra que se ha usado para referirse al peronismo es Movimiento. Me parece más que acertada y redoblo la apuesta. Propongo entender al Peronismo como un movimiento religioso.
Una forma de entender una religión, más allá de las instituciones ostensiblemente religiosas o los dogmas sostenidos, es la de un conjunto de creencias e intuiciones sobre los hombres, el mundo, lo divino que, cuando son creídas firmemente, funcionan como guía para la acción individual y colectiva. Esto está cercano al concepto islámico de Din, religión como forma de vida integral, pero esta concepción no es ajena al modo occidental de entender la vida religiosa.
De un acuerdo entre creyentes sobre esas intuiciones puede surgir una multiplicidad de actos, instituciones e incluso dogmas diferentes. La noción de Tawhid, la unicidad de Dios en el islam, dio forma a multiplicidad de formas de vida, comunidades y creencias, todas diferentes y aun así inconfundiblemente islámicas. El Catolicismo puede contener dentro de sí al Opus Dei y a los curas del Tercer Mundo. Es esta unidad en la multiplicidad lo que caracteriza esta concepción de una religión.
Más allá de las instituciones partidarias, de programas de gobierno, incluso de la mística generada por sus figuras y rituales (que serian el camino fácil para encontrarle elementos religiosos al peronismo) es posible concebir al peronismo como un conjunto de intuiciones sobre el Pueblo, el estado, el país, el poder,  etc. y un estilo de relacionar todos estos elementos y de habitar el país. Esta cosmovisión compartida es la que le da una cohesión al peronismo que sobrevive a cismas, divisiones y enfrentamientos sangrientos. Es también lo que hace tan distintivo al pensar y accionar peronista del de otras vertientes políticas, como la liberal y la de las izquierdas marxistas.
Considero que entender al peronismo como una cosmovisión cuasi-religiosa distintiva que a su vez genera multiplicidad de acciones,  instituciones y formas de vida, diferentes pero emparentadas, es un camino fértil y de gran poder explicativo para aprehender dicho fenómeno político.

30 de agosto de 2011

Revolución anti-neoliberal social estudiantil en Chile

Manifiesto de Historiadores: Revolución anti-neoliberal social estudiantil en Chile


Las calles, plazas y puentes de todas las ciudades a lo largo de Chile se han transformado en las arterias donde fluyen y circulan miles de estudiantes y ciudadanos,entonando y gritando las demandas por cambios estructurales en la educación los que, a su vez, exigen cambios sustanciales en el paradigma económico, en el carácter y rol del Estado y en su conjunto, en el pacto social constitucional del país.

Desde hace meses las movilizaciones no han cesado, recuperándose y adaptándose algunas consignas de antaño, cantándose nuevas que apuntan críticamente al corazón del modelo social y económico financiero neoliberal actual: el mercado, el crédito, el endeudamiento, el lucro, la inequidad social y educativa.

Y si bien inicialmente parecía que se hubieran abierto, al fin, las Alamedas, marcando la llegada de la hora histórica anunciada por el discurso final de Allende, el desarrollo de los acontecimientos con el recrudecimiento de la represión policial, las amenazas y amedrentamiento a los/as dirigentes estudiantiles por parte de adherentes oficialistas y la actuación provocativa de policías encapuchados infiltrados de civil, nos recuerdan que estamos en un régimen político dirigido por la derecha chilena, heredera de las prácticas de la dictadura militar y verdadera fundadora del régimen neo-liberal que busca resguardar. Y mientras los jóvenes copan el cuerpo de Chile y la represión enfurece, suenan los cacerolazos del apoyo ciudadano, recordando el tiempo de las protestas.

Si no ha llegado aún el tiempo de las alamedas, ha brotado con fuerza la voluntad de poder de la nueva generación para presionar sobre ellas hasta lograr su verdadera Apertura histórica.

Los que realizamos el oficio de historiar nos preguntamos acerca del carácter de este movimiento y del significado de su irrupción histórica. ¿Se trata de una fase más del movimiento estudiantil post-dictadura? ¿Corresponden sus demandas a reivindicaciones básicamente sectoriales? ¿Cuál es la forma de hacer política de este movimiento? ¿Qué relación tiene este movimiento con la historia de Chile y su fractura provocada por el golpe armado de 1973? ¿Cómo se articula este movimiento con el camino y orientación de la historicidad secular de Chile? ¿Qué memoria social y política ciudadana ha activado la irrupción callejera y discursiva estudiantil?

Si bien es arriesgado responder a estas preguntas cuando se trata de un movimiento en marcha, los que aquí firmamos lo hacemos como una necesidad de aportar desde la trinchera de nuestro oficio, con la plena convicción de que estamos ante un acontecimiento nacional que exige nuestro pronunciamiento, sumándonos a tantos otros que se han realizado y se realizan cotidianamente desde distintos frentes institucionales, gremiales y civiles.

1. Consideramos, en primer lugar, que estamos ante un movimiento de carácter revolucionario anti-neoliberal. Las demandas del movimiento estudiantil emergen desde la situación específica de la estructura educativa del país, basada en el principio de la desigualdad social; una transformación a esta estructura –como bien lo dicen los gritos callejeros- exige un cambio sistémico en el modelo neo-liberal, que hace del principio de desigualdad (fundado en la mercantilización de todos los factores y en la consiguiente capacidad de compra de cada cual) la clave ordenadora de las relaciones sociales y del pacto social. Correspondiente con este principio de ordenamiento, la figura política del Estado neo-liberal se perfila como un aparato mediador, neutralizador y garante, a través de sus propias políticas sociales, de dicho principio des-igualitario; estructura económico-política sustentada en la escritura de una carta constitucional legitimadora de dicho principio.

No es de extrañar, así, que el movimiento estudiantil actual encuentre un tan amplio respaldo ciudadano: en la categoría dicotómica de “deudores” respecto de un grupo legalmente abusivo y corrupto de “acreedores”, se encuentra la mayoría de los chilenos que grita y cacerolea su apoyo a los estudiantes: porque los estudiantes no son solo “estudiantes” sino que son ellos mismos en tanto deudores. Porque no sólo los estudiantes viven en el principio de la desigualdad, sino la mayoría social chilena actual lo sufre en carne propia. Lo social particular y lo social general se auto-pertenecen y se auto-identifican mutuamente en una unidad que se construye y se concientiza sobre la marcha.

Así, el movimiento estudiantil, aparentemente sectorial, constituye un “movimiento social” que, al tocar el nervio estructurante del sistema, irradia e identifica a la sociedad civil ampliada, reproduciendo socialmente la fuerza de manifestación de su poder, descongelando el miedo y aglutinando los discursos y las prácticas fragmentadas.

Es decir, el movimiento estudiantil actual tiene un carácter radical en cuanto busca revertir el principio neoliberal de la desigualdad que construye la sociedad actual, por el principio de la igualdad social (basado en un sistema de “derechos sociales ciudadanos”), promesa irrenunciable de la modernidad, a pesar de cualquier post/modernidad; principio que, desde la esfera educativa chilena, se propaga como fragancia de nueva primavera a todas las esferas de la sociedad.

2. Este movimiento ha comenzado a recuperar lo político para la sociedad civil, poniendo en cuestionamiento la lógica de la política intramuros, y con ello el modelo de seudo-democracia y legalidad que no ha cortado el cordón umbilical con la dictadura.

Se trata de una política deliberativa en el más amplio sentido de la palabra, que trasciende los esquemas partidarios (a pesar de las militancias personales de algunos dirigentes). El movimiento muestra cómo, a través de la orgánica de las bases movilizadas, con el apoyo de las redes comunicacionales (“política en red”), se ejerce el poder de las masas en el escenario público, presionando por la transformación de las estructuras. Este hecho está replanteando los fundamentos del cambio social histórico, cuestionando las modalidades verticalistas y representativas, propias de la premisa moderna, propiciando activamente formas de democracia directa y descentralizada.

Por otra parte, respecto de la relación del movimiento con el sistema político y el gobierno actualmente imperante, este movimiento corresponde a un nuevo momento de su trayectoria histórica posdictadura, en el cual la vinculación con la institucionalidad se realiza básicamente desde la calle, no habiendo entrado a la negociación institucional dada al interior de los recintos gubernamentales. Desde esta perspectiva, lo nuevo de este movimiento es la “política abierta” o “política en la calle” que, al mismo tiempo que permite mantener el control del territorio propio de la sociedad civil, difunde y transparenta su discurso, su texto y sus prácticas a plena intemperie, ante toda la ciudadanía. La política clásica de los gobiernos concertacionistas de “invitación al diálogo” se ha vuelto una trampa ineficaz, manteniendo el movimiento social actual la fuerza de sus propias prácticas de poder.

Así, las movilizaciones estudiantiles y sociales que hoy se desarrollan a partir de las demandas por la educación, no sólo ciudadanizan lo educativo y lo sitúan como base fundamental del proyecto de sociedad, sino que dan cuenta de la crisis del sistema político, cuestionando y transgrediendo la “democracia de los acuerdos”, consagrada como principal herramienta para neutralizar y postergar las demandas sociales Esta nueva política encuentra su expresión manifiesta en un tipo de protesta social que rompe los marcos impuestos tanto por la cultura del terror de la dictadura, como la del “bien mayor” de la transición. A través de una incansable apropiación del espacio público y, en general, a través de prácticas corporales de no-violencia activa, el movimiento ha generado múltiples acciones culturales en un lenguaje rico, plástico, inclusivo y audaz que interpela el cerco de la represión policial y de los medios que criminalizan la protesta.

3. Si bien este movimiento corresponde a un momento nuevo de la política y de la historia social posdictadura, este sólo puede comprenderse desde la perspectiva más amplia de la historicidad siglo xx en Chile. En el curso de ésta, la equidad educacional junto a las limitaciones legales impuestas al capitalismo anárquico, habían alcanzado una maduración estructural en los años ‘60 y ‘70, siendo este proceso abortado con el golpe del ’73 en su fase de plena consolidación. El movimiento social estudiantil actual es expresión de la voluntad y del acto de recuperación de esa hebra rota de nuestra historicidad. Es la irrupción del brote de la semilla que fue pisada y soterrada por la bota dictatorial y el neoliberalismo. Es el renacimiento, en la nueva generación, del sueño y voluntad de sus padres de fundar una sociedad basada en la democracia, la justicia social y los derechos humanos fundamentales, de los que la educación es uno de sus campos más fértiles.

En efecto, el pacto social educativo alcanzado en los ’60 y ’70 fue el fruto de una larga lucha dada por muchas generaciones desde mediados del s. xix. Proceso y lucha que consistió básicamente en la voluntad política progresiva de arrancar los niños proletarizados en el mercado laboral, para escolarizarlos, como una vía hacia una sociedad más equitativa y como un camino de emancipación social y cultural.

Este trayecto histórico, que involucró a toda la sociedad, alcanzó a producir semillas que fructificaron en las décadas del ’60 y ’70 cuando el Estado y la sociedad civil hicieron del pacto social educativo uno de sus más caros proyectos de construcción de nueva sociedad democrática. Es ese proceso el que hoy irrumpe nuevamente en el discurso y en la práctica del movimiento estudiantil. Se trata de una generación que no acepta volver a ser objeto de mercado al que deban proletarizarse sin mas, ya por la vía del endeudamiento o de una educación de mala calidad. Lo que está en juego y que hoy se encarna en este movimiento, es el “proyecto y pacto social educativo republicano/democrático” chileno, como principio ético-político de igualdad social.

Aquí radica la densidad histórica de este movimiento, produciendo, a su paso, una irrupción de memoria histórica en el seno de la ciudadanía: la memoria de los padres y abuelos que marchan y cacerolean su apoyo a la nueva generación que está recogiendo y tejiendo a su modo la hebra de nuestra historicidad.

Así, en su triple carácter dado por su alcance revolucionario anti-neoliberal, por la recuperación de la política para la sociedad civil y por su conexión con la historicidad profunda del movimiento popular de Chile contemporáneo, el actual movimiento ciudadano que los estudiantes de nuestro país aparecen encabezando con fuerza, decisión y clara vocación de poder, recoge y reinstala las dimensiones más consistentes que la frustrada transición chilena a la democracia sacrificó.

* * *

A través de estas breves reflexiones este grupo de historiadores/as chilenas, con el apoyo de mucho/as, saludamos al movimiento estudiantil y adherimos a las reivindicaciones estructurales que ellos han instalado sobre la política chilena. Saludamos y nos sumamos a las demandas de Asamblea Constituyente.

Al mismo tiempo, invitamos a no ver a este movimiento actuando en la sola coyuntura de este gobierno de derecha, sino a tomar conciencia de que este es un momento de un proceso histórico ya en marcha, cuyo principal fruto sin duda será dejar instalada definitivamente la demanda de las reformas estructurales al neoliberalismo, como irrenunciable voluntad de poder de la ciudadanía y como agenda indispensable de los proyectos políticos inmediatos y porvenir.

Agosto del 2011

23 de agosto de 2011

¿Qué nos dicen las insubordinaciones sociales del último tiempo?

Hoy en Argentina circula la idea (y la sensación) de que la crisis es algo que pasa en otro lado. La crisis económica –cada vez mayor en los países del primer mundo- pero también la crisis política, que avanza al ritmo de las movilizaciones estudiantiles en Chile, las insurrecciones callejeras en Londres, el malestar social como clima imperante en Europa y en más sitios como en Egipto o Israel. ¿Qué pasa en nuestro país en relación con este contexto? ¿Qué forma va tomando entre nosotros el conflicto político? ¿Qué distancias y continuidades encontramos con el resto del mundo?

Mientras que los conflictos en Gran Bretaña y en Chile involucran a las clases medias y bajas urbanas y ocurren en las capitales, en Argentina una conflictividad creciente en torno a la tierra aparece desplazada, difuminada en el territorio. La toma de tierras en el ingenio Ledesma en la provincia de Jujuy y su saldo de represión y muerte es la expresión de un tipo de conflictividad social latente, que se genera en torno al problema de la vivienda y la propiedad de la tierra.

Al igual que en Europa, se trata de casos de desborde social, formas más o menos espontáneas (lo que no quita la preexistencia de organizaciones, redes punteriles y militancias varias), donde la acción prevalece sobre la organización. No hay puntos consensuados de antemano: una consigna, una dirección. Hay una especie de disponibilidad compartida que se expresa en la acción. Dicho esto, ¿pueden asociarse los conflictos sociales locales a la situación europea o, más próxima, a la chilena?

A modo de hipótesis provisoria, vamos a sostener que en Europa la crisis es producto del recorte/la escasez de los recursos, y del desarme de las estructuras de bienestar social, mientras que en Argentina los conflictos se explican en un contexto de abundancia, al interior de un ciclo de alza económica y de un consenso antineoliberal muchos más desplegado que en Europa o Chile. En los países europeos, al igual que acá en el 2001, hay un contexto de limitación del empleo, del gasto y del consumo. En Argentina, si diez años atrás se cerraban las empresas, hoy aumenta la producción. Empresas millonarias, como la azucarera Ledesma (que está en el foco material y simbólico de las tomas de Jujuy), se ecuentran en el centro de esta dinámica.

No se trata –claramente- de un contexto en el que no hay pobreza, sino de una constitución diferente de esos sectores que se mantienen en la pobreza. Podemos decir que hay “abundancia en la pobreza”. Antes había pobreza en la pobreza, el problema era el hambre, las condiciones de vida más inmediatas. Las clases llamadas “bajas” eran consideradas un excedente absoluto: no había trabajo, dinero ni espacio suficiente para ellas. Hoy, en cambio, esta franja social no es ajena, incluso en su pobreza (niveles paupérrimos de vivienda, carencia de tierras) a las dinámicas de la economía.

Un hábito del pensamiento obstaculiza la comprensión de estos procesos cuando no podemos concebir la acción colectiva de los de abajo por fuera de un contexto de exclusión y miseria sistemática como la que se vivió, con sus oscilaciones, entre el año 76 y 2001. No afirmamos que la tendencia se haya revertido decididamente, pero sí que a diferencia de otros levantamientos de estos tiempos, los conflictos por la tierra son contemporáneos a un contexto de mayor monetarización, a partir del dinamismo extraordinario de una economía esencialmente sojera. Al no profundizarse una transformación estructural, lo más seguro es que si este ciclo se detuviese la situación sería igual o peor que antaño.

Si en 2001 había una disminución de la participación de la gente en la economía, en la actualidad se vive una inserción cada vez mayor; incluso si esa inserción es subordinada, precaria o innoble. La rueda de la producción y el consumo gira al ritmo de las grandes pero también de las pequeñas transacciones. Uno de los grandes mecanismos que así funcionan es el mercado inmobiliario. Las tierras y las casas son objeto de transacción y especulación en todos los estratos sociales. Por eso, ¿podría separarse la toma de tierras de la especulación inmobiliaria?

En una economía de explotación agrícola sojera a cargo de grandes propietarios la tierra es la mercancía estrella. Las políticas de redistribución de la riqueza compensan (si bien de un modo mínimo) la concentración de las ganancias que genera un modelo de producción concentrado. Ante esta situación se pueden desarrollar líneas diversas para la lucha social. Una vía es por aumento de la redistribución, que se da sobre todo a nivel sindical y que tiene, por ahora, como límite el incremento salarial. Otra línea es la de la reapropiación de las condiciones de vivienda y de producción de la propia vida individual y colectiva. La toma de tierras puede ser una forma forzar la redistribución, de plantear una distribución más profunda, de apropiarse de estas condiciones productivas. Pero, en los hechos, pude ser también un lubricante para el mercado de venta de tierras por medio de la reventa, cuando la toma es ocasión para negociar con el gobierno.

La necesidad de tierra para vivir y producir, convive con la tierra como cálculo mercantil. Más que contradicción, lo que hay es ambigüedad: una valencia múltiple, que desafía las categorías políticas clásicas. Nos preguntamos, por ejemplo, si leer la toma en términos de “lucha por el derecho a la vivienda” no es aplanar esa complejidad, un intento de traducirla al lenguaje político que ya entendemos.

Del mismo modo queda inadecuada la idea de organización política. El supuesto de que hay una organización entre quienes participan de la toma conduce a una lectura dislocada de lo que pasa en ella. La toma no se planifica, se hace. Y se la hace menos a partir de una coordinación de tipo comunitaria que de una sensibilidad común, donde la ocupación de un terreno es una acción posible, una posibilidad. También un oportunismo. Tampoco la toma provoca necesariamente el surgimiento de una organización con una fuerza y un discurso unívocos, del tipo de las organizaciones sociales autónomas del 2001.

Desde el principio y nacido al calor de las insurrecciones sociales, el kirchnerismo se caracterizó por una actitud de diálogo con los movimientos sociales y una política de no represión de las manifestaciones y los reclamos. Sus interlocutores son las organizaciones y los discursos que sabe escuchar son aquellos formulados en términos de derechos. ¿Será que cuando una expresión política no cumple con esa forma puede volver a aflorar la represión? Puede ser que el gobierno esté preparado para no reprimir movimientos organizados, ¿qué pasa cuando esa fórmula (movimientos sociales organizados) no se cumple, y aparece más bien un mixto ambivalente de punteros, militancias varias y espontaneismo popular?

En una nota publicada recientemente, Horacio Verbitsky dice que no es que en este último tiempo el gobierno no haya reprimido, sino que actúa bien (con intervenciones políticas, judiciales o de asistencia social) ante los casos de represión, que es cosa diferente. A su vez, las imágenes de los conflictos en Londres y en Chile en estos días hacen visible la distancia que nos separa de los países en los cuales la coerción estatal puede darse en el centro del escenario político. ¿Podría hoy en Argentina el estado actuar visiblemente con esa violencia? ¿La sociedad legitimaría la represión? ¿Cuál sería el costo social?

Chile tiene una historia de gran contundencia de la lucha social, muy atacada desde un estado que tiene una raigambre de agresividad y de dureza que no tiene el estado argentino. La mayor permeabilidad y la tendencia a la contención de los desbordes sociales suponen el desarrollo de un aparato estatal coercitivo más complejo, menos lineal. En nuestro país, el estado puede ser interpelado desde la sociedad, y cuando esa escucha se cierra, la gente sale a la calle (ahí están las historias de la “puebladas” del Cordobazo al 2001 para nombrar solo las últimas décadas).

No es que la lógica estatal no incluya la racionalidad mercantil, está claro que el estado contiene y garantiza las transacciones capitalistas, pero se enraíza, además, en un cierto horizonte de proyecto compartido. Es lo segundo lo que está desintegrado y lo que hoy los proyectos políticos no alcanzan a reparar. Esa descomunión hace que cualquier factor que se presente como integrador goce de cierta legitimidad política. El trabajo, la familia, la educación; instituciones fuertemente cuestionadas por la juventud de los ´60/70, hoy son los mojones del imaginario político. Esto permite que se presentan como herederas de la política setentista unas luchas que pugnan por restituir la sociedad que aquella quería transformar/destruir.