18 de agosto de 2011

Lawrence de Arabia y la (no) batalla de Sol

Este texto del amigo Amador Sabater es una reflexión inspirada en la vitalidad del movimiento 15 de mayo en Madrid, ese que la prensa insiste en llamar “indignados”, y que está produciendo –como se dice en este texto- un autentico “cambio de perspectiva". 


En 1929, los responsables de la Enciclopedia Británica propusieron a T.E. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, que redactara la voz “guerrilla” de su decimocuarta edición. Lawrence expuso en el texto los fundamentos teóricos de la guerrilla árabe contra el dominio turco que él mismo dirigió entre 1916 y 1918. En Acuarela Libros publicamos ese maravilloso texto en 2004, acompañado de un estudio complementario a cargo de uno de los miembros del colectivo italiano de escritores Wu Ming, en concreto Wu Ming 4 (por cierto, este otoño publicaremos Estrella de la mañana, la novela de Wu Ming 4 que cuenta con Lawrence como personaje principal). Puedes leer Guerrilla entero aquí.

Mientras releía el librito estos días (apenas sesenta páginas) no podía quitarme de la cabeza en ningún momento las imágenes de lo que vivimos en Madrid durante la primera semana de agosto: la ocupación policial de Sol, las manifestaciones masivas circulando por el centro de Madrid en pleno agosto y la liberación final de la plaza la noche del 5, otra de esas jornadas de fiesta genuina a las que nos está mal acostumbrando el 15-M.

Si una cosa me llevaba a la otra es porque las resonancias son poderosas: nuestra victoria fue la de Lawrence. Entresaco algunas citas de los dos textos, intercalando mis propias reflexiones sobre la no-batalla de Sol. ¿Qué es eso de no-batalla? Es el concepto central de la guerrilla de Lawrence: el conflicto a distancia, que nunca ofrece un blanco al adversario.
La victoria se debe sobre todo una acción intelectiva, a un cambio arbitrario de perspectiva, que no desafía la fuerza del enemigo, sino que la hace vana, la sortea y la vuelve inútil (WM)

Si un punto geométrico particular del mapa del teatro bélico es de importancia estratégica, la victoria no consiste necesariamente en conquistar ese punto, en el que el enemigo se siente inatacable, sino más bien en modificar el mapa entero para convertirlo en un punto de importancia secundaria (WM)

Desplazar la acción a otra parte, insistir en otros puntos, irse a otro sitio y dejar al enemigo que defienda atrincherado un lugar que se ha vuelto inservible. La movilidad cuenta más que la fuerza (WM)

La guarnición de Medina se hallaba encerrada en sus trincheras, desperdiciando su capacidad de maniobra, comiéndose a los animales que ya no sabían cómo alimentar. Les habíamos arrebatado toda capacidad de hacernos daño y, sin embargo, aún seguíamos empeñados en arrebatarles la ciudad. Pero, ¿para hacer qué? Allí eran inofensivos. Desde todos los puntos de vista estaban mejor donde estaban. ¡Dejadles, pues! (L)

Sol fue nuestra Medina. El martes día 2 de agosto desalojaron de malos modos los restos de la acampada y el punto de información. Prácticamente presentaron la operación policial como una operación de limpieza: arrancaron por ejemplo nuestra hermosa placa y la arrojaron a un contenedor. Y así nos sentimos muchos: borrados del mapa sin mediar palabra, como si sólo fuésemos basura, como si no hubiéramos existido nunca. ¡Ya quisieran!

Decidimos demostrarles que se equivocaban y ese mismo día por la tarde nos autoconvocamos pacíficamente en Sol, ya ocupado por la policía. Eramos muchísimos, más de lo que ningún cálculo había podido anticipar. La primera idea era “reconquistar” la plaza, pero se trataba de un objetivo imposible. La relación de fuerzas nos era claramente desfavorable. Durante un largo rato estuvimos allí parados, haciendo ruido frente a los cordones que la policía había establecido en cada una de las nueve arterias de la plaza. Qué hacer…

De pronto un grito: “ciao ciao ciao, nos vamos a Callao”. La consigna prende. Adiós, nos vamos, ahí os quedáis. En lugar de hacer frente, damos la espalda. Un leve giro y, tachán, Madrid entero es nuestro. Empezamos a circular: primero Callao, pero luego también Gran Vía, Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, asamblea multitudinaria en la Plaza Mayor a medianoche… Varios miles de personas, pero ni una sola bandera o sigla, mezcla y diversidad, anonimato puro. Cambio de perspectiva, cambio de escenario, cambio de interlocutores, cambio de afectos. Ya no le gritamos nuestra rabia a la policía impasible, sino que nos hacemos presentes por toda la ciudad. Transformamos una situación de impotencia en potencia. Alegría del regate. Tenía razón Lawrence: entrar en Sol, ¿para qué?

Permanecer siempre en un lugar distinto al del enemigo, obligarlo a desangrarse, hacer cada vez más cara la defensa y el mantenimiento de sí mismo, hasta el colapso moral y económico (WM)

Nosotros no teníamos bienes materiales que perder; por eso nuestra mejor línea de conducta era no defender nada y no disparar contra nadie. Nuestras bazas eran la rapidez y el tiempo, no la potencia de fuego (L)

La guarnición de policías de Sol se queda encerrada en su trinchera, protegiendo el vacío. Un día, dos días, tres… Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo. ¿Y ellos? Todo esto tiene su coste, que se multiplica cada día que pasa. ¿Qué imagen de Madrid se está transmitiendo al mundo entero? ¿Qué pasa con los negocios que hay en la propia plaza? ¿Cuánto tiempo se puede mantener el centro de la ciudad (también turístico y comercial) cerrado a la circulación de las personas? El propio dispositivo no es sostenible: los policías tienen que hacer horas extras, no hay suficiente reserva para los relevos, el agotamiento se hace cada vez más evidente, el Sindicato de Policía (SUP) emite un comunicado criticando con mucha dureza la decisión de ocupar Sol. “Se veían obligados a comerse a los animales que ya no sabían como alimentar…”. Todo el tinglado se viene abajo cuatro días después, la noche del viernes entramos felices en la plaza liberada y nos volvemos a marchar unas horas después, sin reinstalar el puesto de información. ¿Para qué? “Cada guerrillero es un centro de comunicaciones”. Es la mejor prueba de que no se trata de una cuestión de propiedad sobre el territorio.

Los árabes estaban luchando por la libertad, un placer que sólo disfruta el hombre cuando está vivo (L)

Los hombres, al ser irregulares, no eran unidades, sino individuos y una pérdida individual es como un guijarro que cae al agua: el golpe podrá ser breve, pero su ausencia la nombran anillos de pena. El ejército árabe no podía permitirse tener bajas (L)

La de Lawrence es una estrategia de sustracción. El enemigo no es combatido, sino abandonado y desorientado (WM)

No se trata de rehuir el conflicto, sino de plantearlo en los propios términos: no tanto de superficie, como de profundidad. Lawrence se preguntaba: “¿Cuántos turcos serían necesarios para contener un ataque en profundidad, en el que la sedición alzara la cabeza en cada una de las 100.000 millas cuadradas sin atrincherar?” Y nosotros podemos hacernos la misma pregunta: “¿Cuántos policías serían necesarios para contener un ataque en profundidad, en el que la sedición alzara asambleas en cada una de las plazas de Madrid?”

En realidad nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Nosotros mismos cuando pensamos a la turca. Y pensamos a la turca cuando aceptamos la definición del conflicto como enfrentamiento directo entre dos bloques simétricos. Ahí perdimos, perdemos y perderemos. Las autoridades políticas deseaban locamente el siguiente escenario: nosotros armados con palos y cascos tratando de traspasar los cordones policiales y de recuperar Sol. Choque frontal. Dinámica abstracta y completamente autorreferencial. Decenas de heridos y detenidos. Decenas de anillos de pena y rencor. División en el movimiento entre “violentos” y “no violentos”. Espiral interna de acusaciones y denuncias. Aislamiento y criminalización progresiva. Como explica Lawrence, las batallas son imposiciones de los fuertes sobre los débiles, la estrategia del débil es la no-batalla.

¿Cómo iban los turcos a defenderse? Sin duda con una línea de trincheras, siempre y cuando los árabes fueran un ejército que atacara con las banderas al viento. Pero supongamos que fueran una influencia, algo invulnerable, intangible, sin frente ni retaguardia, que se mueve como el gas… Los árabes eran como un vapor llevado por el viento. Nuestros reinos estaban vivos en la imaginación de cada uno (L)

Algo invulnerable, intangible, sin frente ni retaguardia… Sin jefatura, ni cuartel general, ni identidad acabada (antisistemas, izquierda…). Nada que se pueda capturar, desmantelar, ocupar, señalar. Como dice Anonymous en sus comunicados, somos todos y estamos en todas partes.

Pensamos a la turca cuando valoramos que el verdadero logro es la conquista de un territorio. Ya hubo mil discusiones al respecto cuando se debatía la oportunidad de levantar la acampada. Sol no es una patria, sino un símbolo. El símbolo de otra forma de hacer las cosas, otra narración del mundo y otro marco de lo posible. ¿Un símbolo necesita algún tipo de materialidad? Sin duda, pero la materialidad del símbolo-Sol no son tanto las lonas y las tiendas, como nuestros comportamientos, nuestras formas y nuestra visión. Horizontalidad, respeto, inteligencia colectiva, inclusividad, noviolencia activa… Sol es un estado mental, no un espacio físico. Es una ficción infinitamente reproducible (en otros sitios) y redefinible (con otros contenidos), no una entidad cristalizada en unas características fijas.

Si Sol había sido ocupado, entonces se trataba de convertir toda la ciudad en Sol.

El punto de fuerza del guerrillero reside más en la capacidad de contagiar con sus propias ideas a la población civil que en la eficacia militar directa. El conflicto no es físico, sino moral, político (WM)

Basta con que un solo dos por ciento de la población se levante en armas, si el restante 98% practica la resistencia pasiva y, llamémosla así, una presión psicológica sobre el ejército enemigo (WM)

La revuelta debe contar con una población amistosa, no activamente amistosa pero simpatizante hasta el punto de no desvelar los movimientos rebeldes al enemigo (L)
Sin duda éramos muchos, sobre todo para ser agosto. Nadie contaba con ello, es seguro que las autoridades hicieron otros cálculos cuando decidieron desalojar Sol. Pero en todo caso, seguíamos siendo una minoría. ¿Dónde está la fuerza de esa minoría? No es cuestión de número, no es cuestión de capacidad de choque, ¿entonces? ¿Por qué la policía permitió nuestros recorridos instintivos y espontáneos por la ciudad?

La fuerza está, como en el caso de la mismo acampada en Sol, en el vínculo vivo con lo que Juan Gutiérrez llama “la parte quieta del movimiento” y Lawrence “población amistosa”. Es la gente que no participa en las instancias organizativas del 15-M, pero se siente concernida por el movimiento y lo apoya cómo y cuando puede. Esa simpatía no es algo banal. Por el contrario, como dice Wu Ming ejerce una resistencia psicológica decisiva sobre el enemigo: ¿a qué me arriesgo si reprimo a los manifestantes? ¿Qué corrientes de opinión levantará? ¿Cómo se traducirá eso en las elecciones? El 15-M no son sólo los que están ahí, en la calle o en las asambleas, sino una energía que circula dentro y fuera. A la minoría que mantiene vivo el lazo con la parte quieta del movimiento la llamaremos minoría mayoritaria.

En una asamblea donde se discutían las estrategias posibles de acción frente a la ocupación policial de Sol, alguien dijo: “recordemos siempre que nuestras acciones no son sólo nuestras”. Creo que pensaba en la parte quieta del movimiento: qué tipo de lenguajes y acciones nos permiten mantener vivo el vínculo con ella, cuáles por el contrario nos alejan. A la minoría que ha perdido el lazo vivo con la parte quieta del movimiento la llamaremos gueto. El poder está deseando vérselas con un gueto, lo pide a gritos. Un gueto es débil, porque está aislado o incluso tiene a la población en contra. Nuestras acciones no son sólo nuestras, hay que cuidar un espacio donde otra mucha gente pueda reconocerse y sentirse implicada. Ver  y escuchar más allá de uno mismo, preservar la fuerza del anonimato.

Convertir a cada individuo en simpatizante y amigo (L)

Es interesante reflexionar sobre los insultos que recibe el 15-M: perros, ratas, alimañas, piojos, chinches. Es como si nos quisieran deshumanizar negándonos la capacidad de hablar. Así no se insulta a un adversario (al que estamos obligados a reconocer), sino a un enemigo (al que se pretende simplemente eliminar). Destruir al otro implica desconocerle primero. Para contrarrestar la fuerza destructiva de los estereotipos la gente del 15-M ha hecho desde el primer día un grandísimo esfuerzo de humanización, hablando en primera persona, como uno más, como uno cualquiera, buscando la empatía, el reconocimiento (“somos como tú”) y un acercamiento sensible al otro. Incluso con la policía, en momentos de mucha tensión. “Vemos personas bajo los uniformes”, se cantaba en Sol. Personas bajo los uniformes, personas bajo los estereotipos, es lo mismo. Lo común es la humanidad.

El enemigo es una contingencia, no un referente de acción (WM)

La presencia o ausencia del enemigo es un asunto secundario (L)

La guerrilla de Lawrence no es una guerrilla anti-turca. No se define a partir de los turcos ni se dirige contra ellos. La libertad que promueve no es una “libertad contra”, sino más bien “libertad de” o “libertad para”. No es una guerrilla que establezca una frontera clara con lo que “no es guerrilla”, sino que más bien tiende a ensanchar sus límites, incluyendo todas las simpatías porque cada una es importante y puede tener su papel. De ese modo no está aislada y, por tanto, no es débil. Se basa más en la construcción de otros puntos de partida para el pensamiento y la vida que en la simple negación que no sale del círculo de lo negado. Es activa, no reactiva. No razona a partir de principios ideológicos consignados en alguna tabla de la ley, sino que piensa concretamente qué aumenta su potencia, es decir, su capacidad de actuar. Qué alianzas, qué acciones, qué movimientos. Se expresa mucho más en la alegría de estar juntos que en la voluntad resentida de revancha. La guerrilla de Lawrence es lo más contrario a una figura o posición victimista. No se queja ni maldice su suerte. No busca chivos expiatorios, ni cultiva interiormente el sentimiento de inferioridad. No repite incansablemente lo malos que son los turcos (y lo buenos que son los árabes por contraste). No espera pasivamente respuestas exteriores, ni busca la salvación en el castigo al otro. Se hace responsable de sí misma y de la marcha del mundo. Produce nueva realidad, no sólo sufre y denuncia la que hay.

Estoy hablando de la guerrilla árabe según Lawrence, pero pienso también en lo mejor del 15-M.

Los fundamentos de la guerrilla-movimiento son por tanto dos: la movilidad, como mejor arma de defensa; y el pensamiento, como mejor forma de ataque. Sustraerle los blancos al enemigo y “convertir a cada individuo en simpatizante y amigo” son las claves de la victoria (WM)

Tendremos que tenerlo muy presente los meses que vienen si no queremos dejarnos encajonar en los callejones sin salida represión/reacción o en el tablero de ajedrez político de “las dos Españas”.

Amador Sabater 18 de agosto de 2011
 
Las fotos son de Daniel Bobadilla 

31 de julio de 2011

Lo no percibido en política

Si pensamos que cada formación política se rige por una cierta sensibilidad, actúa de acuerdo a una percepción del contexto social que le permite ver algunos factores con nitidez, mientras que otros quedan para ella inadvertidos, ¿qué consideramos que hoy la mirada política no percibe?

La idea es que hay una complejidad de planos que componen lo social, que desde ninguna posición pueden ser vistos por completo. Lo propio de la acción es el estar situada y la situación abre un campo visual determinado. Esto no quiere decir que quien contempla la sociedad pueda ver más que quien actúa en ella, ya que es en el movimiento donde se supera la mirada estática y los procesos que componen lo social se hacen comprensibles.

El libro en el que está trabajando actualmente, el historiador Pablo Hupert describe cómo, desde el regreso de la democracia en Argentina, los gobiernos que se sucedieron tomaron como problema aquello que había puesto en crisis al gobierno anterior y, en cada caso, fue algo que no había sido advertido como riesgo lo que definió su final. En el ´83, Alfonsín asume con la certeza de que era necesario generar un armado democrático que evitara un golpe de estado, a través del fortalecimiento de las instituciones y la contención del poder de las corporaciones. Su derrota, sin embargo, vino de la mano del poder económico y las fuerzas del mercado.

En la década siguiente, Menem organiza su gobierno en función de las exigencias del poder financiero, con un discurso centrado en la idea de estabilidad económica. Había una percepción clara del peso político que tenían los elementos de la economía. Ese modelo, continuado por la Alianza, llega a su límite con la insurrección de la sociedad y la acción de los movimientos sociales que se expresa en los acontecimientos del 2001. Néstor Kirchner, luego, asume su mandato con la gente en la calle y con la certeza de que su gobierno sólo sería posible si incorporaba esos actores sociales al funcionamiento del estado.

Esta constante puede ser pensada como consecuencia de un error de perspectiva, por el cual –como dice Maquiavelo- los ejércitos se preparan para enfrentar al enemigo de la batalla anterior. También es factible que para cada gobierno fuera necesario interpelar a las fuerzas que habían desestabilizado al armado político que lo precedía. Lo sintomático es que –cada vez- los nuevos factores que arriesgan la gobernabilidad quedan desapercibidos.
  
En este sentido, nos preguntamos ¿qué es lo que el kirchnerismo no puede ver? Qué es lo que no ve este gobierno, que tiene en el centro de su mirada la potencia política de lo social. Para la gestión de las fuerzas de la sociedad, desde 2003 se dispuso todo un aparato estatal como dispositivo de escucha, de recepción de las demandas de los movimientos sociales. La gobernabilidad se construyó a partir de la articulación con las organizaciones, lo cual involucra una cierta destinación de los recursos públicos, a la vez que requiere una apertura al diálogo y una negociación permanente en los territorios.

Para el gobierno, el factor de riesgo es menos el poder económico o el poder de una corporación en particular (las fuerzas armadas, la iglesia, los sindicatos) y más lo es el clima social, la opinión pública, la voluntad popular. Por su incidencia en ese ánimo colectivo es que le obsesiona el tema de los medios de comunicación y no por los medios mismos en tanto corporación. Esa visión se evidencia en momentos como en 2008, durante el conflicto con el campo, cuando Cristina deja enseguida de referirse a la figura de golpe de estado para hablar de “clima destituyente”, donde el peligro no es que un grupo tome el poder sino que la gente desconozca la legitimidad de los políticos, que se quiebre la relación de representación.

Ahora, ¿cuáles son las limitaciones de esta mirada? ¿Cuál es su punto ciego? Las peripecias de la última elección en la Ciudad de Buenos Aires, ¿dejan advertir algo de lo que el kirchnerismo no ve? ¿Qué pasa cuando un espacio que cuenta con un apoyo indiscutido de las mayorías a nivel nacional no logra imponer su candidato a nivel local (y ni siquiera puede disputar una porción de los votos al partido opositor)? ¿Algo en la victoria del macrismo señala la insuficiencia de la mirada kirchnerista?

Una vez conocidas las cifras de la elección, Daniel Filmus dijo en su discurso que la campaña del FPV no había contado con el apoyo de los grandes medios de comunicación. Más allá de lo poco atinado del balance, ¿puede interpretarse que el triunfo de Mauricio Macri es, simplemente, el producto de una campaña mediática eficiente? ¿Puede reducirse el fenómeno del PRO a una imagen bien elaborada? ¿Dónde se juega la eficacia del macrismo? ¿Cuál es su construcción política?

El macrismo ganó en la zona sur de la ciudad, donde, días atrás, el gobierno nacional había intervenido con el plan de seguridad “cinturón sur”. En esos barrios hay una presencia importante del estado local, tanto por el andamiaje de los punteros políticos como por los planes de obra pública. Sobre esa estructura se montó la campaña electoral, con  inauguración de locales del PRO, volanteo, timbreo a “los vecinos”. Si, en contra de la idea de que Macri es pura producción espectacular, notamos que el trabajo en los barrios puede ser una variable central de su gobierno y una variable que no fue descuidada en su campaña, ¿podemos suponer que el poder territorial es algo tan determinante hoy en política que, allí donde no gobierna, el kirchnerismo no puede ganar las elecciones?

¿Será que no sólo el kirchnerismo puede hacer kirchnerismo? El macrismo en la ciudad está demostrando que el modelo de presencia territorial del estado y desarrollo de planes sociales puede perder su signo político. ¿Es posible que el modo de gobierno basado en la imbricación entre aparato estatal y organizaciones sociales forjado por el kirchnerismo sea neutralizado políticamente y absorbido como puro mecanismo de control de los territorios?

Quizás sea que hoy no se puede gobernar sin utilizar las formas políticas que creó el kirchnerismo. Como si a partir de 2003 se hubiese ido instalando un piso mínimo aceptable para la acción política. Ese piso responde a la conflictividad siempre emergente de lo social, que es la marca de esta época. En esta articulación entre lo social y lo estatal se revitaliza la noción de lo público, que aparece como el espacio que se crea, amplía y dirime en esa relación. Lo público se reinstala en el discurso político, como un tópico necesario de cualquier fuerza que se proponga manejar el estado.  

Macri, que llega a la política desde el mundo empresario, amparado en una idea positiva de lo privado, sin embargo, repite en su discurso las fórmulas educación pública, salud pública, espacio público. Por su parte, antes de las elecciones, Filmus dijo que sus hijos no van a la escuela pública. Los hijos del ministro de educación más importante del periodo kirchnerista van a la escuela privada. Dos posiciones: un empresario en el gobierno que apela a la importancia de lo público y un político con trayectoria de promoción/gestión de lo público que se reconoce no-usuario de aquello que provee el estado. 

Se da la particularidad de que aquellos que defienden lo público no son los que lo usan. Se crea así una ideología de lo público, que –en tanto dispositivo enunciativo- puede ser usado del mismo modo por un candidato que por otro. En ese plano, se vuelve inocua la denuncia del kirchnerismo a Macri por privatista. Cuando la defensa de lo público no es más que una retórica, esa es una denuncia que no tiene sustento.

Podemos entrever que la política actual se enfrenta al riesgo de confundir el discurso de lo público con la producción de bienes y espacios de uso público. En este punto, el desafío sería crear lo público no abstracto, que mejore concretamente la vida de las personas. De otro modo, los significantes políticos más propios pueden ser vaciados de sentido, fetichizados, utilizados sin que su uso implique ningún compromiso material o ético, ninguna consecuencia en el plano de las acciones. 

Asimismo, el hecho de que la política de presencia territorial pueda ser neutralizada, depurada de connotación ideológica, puede estar señalando un tratamiento despolitizador de las cuestiones sociales. Si se agota el diálogo/la negociación y en los territorios queda pura transacción económica, las políticas del gobierno no tienen por qué guardar un compromiso con las voces de los movimientos sociales. Si la articulación con los movimientos se basa en un intercambio económico sin interpelación política, el andamiaje social del gobierno se puede volver un mero dispositivo de control, que anula lo político antes que producirlo y que vuelve indistinto quién es el que lo aplique.

En estas instancias donde los modos de gobierno del kirchenrismo pueden ser utilizados por sectores de derecha sin perder eficacia política es donde quizás podemos empezar a identificar los puntos ciegos de su mirada.

12 de julio de 2011

La hegemonía como problema político


Nos preguntamos por la hegemonía como problema político. Hay una acepción, con gran presencia en el debate político, de hegemonía como dominio autoritario de un sector sobre otros. Esta perspectiva nos interesa menos que otra, propia de la teoría política actual, que relaciona hegemonía con democracia y tiene entre sus exponentes al politólogo argentino Ernesto Laclau. La vez anterior hablamos de la corrupción de las formas políticas, de la cual la hegemonía podría ser la contracara: un momento creativo, de producción/composición de esas formas.

La noción de hegemonía tiene una historia que atraviesa, por lo menos, dos estaciones: una marxista y una posmarxista. En la primera, planteada por Lenin y retomada por Antonio Gramsci, la hegemonía tiene una condición de clase. Para Lenin, la situación revolucionaria requería que el campesinado integrara un bloque bajo hegemonía proletaria. Gramsci sostiene que la hegemonía es la dominación de clase cuando no es puramente militar, cuando es producto de acciones de coerción combinadas con acciones de construcción de consenso; está ligada a la cultura, al lenguaje, a la religión, y al factor nacional: a fenómenos que el marxismo tradicional colocaba en la superestructura.

Luego, hay una estación posmarxista, dentro de que se encuentra Ernesto Laclau. Él hace una lectura de Gramsci en la que deja caer la idea de que la hegemonía es de una clase social. Sostiene que la hegemonía no tiene una relación orgánica con la economía, sino que su carácter es puramente discursivo. Llama populismo a una cierta configuración semiótica, donde pueblo es el significante central. En una entrevista que le hicieron hace unos años, Laclau dice que los argentinos pudimos pensar en términos posestructuralistas antes del posestructuralismo porque vivimos el peronismo, con una composición que evidencia la falta de relación natural entre clase e ideología.

En Argentina, en efecto, podemos situar una genealogía rica y propia de la hegemonía. Sobre todo a partir de los textos de John William Cooke. A partir de la década del 60, Cooke planteaba que el peronismo era un movimiento policlasista, atravesado por una ideológica clasista. “Hay movimientos policlasistas, pero no hay ideologías policlasistas”, decía. Un movimiento puede ser policlasista, afirmaba. Pero nunca puede serlo una ideología. Las ideologías son de clase: expresan siempre una experiencia y unos intereses que se proyectan sobre el conjunto. El peronismo de los años sesentas era, entonces, para Cooke, un movimiento dentro del cual se desarrollaba un disputa entre una ideología burguesa y una ideología proletaria. La producción de hegemonía es la difusión de la ideología de una clase sobre otras, es el hecho por el cual el punto de vista de las clases subordinadas se articula en torno a la preeminencia de la ideología de una de las clases fundamentales.

De Cooke a Laclau, los pensadores que piensan la centralidad histórica y política del peronismo se esfuerzan en el reconocimiento de una enorme complejidad de lo social. Cada quien a su modo, se trata de la relación no lineal entre clase e identidad política. Mientras Cooke mantiene un criterio clasista de última instancia, Laclau prioriza una tendencia radical a la fragmentación de lo social y a la disolución de las clases. Así, para Laclau existe una relación esencial entre producción de hegemonías y posibilidad de considerar lo social mismo fragmentado. La social complejo está constituido por fragmentos incapaces de organizarse por sí solos. De allí el carácter estratégico de la intervención hegemónica.

Para Laclau, en efecto, la hegemonía es el acto por el cual la dinámica política produce lo social mismo. En un esquema simple burguesía-proletariado es más fácil pensar la política como expresión de una dinámica de la economía, pero cuando la composición social es tan diversa, sólo la hegemonía produce un efecto (simbólico e imaginario) de sociedad. Laclau no cree que la producción de hegemonía esté determinada por alguna base previa (material o económica) sino que la sociedad es un efecto producido política y discursivamente.

Si tomamos del posestructuralismo el distanciamiento respecto de una dicotomía entre base económica y superestructura política/ideológica/discursiva (del marxismo clásico), entonces podemos llamar hegemonía a la lógica estructurante que produce sociedad, que es transversal a los niveles económico, político, cultural, jurídico; siendo siempre un fenómeno de naturaleza discursiva. Hasta acá Laclau.

El desafío de este pensamiento consiste en articular una idea de la hegemonía sin articularlo con idea alguna de clase social. De allí que podamos hacernos algunas preguntas para nuestra situación ¿Es realmente útil entre nosotros un pensamiento de la hegemonía que prescinda de la clase?, ¿cuáles son los elementos de la actual construcción de hegemonía? ¿estamos en un momento de producción de hegemonía o, más bien, en lo que Gramsci llamaba “crisis hegemónica”?

Si observamos los discursos políticos en la actualidad con el lente de la hegemonía, vemos que se discuten formas de gestión, leyes, derechos. ¿Podemos decir que estas discusiones involucran una nueva forma de producción de lo social en general?. ¿Y es relevante, para responder a esta pregunta, cuestionar la pervivencia y las mutaciones del modo de producción capitalista (vidas mediadas por la propiedad, por la relación mercantil?. Para completar el arco de las preguntas: durante la reunión pasada hablábamos de una hegemonía del mercado. ¿Qué puede querer decir que el mercado sea hegemónico?

En un contexto latinoamericano de mayor activación política de los grupos sociales, donde la fórmula de intervención estatal y mayor participación de los movimientos sociales en los aparatos de gobierno se presenta como alternativa al paradigma liberal, ¿estamos ante una reconfiguración del capital o se trata, en cambio, de un momento de avance contrahegemónico? Podemos decir que ambos procesos están presentes por igual e, incluso, que se implican mutuamente; pero eso nos disuadiría de pensar el modo en que se compone la situación actual. ¿Cuál sería la diferencia entre una reconfiguración capitalista y un momento contrahegemónico? Sería, creemos, una diferencia de relación de fuerzas. Veamos.

En primer lugar, si hablamos de hegemonía capitalista es porque no hay, estrictamente, un modelo capitalista: el capital no se reproduce siguiendo un esquema, sino que va actualizando el modo en que logra hacer primar una forma sobre otras en la producción de lo social, de asegurar la primacía de la relación de propiedad o monetaria sobre otros tipos de relación social. Hay hegemonía, a su vez, porque hay elementos que no se reconocen como esencialmente capitalistas, pero que el capital articula, funcionaliza y resignifica. Así pensada, la hegemonía no responde a un modelo político, sino que es una práctica, un modo de reorganizar de modo incesante siempre los términos en función de un cierto dominio.

Dentro de ese juego, se podría llamar reconfiguración capitalista a una nueva composición de los elementos que constituyen lo social en función de la máxima rentabilidad para el capital. Es decir, estaríamos ante una fuerza directriz, capaz de organizar los elementos de acuerdo a una lógica que le es propia. Se podría sostener, en cambio, que estamos en un momento contrahegemónico si la acción del capital está siempre a la retaguardia de fuerzas a sociales de otro signo, que lo desafían y le exigen una continua renovación, que será nuevamente desbordada.

Si nos centramos en los discursos del gobierno actual, podemos entrever una distinción entre un nivel general donde se siguen sosteniendo premisas capitalistas y otro donde se dan pequeñas disputas en torno a esos significantes. ¿Se trata de dos niveles de una misma construcción hegemónica o de una disputa de hegemonía al interior del kirchnerismo? Suele decirse que el kirchenrismo está tensionado entre progresismo –intelectuales, organizaciones de derechos humanos, movimientos sociales- y pejotismo –sindicalismo, punteros políticos, articulación con el empresariado. ¿Puede hablarse del kirchnerismo como un espacio de disputa entre ideologías? Si reactivamos la pregunta de Cooke en relación al peronismo, ¿deberíamos seguir planteándola en términos de clase?

¿Y en qué sentido valdría la pena hablar hoy de política clasista? Mas que la distinción en términos de clases, se habla hoy en términos de modos de organización política nuevos y viejos. Sin embargo, intuimos que si hegemonía es un concepto que permite entender lo procesos políticos actuales como producción de sociedad, producción de los modos en que la sociedad se produce es porque también hay actualidad en la noción de clase social. Desprendida de esa categoría, hegemonía podría aplicarse a cualquier fenómeno de jerarquización o dominio de algo sobre otra cosa.

En la complejidad económico-simbólica propia del capitalismo tardío ya no podemos hablar de dos clases sociales sino de una pluralidad de sectores. De todos modos, en esa pluralidad pueden identificarse configuraciones de dominio, relaciones de mando. Podemos sostener que hay un problema de clase en la medida en que hay disputas, por ejemplo, en torno a la renta inmobiliaria, la salud privada, la cuestión étnica. Es decir, problemas de poder ligados a la explotación. La producción de vida subordinada, de tiempos y espacios dispuestos por mecanismos de poder fuertes nos dan una idea de la explotación en términos puramente políticos. Hay grupos sociales que son dominados bajo esos procedimientos: viven en guetos, o no acceden a la salud, no acceden a la vivienda, o son superexplotados en el trabajo servil, o producen servicios subordinados a un mando exterior, o son desplazados de la tierra, etc.
  
Para hablar de clase como categoría política –una vez derruida la distinción entre producción económica y producción simbólica/discursiva como dos planos- es preciso darnos una noción de explotación como realidad de mando o de dominio, que no es exclusivamente la de burgués-trabajador, que constituye sujetos trabajadores del mismo modo que constituye otras subjetividades. De la idea marxista (económica-objetiva) de que la clase subordinada en el capitalismo es aquella que está obligada a vender su fuerza de trabajo, acentuamos el elemento de obligación. El capital es el que obliga, ya sea a vender o a comprar. El capital es que el fija el intercambio mercantil como forma-motivo de la relación social.

Ante este panorama, los teóricos de la hegemonía tienden a colocar la producción de formas sociales dentro de la política entendida en términos tradicionales: con el estado como actor central y la nación como circunscripción espacial. Nosotrxs veníamos pensando en términos de una hegemonía del capital y a ese respecto nos preguntamos: ¿puede esa primacía de lo global como espacio y del mercado como centro ser pensada desde esta teoría política?

La interpretación que parece prevalecer en la actualidad es la que advierte que hay un resurgimiento de una centralidad estatal, del debate como práctica de producción política, y su figura central: la del intelectual como productor de hegemonía (Gramsci), es decir, que estamos ante lo hoy denominado “revitalización de la política”. En este contexto, hegemonía se vuelve un concepto ligado a la conciencia de un dominio del estado, que nos resulta insuficiente para pensar lo que veníamos llamando hegemonía del mercado, que ya no es la producción de subjetividad nacional ni es el capital produciendo consenso cultural a través de los agentes del estado. Se trata de una experiencia de reorganización de la producción, del consumo, de las imágenes, de las ciudades; que ya no depende del factor estado-nación.

Contra la idea de que vuelve la política como fenómeno nacional, puede pensarse al peronismo como traductor a nivel nacional de las tendencias de época a nivel regional. Lo cual se aplicaría tanto a la figura del estado de bienestar en el período 1946-1955, como a los movimientos guerrilleros durante las dictaduras, el neoliberalismo en la década del 90 y el neointervencionismo estatal en la actualidad. Aún sosteniendo esta hipótesis, cabe la pregunta por cómo se construye o disputa la hegemonía en cada caso, por cuáles son las clases activas en cada proceso.

¿El kirchnerismo es una reelaboración de una hegemonía de clase o la construcción de una contrahegemonia? La pregunta no es si al interior del kirchnerismo existen sectores que cuestionan la continuación de tendencias neoliberales, ya que eso evidentemente ocurre. En tanto un armado hegemónico es un sistema de sumisiones, directamente no podría hablarse de hegemonía si no hubieran esos antagonismos. La pregunta por el carácter progresista o conservador del kirchnerismo apunta a vislumbrar cuál es la fuerza imperante. Es decir, cuando Laclau dice que en el populismo el pueblo es hegemónico ¿quién es ese pueblo? ¿domina sobre qué otra cosa?

5 de julio de 2011

El compromiso político de los intelectuales


Por Raul Cerdeiras
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Con ese título se organizan innumerables debates. Es un título revelador de una concepción de la política que debemos mandar decididamente a los museos. Que descanse tranquila en los museos la idea de que la política es esencialmente una acción práctica, a lo sumo guiada por una teoría que ella tendría la misión de realizar. En cambio, y para decirlo de entrada, si afirmamos que la política es ella esencialmente un pensamiento, entonces su vínculo con la “clase” intelectual, con el intelectual “crítico”, pierde todo sustento.

La idea que la política es un pensamiento conlleva el de su autonomía (como el arte, la ciencia, etc.) e impide que haya un sector especial (los intelectuales, la “cultura”) distinto al de cualquier habitante de este planeta al que se lo tenga que hacer depositario de un vínculo especial con ella. Sería irrisorio plantear el tema de la relación de los intelectuales con el arte, la ciencia o la filosofía, porque va de suyo que en el horizonte de nuestra civilización esas especificidades caen en el área de lo pensante. Y aunque la política en la experiencia marxista-leninista haya inscripto en su seno la palabra “teoría” esta tenía esencialmente un sentido ligado a conocimiento, que no le impidió jamás ser precisamente ella la que atormentó a más de un “intelectual” con el tema de su compromiso político.

La generalidad que acarrea el término intelectual sirve para que se encargue de ocupar el lugar de pensamiento. De un pensamiento que se emite bajo la forma de un juicio que juzga a la política (a favor o en contra de sus actos y contenidos reales). Esa posición se emparienta con una decisión de orden moral acerca del Bien y del Mal y termina entrelazándose con principios filosóficos. Y esto es determinante para ratificar que el mentado tema del compromiso parte del presupuesto de considerar a la política como una práctica, esencialmente una acción que se vale de recursos técnicos propios (lucha, violencia, organizaciones) para lograr sus objetivos. Las complejas relaciones entre la filosofía y la política, cuya tensión más explícita quizás esté en la obra de Platón, terminó finalmente encadenando a la segunda a la primera. Muchas veces las Tesis sobre Feuerbach de Marx fueron considerados textos tanto filosóficos como políticos deslizándose en una zona gris que se nombra “filosofía política”. Este campo confuso da nacimiento a la visión, dentro de la cual hoy se sigue planteando el tema del compromiso, de que la política no podía pensarse a sí misma, que era una simple práctica cuyo sentido final debía ser prodigado por la filosofía, la Historia o la moral. Será en función de esas ideas que el intelectual juzgará finalmente una política. A la inversa, cuando desde una política se le exige un compromiso al intelectual, en el fondo lo que se le está pidiendo no es que participe con su cuerpo en las tareas “prácticas”, sino que juzgue de tal manera que declare que esa política se ajusta a los grandes ideales que los pensadores están encargados de producir y velar por ellos.

Pero debemos extirpar a la política de su tutela filosófica y dejar que ella se de sus propios principios, sus ideas y que abra los lugares propios para una acción consecuente con ellos, que experimente y juzgue en interioridad los efectos de su práctica, que invente sus formas materiales de organizarse, etc. En ese sentido hay que deshacerse de la filosofía-política que es la vieja pretensión de la filosofía de mantener en su orbita a los fundamentos de la política, de la misma manera que el arte se independiza de la estética y la ciencia de la epistemología, que son otros tantos dispositivos con los que la filosofía intenta mantener su hegemonía por medio de un supuesto saber universal que ella encarnaría.

Tomemos un intelectual “populista” o un intelectual orgánico de un partido marxista-leninista,    en este tema no hay una  diferencia esencial. Es casi seguro que en su corazón y en su mente está convencido de la justeza de un viejo dicho popular, que incluso se usa en algunas propagandas para enaltecer a ciertas tarjetas de crédito, que dice: “lo más importante en la vida no se compra con dinero”. Ahora bien ¿cómo ser un intelectual populista y sostener este mismo principio frente a pueblos hambrientos? O dicho de otra manera ¿cómo sostener este principio (que es una herida mortal que destroza el corazón mismo de la vida regida por el capitalismo) del que se desprende una política de emancipación frente a “su” pueblo que clama por dinero para satisfacer sus necesidades básicas? Es en ese instante que el intelectual escinde violentamente la política del pensamiento y la pone como una simple práctica al servicio de las necesidades. Pero lo hace pagando un precio (valga la paradoja) muy alto: separarse del pueblo, poniendo una distancia ente ellos (pobres víctimas) y nosotros (intelectuales bien alimentados), en definitiva, consagrando una desigualdad que, dicen, quiere combatir. Pero inmediatamente se justifica diciendo que él lucha para que todos se alimenten, estudien, etc. y así el pueblo también tendrá la posibilidad de pensar en “esas cosas”. Pero esa lucha de entrada está perdida porque el intelectual (¿será esta la cuestión central en la que se anida la idea de representación en política?) no trata a la gente como portadora de la capacidad de pensar, querer y rebelarse por las cosas importantes que no se compran con dinero, y eso fatalmente lo lleva a ocupar  el lugar del redentor (es decir un Amo…bueno, por supuesto) del que “ayuda” al desvalido,  y para decirlo con la palabra que habilita toda dominación silenciosa, transforma al pueblo en víctima, al sistema en el verdugo y a ellos en liberadores. Todo esto encierra una profunda desconfianza en el pueblo.

Que la política es un pensamiento es algo difícil de admitir por los intelectuales formados al amparo de la antigua política, porque los deja sin trabajo. Frente a los sucesos de Marruecos, Egipto y ahora en España, en donde los pueblos, la gente, mezclados sin ser portadores de ninguna “entidad” sociológica, se rebelan y la rebelón está entre esas cosas “importantes de la vida que no se compran con dinero”,  estos viejos intelectuales miran con alegría y admiración esta acción, pero dejan siempre en un cono de sombras la capacidad que tendrán estos pueblos para encontrar un rumbo correcto con miras al futuro y expresan su miedo de que el sistema se los trague y todo quede en definitiva en la nada. En el fondo para esta raza de intelectuales sobra entusiasmo y acción pero falta programa y orientación, desconfían. Desconfían que el mismo pueblo invente, en el lugar mismo en que se manifiesta, su propio camino.

La política es un pensamiento autónomo porque, entre otras cosas, no es un programa para la acción. El Estado es el que entiende a la política como un programa de acción y los partidos son los encargados de suministrar esos programas. Pero como esos programas deben realizarse en la práctica tienen que ser posibles, es decir, estar en consonancia con las condiciones reales, objetivas, de una situación. Es el posibilismo más rastrero que hoy experimentamos.

La política es un pensamiento autónomo porque ha renunciado al objetivo central de tomar el Estado y, en consecuencia, ya no dirige su estrategia teniendo como objetivo destruir globalmente al capitalismo y desactivar de raíz de una vez y para siempre el rol represivo del Estado en un acto único y monumental llamado “revolución”. Al renunciar al Estado decidió que su acción emancipadora no debe subordinarse al pensamiento del todo sino más bien declarar que la política sucede en situaciones locales, particulares.

La política es un pensamiento autónomo porque no parte de un programa sino de los acontecimientos que no encajan en el modo ordinario de entender la política, de lo que la gente piensa y declara sobre ellos y de las nuevas posibilidades que abre.

La política es un pensamiento autónomo porque enuncia los principios que la sostienen y no busca “aplicarlos” a una realidad exterior, como en la vieja pareja de teoría y práctica, sino que sus ideas deben abrir un espacio inmanente, interno, en el interior del cual experimenta las consecuencias de su acción que se desarrolla bajo la regla de la fidelidad a las mismas. Acá nunca se sabe con certeza si lo que se hace es consecuente con la idea y tampoco se saben de antemano las consecuencias que se producen.

La política es un pensamiento autónomo porque afirma que los seres humanos, todos sin excepción, piensan. Pero piensan con una libertad y creatividad insospechada toda vez que se resquebrajan las estructuras y estereotipos en los que el Estado y la sociedad nos incluyen y atornillan en todo momento y nos regla un comportamiento adecuado a ese lugar.

Somos contemporáneos de un fenómeno de consecuencias incalculables: entre aquellas cosas “que no se compran con dinero” el capitalismo mundial logró comprar a las políticas que levantan la idea de la emancipación. El sometimiento de la política a la lógica del capital es tal que hasta hay países que marchan aceleradamente hacia el capitalismo bajo banderas que lucen una hoz y un martillo o bajo la consigna del Socialismo del Siglo XXI. Pero los primeros gestos emancipativos de los pueblos que manifiestan que ellos no se incluyen en esa compra que se está dando en el mundo. Asumen la forma de un grito ¡que se vayan todos! ¡No nos representan! ¡Nosotros pensamos, deliberamos y decidimos en forma igualitaria! ¡Queremos Otra cosa que la que nos ofrecen!

Quizás los síntomas que portan las rebeliones que se dieron en América Latina, (zapatismo, 19/20 de diciembre 2001, lucha de los pueblos de Bolivia, las luchas de los Sin Tierra, etc.) así como en los países árabes, Europa, y recientemente España, etc., apunten a iniciar un nuevo ciclo de pensamiento y acción política emancipativa, y lo hacen rechazando toda ingerencia de la vieja política y sus partidos en el interior de las experiencias, organizaciones, ideas y pensamientos que van forjando. Estoy convencido que estas sacudidas son el campo real de la producción de Otras políticas emancipativas, sustraídas del Estado, los partidos y la economía. Y seguro que en el interior de esta novedad el tema de la relación de los intelectuales con la política perderá toda la significación que hoy se le da.

23 de junio de 2011

29 de junio de 2011

No somos una idea, producimos realidad

"No somos una idea, somos un hecho, producimos realidad. Somos una nueva forma de vida vertebrada por el pensamiento colectivo y unida a una nueva forma de gestión de lo comunitario, lo público, lo político. Basada en tres únicos pilares: la inclusividad absoluta de cualquier persona, el respeto como forma de convivencia, y la horizontalidad asamblearia como mecanismo de decisión”.dice un texto presentado por la comisión de pensamiento a la asamblea de la acampada de Sol. Amigxs del programa de radio español Onda Precaria conversaron con personas de las comisiones de Respeto y Dinamización de la Acampada Sol. Un pequeño abecedario sonoro del movimiento 15-M: respeto, consenso, inclusividad... Escuchar acá.

28 de junio de 2011

Notas de coyuntura

Por Diego Sztulwark

1.   La mirada en alto, hacia el palacio
El sábado cerraron las litas de candidatos en todo el país. Nada que decir que no se diga en los diarios. El país ha vuelto a mirar hacia arriba. Una docena de personas monopolizan actos y opiniones relevantes. En efecto cascada se escalonan luego niveles de significancia a través de la visibilidad mediática y el manejo de la información.  Como hace tiempo no ocurría, la ilusión decisionista desplaza las condiciones materiales de posibilidad de la institución de lo social. Ha vuelto la política.  
Sobre “nosotros” sobrevuela una mirada incómoda. Hablo desde la experiencia del colectivo situaciones pero como parte de un movimiento mucho más amplio al que se denomina alternativamente como libertarios extremos, autonomistas, dosmilyuneros, etc. Deberíamos haber aprendido la lección. Del fracaso. Se entiende: nuestra ilusión era –y quizás lo siga siendo- la multiplicación de los espacios de politización autónoma. No deberíamos seguir insistiendo dado que, según se afirma, la realidad ya nos refutó. En partes es verdad: en las condiciones actuales existimos menos. Afirmación inquietante: las condiciones podrían cambiar.
En una entrevista reciente, Ernesto Laclau hace una genealogía muy clara al respecto. En los años setentas las izquierdas nacionales no pudieron radicalizar la democracia porque se cruzó el obstáculo revolucionario, guerrillerista. En la etapa actual, en cambio, dice, los “libertarios extremos”, que subsisten, no constituyen un riesgo serio.
Resulta asombroso que no se haya logrado aún borrar del todo las sombras de un 2001. Que sobreviva su marca en los discursos de los forjadores del nuevo orden.     

2.   La escucha kirchnerista
El panorama político actual nos cuenta como “kirchneristas”. Horacio Gonzalez en un libro reciente recuerda que “kirchnerismo” es un nombre provisorio para un frentismo en gestación.
Somos, como se diría en otra época, “objetivamente” kirchneristas en tanto estos ocho años han ocurrido muchas (no todas, ni de cerca) de las cosas con las que estamos identificados. Sobre todo se ha escuchado a muchos movimientos (sociales, de derechos humanos). De un modo inesperado se nos ha tomado en cuenta. Aunque no seguramente como hubiésemos querido (somos no-kirchneristas subjetivamente). Lugar imposible si los hay. Alguien dijo “somos anti-anti-kirchneristas”. Difícil pero contundente. Mas coloquial sería admitir: “somos kirchneristas a pesar nuestro”. Es decir: no nos constituimos como tales, sino que la realidad insiste en colocarnos ahí. Pero esto no es exacto: registra pasividad donde lo que hay es actividad.
Tal vez habría que describir nuestra situación en estos términos: hemos contribuido con nuestras prácticas a identificar un sujeto (fragmentado, plural, pero sujeto al fin, como admite una década después Laclau), y una subjetividad (plebeya, justiciera, resistente, ávida de producción de sentido y en ruptura fuerte con la tradición peronista anterior) que hoy se retoma con fines que entonces no imaginábamos.     
 
3.    El populismo vuelve más peronista que nunca
Estos días la prensa kirchnerista de estricta observancia se embarca en delimitar los términos para la actual fase de constitución de este frentismo. Su consigna es: pasar de la polaridad negativa “pejotismo-progresismo” (que sostuvo el propio Nestor Kirchner durante su primera tentativa de “transversalidad”) hacia una polaridad positiva peronismo-kirchnerista, o mejor, kirchnerismo como vía de recuperación del peronismo tout court. ¿Quiénes argumentan así? Personajes de muy diferente procedencia y relevancia: Ernesto Laclau, Jorge Coscia, el secretario oficial Zanini, Artemio López. Artillería intelectual en polémica con el citado Gonzalez y el grupo de Carta Abierta.      
Ante el cierre de listas, que para muchos hay que leer en clave de un atrevido desplazamiento de la vieja estructura del PJ y de la CGT, dice Artemio López: Cristina amplía su crecimiento electoral hacia el centro derecha, y pone a trabajar al centro izquierda cristinista que representa un 5% del electorado con un enorme potencial de producción simbólica al servicio del peronismo real emergente.

4.    Mutaciones 
Entre las novedades se encuentra la corporeización del significante juventud en el candidato a vicepresidente y ministro de economía formado en el CEMA Amado (Aimé, dicen que se pronuncia emé) Boudou. Al ministro se le debe, según la información que trasciende hace al menos un año, una medida fundamental: la nacionalización de los fondos de pensión. La incorporación de esos fondos a las arcas del estado constituyó un enorme acierto en múltiples frentes. Permitió, sobre todo, anticipar la escases de financiamiento internacional para la Argentina ante las magnitudes de la inminente crisis global. Como corolario nada menor creó las condiciones para una política social activa (jubilaciones, crédito, sobre todo la asignación universal por hijo).
De cuna política ultraliberal (Upau, juventud universitaria de la UCDé, de Mar del plata) emé había llegado al gobierno (Ansses) de la mano de otro ucedeista “joven”, Sergio Massa. Desde entonces cobró un protagonismo mediático inédito. Precandidato a jefe de gobierno en capital federal apoyado por la CGT de Moyano y por las Madres de Plaza de Mayo de Hebe de Bonafini.
Emé, se nos dice, tiene galardones económicos y políticos suficientes. ¿Suficientes para qué? ¿para asegurar una lealtad institucional que faltó en Cobos, o para proyectarse como rostro emblemático de la etapa por venir del kirchnerismo en el gobierno?
Las palabras de consagración de la presidenta repararon, sobre todo, en la capacidad de emé para reparar en las transformaciones epocales. El mundo ya no será el mismo luego de la crisis, nos avisa. Emé no es dogmático. La presidenta dijo que “no tiene miedo”. No es poca cosa. El capitalismo argentino no se renueva ni se reforma sin enfrentar temibles resistencias de los poderes más conservadores (ya lo mostró la 125). Poderes que han mostrado, además, su aptitud asesina (como lo viene sosteniendo hace décadas el filósofo argentino León Rozitchner).
Nos detenemos un momento en esa doble condición de emé. De un lado, su capacidad de mutación es puramente racional o, para retomar la lengua que usábamos antes, objetiva. Se anoticia de las transformaciones que el capitalismo precisa incluir para avanzar, para seguir siendo. De otro lado, sabe que no hay posibilidad de innovación y reforma sino de la mano de una presidenta cuya gestualidad demanda autentico coraje. Esos “huevos” que aparentemente faltaron (no tanto al vicepresidente Cobos considerado “traidor” antes que cobarde) como al entonces canciller Taiana y, de modo eminente, al temido e imprescindible Gobernador Scioli.
Como Kirchner, emé es valiente en sus razonamientos, audaz en el sentido de la oportunidad y plástico a la hora de asumir cambios de escenario. Pero a diferencia del ex presidente, Emé no parece (tal vez entre quienes lo conozcan primen otras percepciones, como en el Juez Zafaroni) ser un tipo de convicciones y por eso no le cabe siquiera la figura del converso. Y este es un poco el problema que tenemos con emé. No nos cierra, porque le falta algo para llegar a la categoría de “traidor a su clase”. Le falta algo así como un relato de conversión. No ya una exposición sobre las modificaciones sobre los mercados, sino alguna palabra de espesor subjetivo.

5.   Quien se le anima a Grobo?
Conversando con Alejandro Kaufman recibí de él una idea que ya estaba en condiciones de pensar por mí mismo. No es cierto que el kirchnerismo abarque todo el espacio de la izquierda. Sucede más bien que en nuestro país la izquierda (la partidaria, dogmática, militante y de bandera roja sobre todo) tiene un modo derechista de ser de izquierda. ¿Qué quiere decir esto, y qué consecuencias trae para nosotros?
Alejandro decía más o menos esto. Entre nosotros no hay una izquierda –que sepa ocupar su lugar izquierdanamente, si la hay de las otras- ni una derecha, en la medida en que la derecha realmente existente se desentiende (históricamente y en el presente) bastante de la tarea de producir hegemonía política. Las clases dominantes argentinas serían así rentistas, endógenas, propiciatorias de unos negocios concentrados que excluyen a las mayorías de modo estructural. En otra época contaban con el terror militar, hoy con el terror económico y mediático. Pero no hacen política. Se entusiasman con las épocas “no-políticas” (menemismo) o defienden a medias a los nabos que intentan representarlos (la llamada “oposición” a los gobiernos k). Si quisieran pondrían en la cancha a sus verdaderos cuadros. Como el Grobo (¿quien se anima a discutir con él sin hacer papelones?).

6.   Desde donde entonces?
La izquierda de derechas no duda en aliarse tácticamente a las derechas y en usar estéticas tinellinianas. Hasta ahí Alejandro. Seguimos nosotros. ¿Cómo sería una izquierda de izquierda? Ante todo no sería una izquierda abstracta. Quiero decir: no nos invitaría a revoluciones imposibles. Como dice Rozitchner, el imperativo de las izquierdas consiste en revisar su régimen de certezas. Si estábamos seguros de nuestros razonamientos en los setentas y las relaciones de fuerza se mostraron desfavorables ¿no deberíamos cuestionarnos ante todo el modo de elaborar nuestras certezas estratégicas actuales?
¿Desde dónde se enuncia entonces, concretamente? No somos pocos los que enfrentamos un desafío en varios planos simultáneos, o el de ser muchas cosas simultáneamente: objetivamente kirchneristas (en el sentido de que el nombre “kirchnerismo” circula como sinónimo de reformas sociales reales o deseadas); subjetivamente no kirchneristas (dedicados a problematizar lo político en un sentido autónomo y no a festejar el modo en que el kirchnerismo organiza estos deseos de reforma); anti-anti-kirchneristas (porque no nos confundimos con quienes se oponen al kirchnerismo por vincularse con este deseo de reformas).
A la vez somos de izquierda porque queremos ir a la raíz con las transformaciones, y no vemos otro camino que apuntar a un trabajo igualmente radical de las subjetividades políticas en juego. Pero no somos de “izquierda” porque vemos en la abstracción que la signa profundamente una marca de la derrota que no le permite superar un paradigma ultra-racionalista e ineficaz de movilizar estas subjetividades.   
El kirchnerismo toma el discurso de la reforma. Mas que desconfiarle (y eso que le desconfiamos) se trata de tomarle la palabra para volverla todo lo eficaz que se pueda en campos como la no represión, la lengua contra el ajuste, la escucha a las luchas y movimientos, el declamado programa reparador. Pero esto no es posible si uno embloca al kirchnerismo como una sola cosa (cuando precisamente, hay que interpelarlo en su pluralidad inorgánica). Tampoco es posible si no se lo manosea un poco. Todo exceso de temor, desagrado, admiración o celebración mistifican la escena. Y al mismo tiempo se trata de desarrollar espacios/tiempos autónomos. Con capacidad de mundo propio (esto es fundamental), de confrontación (contra el modelo sojero, el gatillo fácil, proyectos mineros, inflación, especulación financiera e inmobiliaria, racismo y economías de sobreexplotaciones, etc) y de negociación simultáneas. No refugios anti-políticos, sino situaciones infrapolíticas (micropolíticas capaces de problematizar, investigar, intervenir buscando efectos macro) resistentes a la integración al código de la macropolítica. 
Este “desde donde” autónomo, osado, metido en la realidad, concreto, se sigue reinventando. Pero lo hace por “procesos” antes que partiendo de una visibilidad estándar. Tal vez porque la visibilidad que se nos ofrece sea uno de los peligros mas riesgosos para estas infra-políticas.

27 de junio de 2011

“Temblad, temblad, malditos”

Por Santiago López Petit

No es un sueño, es un despertar. Señor Felip Puig usted es feo. Hay personas feas que son extraordinariamente hermosas. No es así en su caso. Su fealdad es la de la mentira y del engaño. Cuesta mantener la cabeza fría cuando pasan tantas cosas tantos años deseadas. Recapitulemos. Miles de personas toman las plazas y empiezan a organizar otro mundo. La gente sonríe y se junta. El presidente de un parlamento debe ser traído en helicóptero a la jaula principal del Parque Zoológico porque la gente bloquea la entrada. Los desahucios se detienen. Y un grito ensordecedor se deja oír: “Basta ya. Queremos vivir”. Los que toman medidas contra nosotras, los que gestionan esta realidad en crisis no han entendido aún lo que está sucediendo. Sencillamente, el miedo ha cambiado de bando. Ahora son ellos los que a la defensiva no saben qué hacer y agitan patéticos sus verdades ridículas. Pero ya (casi) nadie les cree.

Tomar las plazas nos permitió levantar una posición en lo que antes era una mar de soledades. Con esta posición ganada pudimos organizar una resistencia colectiva ante las olas de intimidación y de ignominia. Poco a poco fue surgiendo un movimiento que si bien se enraizaba en el espacio ocupado, iba más allá ya que tomar la plaza significaba en definitiva estar emplazado y comprometido con una lucha que no tiene vuelta atrás. Ahora al desbordar las plazas e infiltrarnos en los barrios, en las empresas, al hacernos incontables en incontables manifestaciones nos hemos constituido en fuerza política. Se trata de una fuerza política nueva que ha descolocado a todos porque es un auténtico puñetazo sobre el tablero de juego. No es una opción política más sino una fuerza política cuya sola presencia obliga a replantear las mismas reglas del juego democrático. Por esto nos acusan de populismo fanático, de hacer antipolítica. Se equivocan, no es antipolítica sino crítica de la política, es decir, invención de otras formas de vida y de gobierno. Cuesta llegar a pensar la radicalidad que comportan los principales lemas del movimiento del 15 J: “No somos mercancías”, “No nos representan”, “La calle es nuestra”. Incluso la frase “el pueblo unido jamás será vencido” adquiere en este momento una credibilidad insospechada ¿Cuántos años hace que no se oía la rabia digna? Evidentemente, estos gritos – y sobre todo querer materializarlos - es inadmisible para el poder. De aquí que desde hace semanas su única obsesión sea acabar con esta peste que se extiende como una pesadilla. Porque para ellos nosotros somos la peste, el Mal absoluto que desafía el Bien (la democracia, el sentido común), la verdad insoportable que hay que erradicar del espacio público.

¿Cómo acabar con una fuerza política cuya única existencia deslegitima día a día el Estado de los partidos? ¿Cómo acabar con una fuerza política que lentamente agujerea esta realidad opresiva y obvia que nos ahoga? El procedimiento es conocido puesto que el poder en el fondo siempre actúa igual. O destruye o integra. En nuestro caso, la destrucción ha pasado por convertir en problema de orden público lo que es un desafío político, en aislar dentro del nosotros el grupo de los malos y así dividir el movimiento. Ésta ha sido la estrategia puesta en marcha especialmente después del bloqueo del Parlament en Barcelona. La integración ha venido posteriormente al constatar el éxito inaudito de las manifestaciones que proclamaban “La calle es nuestra, no pagaremos su crisis”, a pesar de la impresionante campaña mediática de aislamiento. Vestida de un paternalismo cínico y asqueroso, la integración pretende sencillamente imponer un proceso de identificación que normalice por fin esta fuerza incontrolable e imprevisible. “Todos los partidos pactan llevar al Congreso propuestas del 15-M” (Libertad digital 22 de junio 2011). La estrategia de la “comprensión”, de la “escucha”, empieza cuando ya no hay más remedio. “Escoged vuestros portavoces, formulad un programa concreto, confiad en la democracia parlamentaria…”. Se trata de una llamada a salir de la noche, a definirse mediante las mismas reglas que rigen esta realidad. Ahora la destrucción se hace más sofisticada ya que el proceso de despolitización puesto en marcha es, paradójicamente, una coacción para que haya un retorno a la política clásica, para que abandonemos una política nocturna hecha en primera persona. “Si sois buenos retocaremos la ley electoral. Pero volved a la casa del sentido común. Mejor la democracia imperfecta que el caos”.

No sabemos si estas estrategias tendrán éxito, lo que sí sabemos es que ambas se apoyan en una movilización de la opinión pública. Este es nuestro punto débil: la dependencia respecto a la opinión pública. Hemos llegado a imponer una coyuntura política y, en cambio, muchos de nosotros aún creen que la opinión pública existe y no es así. La opinión pública se produce y se conforma según conveniencia. No existe significa, pues, que se trata de una mera construcción realizada mediante los medios de comunicación que, en la actualidad, son auténticos dispositivos de poder. La opinión pública es simplemente el público. El público que sostiene el espectáculo. La batalla por construir la opinión pública no es por tanto la nuestra. Nuestra batalla es por deshacer la opinión pública: eliminar el público. ¿No gritamos durante las manifestaciones “No nos mires, únete”? “Nadie nos representa” en el fondo quiere decir que para nosotros no hay opinión pública. De hecho es lo que en la práctica hemos comprobado. El uso de internet al permitir mostrar otras verdades hace saltar por los aires la construcción política de la unanimidad reaccionaria. La fuerza política que surge con la toma de plazas no tiene nada que ver con la opinión pública, sí con una interioridad común que todas presentimos. Esta interioridad común es el propio querer vivir cuando se gira sobre sí mismo, es decir, cuando comprende su dimensión colectiva. Nadie sabe qué puede la interioridad común cuando se exterioriza como desafío frente a la inexorabilidad de lo que hay. Lo importante es estar conectados con la interioridad común y entonces seguramente nos daremos cuenta que nuestros mayores enemigos son los viejos discursos políticos, el aburrimiento, y el miedo al vacío.

La fuerza política que surge como fuerza del anonimato no puede ser encerrada en el antiguo molde llamado “nuevo movimiento social” ya que nada tiene que ver con sus prácticas siempre prisioneras de un doble lenguaje: defensa de una identidad, traducción política de la reivindicación, denuncia de la criminalización en términos victimistas. La fuerza del anonimato constituye también un desvarío para los intelectuales y ellos han sido los primeros en postularse para reconducirla: “anuncio de un nuevo contrato social”, “estímulo para regenerar la democracia”, “bienvenida si rechaza toda violencia”… (Abro un paréntesis: es curioso el despertar súbito de tantos intelectuales dormidos por comer demasiado bien. Uno de los ejemplos más divertidos es el de un gurú de la sociedad-red de pensamiento banal y mediocre, que después de apoyar a los socialistas con sus consejos y viendo llegada su derrota, decide apoyar a la derecha catalanista y culmina su transformación paseándose por la plaza tomada para seguir impartiendo lecciones.¿De qué?) Esta fuerza política que estamos viendo nacer no es comprensible mediante las dualidades usuales: dentro/fuera, militantes/no militantes, construcción/destrucción puesto que su mayor mérito es inventar la gestión de una acción política paradójica en la que, en último término, tendría que poder caber tanto la organización de un referéndum contra los recortes sociales y económicos, como la defensa de los bloqueos y expropiaciones, Dinero Gratis.

Si la fuerza del anonimato atraviesa, en el sentido de profundizar, el impasse de lo político, lo hace cortocircuitando efectivamente la oposición tradicional reforma/revolución. De aquí que hablar de querer radicalizar el movimiento del 15 M sea un planteamiento equivocado sobre todo por anticuado. No se puede radicalizar lo que ya es absolutamente radical. ¿Se puede ir más allá de un NO que involucra anticapitalismo, crítica de la representación, y una pasión por dar veracidad a lo que se hace? En todo caso, lo que sí se puede es contribuir a colmar déficits políticos (la toma de decisiones, la invención de dispositivos organizativos nuevos…). Pero, sobre todo, lo que es fundamental es ayudar a que la fuerza del anonimato expulse de sí el miedo a su propia fuerza. Tenemos que ser capaces de separar este nosotros plural y diverso que se hace presente en cualquier lugar de lo que es la opinión pública. Esto es especialmente importante por lo que hace referencia a la violencia. Una fuerza política si quiere tener efectividad debe saber posicionarse en relación a la cuestión de la violencia. El movimiento del 15 M con su resistencia pacífica ha sido capaz de desenmascarar la violencia de “lo democrático”. La democracia no es “lo democrático”. “Lo democrático”, que es la democracia verdaderamente existente, consiste en una especie de pasta pegajosa mediante la que nos envuelven para atarnos mejor a la realidad. En “lo democrático” caben desde las normativas cívicas a las leyes de extranjería, pasando por la policía de cercanía que invita a delatar. “Lo democrático” es una mezcla de Estado-guerra que hace de la política una búsqueda permanente de enemigos a eliminar, y de fascismo postmoderno que reduce la libertad a opciones personales y admite la diferencia sólo si es claudicante. “Lo democrático” es el aire que respiramos. Se puede mejorar, limpiar, regenerar – y los términos no son casuales – aunque nunca nos dejarán probar si podemos vivir respirando fuego. “Lo democrático” es, en sí mismo, pura violencia en su doble cara: represiva e integradora; así como también la coartada de la violencia que se autodenomina legítima. Desde esta constatación es evidente que ante la pregunta de si condenamos o no la violencia, debemos callar. Callar ya es una manera de hablar. Porque la mayor violencia la ejerce quién decidiendo qué es la violencia pretende obligarnos a que definamos en relación a ella.

Tenemos que asumir la violencia que la fuerza del anonimato, en tanto que fuerza política, necesariamente comporta. Tomar una plaza es abrir un espacio de libertad en la realidad; tomar la palabra es interrumpir el monólogo del poder; poner el cuerpo es resistir absolutamente porque un cuerpo en lucha puede llegar a ser destruido, pero nunca vencido. No tengamos miedo a estar solos ni a fracasar. Dirán que el movimiento del 15 M se ha degradado, que ya no es lo que era. Luego añadirán que “todo nos separa”, que somos incapaces de ponernos de acuerdo, de llegar a propuestas concretas. Es la vieja música del poder, esa melodía triste e impotente que sirve para hundir cualquier atisbo de crítica nueva. Su extrema eficacia reside en que conecta con nuestros propios miedos, especialmente el miedo a experimentar. Nada está cerrado ni la realidad aunque se presente obvia, está definitivamente clausurada. Cuando nos acusan de haber traspasado una línea roja tienen ciertamente razón. La peste se extiende. Dos ejemplos recientes. El rectorado de la Universidad de Barcelona tuvo que anular la entrega de la medalla de oro (4000 euros) a un antiguo presidente de la Generalitat, porque según dijo, era imposible asegurar el carácter académico del acto. En la junta de accionistas del Banco de Santander, un infiltrado denunció tanto la corrupción como el papel jugado por el banco en la economía del país. Efectivamente, los apestados llegan cada vez lejos con sus provocaciones. Estamos ante un cambio histórico, el temido despertar político mundial que anunciaba el consejero de tantos gobiernos americanos y cofundador de la Trilateral, Z. Brzezinski. El Sr. Felip Puig ha decidido formar una nueva unidad de la policía especializada en la lucha contra la guerrilla urbana. Una vez más se equivoca. Para terminar con la peste tiene que empezar a fumigar las plazas, las universidades, las escuelas… todos los emplazamientos en los que el querer vivir se hace desafío. La peste lleva cada vida al extremo de sí misma, quita las máscaras, sacude la inercia de la normalidad. Hasta ahora nos han regalado el miedo para vendernos seguridad. Esta ha sido la historia de las sociedades capitalistas. ¿Pero qué seguridad pueden ofrecernos cuando nos han robado el futuro? Sin futuro, el miedo desaparece. La realidad, esta realidad injusta y miserable, nos hace cada vez más valientes.