3 de junio de 2011

Impresiones (finales) desde sol




Soledad y Ciudad Sol 

Para comprender un poco mejor Sol, sus condiciones de emergencia y arraigo, dicen varios amigos por acá, hay que asumir el contexto de soledad y disgregación organizada que lo impregna todo. Haríamos bien en mirar por ese lado para comprender la fuerza y la lucidez de los acampes. Flor, por ejemplo, joven egresada de filosofía, dice que ella misma y sus compañeros tratan la escritura de un modo nuevo, en relación a la generación de sus profesores. Ya no buscan hacer largas tesis librescas sobre algún pensador clásico sino que intentan ligar con artefactos culturales contemporáneos, pensar cruces, hacer una tarea menos solitaria. Pero el acampe no necesariamente es antídoto. Exige mucha energía, una entrega excesiva para quienes buscan combatir esa soledad cuidando de no repetir experiencias que unidimensionalizan la vida.

Otro rasgo de Sol es la apelación continua a los "jóvenes". El protagonismo juvenil es innegable y feliz. Pero el discurso que descarga todo sobre "lo joven" deja mucho por abarcar.

Un punto bastante señalado del acampe es el hecho de haberse convertido en una ciudad, otra ciudad. Sol como micro-ciudad. Campamento amoroso, con guardería, comida gratis, sitio para descansar, para cocinar, para leer. Lo de la lectura es insistente. Desde el inicio hay un cartel que dice "Lea más". En la biblioteca otro cartel advierte: “este no es un sitio para descansar sino para leer”. Hay también un huerto con una leyenda: “si nos quedamos los meses suficientes comeremos de nuestra lechuga”. Intercambios en abundancia y sin moneda, "chabolismo horizontal". O, como se preguntaba Alida Díaz: ¿ciudad (des)utópica que expresa de algún modo nuestro futuro? Sol como exhibición de muchos planos en movimiento produce imágenes, lanza preguntas, propone problemas. 


 Respeto

El campamento de Sol es pragmático, inteligente y unitario. Trabaja con decenas de voceros rotativos. De entre todas las comisiones hay una, la de respeto, que caracteriza mejor el tono de la movida. La comisión de respeto vela a toda hora porque en el territorio de la plaza se resguarde este espíritu de suma sin exclusiones. Ha habido decenas de conflictos con grupos y personas que beben alcohol o que llegan con una pancarta que a los ojos de los organizadores supone una demanda particular, que divide y excluye a otros. Entonces la comisión saca los carteles, calma a la gente, dialoga hasta el cansancio. Sol finalmente no busca el consenso sino la unanimidad. Y para ello se dota de una paciencia infinita. Las propias asambleas son de una curiosidad semiótica increíble. Hay gestos manuales -que vienen de larga tradición- que significan que alguien, por ejemplo, está en "objeción radical" con lo que se está decidiendo. Como no se vota, esta "objeción" debe ser total y además debe contar con un argumento de peso. Otro gesto solicita una interrupción puntual a un argumento. Así como no se vota, tampoco se puede aplaudir para evitar el ruido. Cuando el orador suscita simpatías -consenso- se alzan y agitan las dos manos. Otra comisión incansable: la de comunicación (que lleva la relación con la prensa, la comunicación interna y una incesante actividad de traducción con las más diversas lenguas). Una comisión -o grupo- curioso es el de análisis, que investiga en vivo la génesis del movimiento. Esta vocación de autoregistro es abrumadora. Existe un mapa conceptual del acampe en continuo desarrollo. Hay quien pide que no se tiren los carteles, insumo fundamental para la autoinvestigacion del movimiento.    


¿Levantar el acampe?

El viernes por la mañana el nuevo gobierno de derecha atacó al acampe de Barcelona. Como se vio en directo por TV, la brutalidad fue gigante y numerosos los heridos, y en pocos minutos miles de personas se volcaron a la calle retomando la plaza. La noche del domingo el acampe de Barcelona manejó con mucha astucia cualquier provocación derivada de los festejos del triunfo futbolístico.

¿Quién querría, en este contexto, levantar el acampe? Hay al menos dos grandes filones argumentales entre quienes insisten en que es ya hora de abandonar la plaza, así sea para volver de otro modo. Un razonamiento dice así: la manifestación del 15-M fue un primer paso, un gesto muy bien pensado que supo identificar una coyuntura precisa para intervenir. Sol fue un segundo paso, un verdadero despliegue que agregó una potencia nueva al gesto inicial, introduciendo incertidumbre e inventando, al mismo tiempo, un "nosotros" incluyente antes unas elecciones que sólo iban a confirmar la urgencia de la gestión de la crisis. Pasada esa coyuntura, se argumenta, tenemos que crear otro paso, un tercer desplazamiento que dote de nuevo territorio y objetivo. Un pasaje del acontecimiento al movimiento. 

Otro argumento para levantar el acampe registra condiciones muy reales de desgaste entre los propios acampantes. La comisión de comisiones argumentó ayer en la asamblea general narrando situaciones de “inseguridad”: una pelea con cuchillos, un intento de abuso sexual, cansancio, conflictos varios.

De otro lado, quienes argumentan por permanecer en la plaza sostienen que Sol es epicentro del movimiento. Que es cierto que la plaza desgasta, pero que levantar la acampada es diluir el símbolo y la potencia del movimiento. No es fácil el asunto de volver ahora a casa y al trabajo. El acampe espanta y enamora. No es poca cosa que mientras la asamblea debatía el último domingo cómo seguir, miles de personas tomaban la Bastilla, en París y otros miles tomaban la plaza de Atenas, motivados por Sol.

Ambos argumentos temen al desgaste y al encapsulamiento. E insisten en que es mejor irse solos por la puerta grande, en una suerte de marcha festiva, a que nos saque la policía.

Mientras tanto, el sábado, se hicieron decenas de asambleas en barrios y pueblos de Madrid, con más de 25.000 asistentes. El movimiento es un hecho, pero nadie sabe exactamente cómo acortar la brecha de tiempo entre el aguante en Sol y la invención de un sentido y unos mecanismos para su efectivo despliegue. Un amigo, Amador, que había estado en la asamblea de su barrio nos decía: "la asamblea fue grande, pero en el barrio falta el gesto radical que le de fuerza y motivo, un acampe local, algo que nos permita volver a los barrios, pero no a los barrios de siempre, sino a los barrios conmovidos por Sol".

Rafaela, migrante dominicana, integrante del colectivo Territorio Doméstico, nos decía que su asamblea (varios centenares de personas en Vallecas) mostraba un barrio distinto al que acostumbran las organizaciones vecinales. Sol le restó poder al modo más jerárquico y patriarcal de la vida barrial y da lugar a dinámicas horizontales y abiertas, más afines a su modo de entender la vida política. En esta perspectiva, el movimiento está elaborando, de manera intensiva, nociones trabajosas como consenso, duración, y eficacia de las redes


La prueba del tiempo y las marcas de la crisis

La crisis que vive España, incluso el sur de Europa, no parece pasajera. Un amigo que se dedica a la venta de libros nos muestra un container con cientos de miles de libros de arte, arquitectura, cocina. Libros en los que deslumbran las fotos, el diseño, la tapa dura. “Estos libros fueron hechos para una España que no va a volver”, dice.

Otra marca de la crisis: se vincula a Sol a una figura del “joven” ultra-capacitado pero incapaz de obtener empleo y con ello experiencia laboral. Muchos títulos y poca calle, o mejor, poca trayectoria en el mundo del trabajo, del mercado.
Jóvenes sin futuro.

La preocupación de Marta Malo parece ir en la misma dirección. La crisis afecta a personas de las más diversas condiciones, y el movimiento que se está fundando tiene el desafío de articularse con los migrantes y los sin papeles.  

El movimiento está desafiado a atravesar la prueba del tiempo. Durar, en plena crisis, implica elaborar una alternativa para y desde estas subjetividades de –y en– crisis.  Pero también: sólo la duración será signo de este arraigo.


Programa mínimo

Han salido cuatro puntos mínimos de la acampada/asamblea. Reforma de la ley electoral que fortalece al bipartidismo, lucha contra la corrupción, división de poderes, instauración de modos de control desde abajo. Es el resultado del trabajo esforzado de la unanimidad. Muchos celebran este resultado en términos de demandas realistas y casi subversivas en su aparente moderación. Previsiblemente hay críticas: democracia real es refundar la democracia y no sujetarse a la ley.

Lo cierto es que puntos mínimos, comisiones, códigos manuales para hacer fluida la asamblea, infinita paciencia, pragmatismo incluyente son algunas de las claves con que el movimiento se extiende a los barrios, para ganar tiempo, para seguir buscando el modo.

Marga Padilla, una amiga a la que hemos escuchado mucho estos días, dice que el movimiento del 15-M pasa del paradigma red al paradigma cadena. Entendemos que habla de la cadena en dos sentidos. De un lado, ningún eslabón puede faltar. Debemos estar todos, todos. De otro lado, tirando de una cadena como ésta se romperá en el eslabón más débil. Y este eslabón son los políticos. Los mercados, auténtico enemigo, no están tan débiles ni a la mano sino es a través del cuestionamiento al sistema de partidos.   

¿Qué sería que el estado gestione mejor la crisis? Pues, no estatizar los mercados, sino (tal vez) que el estado trabaje para mejorar los mercados (laboral, de alimentos, de vivienda, etc.).

Mutación del mapa geográfico

Dice Marina Garcés, amiga catalana, que Sol no inventa la toma de la plaza sino que repite el gesto (de Plaza Tarhir). Y en cada repetición el gesto debe singularizarse. Sol dialoga con El Cairo. Si el mundo árabe era hasta hace poco cliché (para el turismo, el exotismo o las narrativas antiterroristas), ahora se convierte en imagen de inspiración e interés. 


Guerra civil de los modos de vida

En la red y en la plaza hay problemas de todo tipo. Conflictos verbales, choques físicos, disidencias profundas. Circula el disgusto por la pluralidad de actividades y estéticas que pueblan la plaza. Del turismo al tai-chi. Para una parte de la plaza no hay que perder la línea política. Para otra se trata de mostrar la vida que queremos. Como sucede en todo verdadero acontecimiento resulta imposible contar/registrar todo lo que va ocurriendo. Porque lo que ocurre. ocurre en todas partes, todo el tiempo. Y existe una multiplicidad de perspectivas narrativas activas. Ellas mismas son más militantes, más nihilistas, o más espiritualistas, o chamánicas, etc. En todo caso, llama la atención –lo confirman algunas amigas de Las Lindes que trabajan en educación y ven a sus alumnos coordinando asambleas en la plaza- que los chicos más jóvenes se ocupen menos de contenidos ideológicos y reivindicativos y muchos más –y muy bien- de las mediaciones, las coordinaciones, los registros, etc.


#spanish revolution. Política de los no politizados

Si una palabra fue clave en los movimientos sociales europeos de la última década fue “precarización”.  Y bien, esta palabra hasta el momento brilla por su ausencia. ¿Se trata, entonces, de politizar la plaza o bien de asumir que estamos ante un tipo de politización de nuevo tipo que algunos llaman “humanista”? Curioso: la plaza utiliza constantemente una palabra que los movimientos sociales europeos habían dejado de utilizar: “revolución”.  Política y vida se juntan de un nuevo modo. Diferente, por ejemplo, al antecedente del 11-M.

Y bien, ¿qué quiere decir “revolución” en este nuevo contexto? No está claro. Pero parece aludir a un corte subjetivo, a personas que rompen –o quieren romper- con la individualización de sus vidas. Si la vida es cooperación y competencia  se apuesta por la cooperación, disminuyendo la competencia. La “spanish revolution” se conjuga en presente, y es generacional. Y esto es cierto aunque de hecho todo el mundo parece haberse activado. Camadas de activistas y militantes de todo tipo de tribu salen de sus cuevas –muchas de ellas en crisis- y se mezclan en las plazas y comisiones para aprovechar el momento. Así lo confirma la confluencia de viejos anarquistas radicales, gente que trabaja en laboratorios del procomún, personas que forman Democracia Radical Ya, los activistas de Cine sin autor, los amigos de la librería y editorial Traficantes de sueños, o del Patio de las maravillas, de Tabacalera, de la Uni-nómade y del Ferrocarril clandestino (que trabajan con sin papeles).

Hemos visto en la plaza clases públicas, presentaciones de libros, acto de presencia del movimiento por la recuperación de la memoria histórica, una curiosa comisión de pensamiento. 


Democracia 2.0

El movimiento plantea la exigencia de una democracia a la altura de tanta inteligencia urbana. Una necesidad de actualizar las instituciones. Una necesidad de que lo vigente-legal se adecue a lo verdadero de la praxis. Suturar el desacople entre contemporaneidad de las prácticas y el anacronismo del sistema de legitimación y de reglamentación.
Por ahora no hay instrumentos hackers, tecno-políticos, para plantear una democracia más directa, pero esta cuestión está planteada muy claramente por el 15-M a través del ensamblaje de momentos virtuales-presenciales. Muchos parecen apostar a reactualizar la alianza hacker-movimiento social-trabajo del lazo y la subjetividad (pensando sobre todo en los momentos de bajón que sobrevendrán). Esta alianza se fundaría en puntos como: una pragmática, un horizonte común, y una “política de personas” (Los zapatistas decían un mundo en que quepan muchos mundos. Por momentos 15-M parece decir un mundo donde quepan todas las personas).


Clastres

El antropólogo brasileño Viveiros de Castro esquematiza la política indígena, la política salvaje, que teoriza su par francés Pierre Clastres del siguiente modo: hay un control político de la economía y un control social de la política. Es un modo de hacer tangibles los diversos niveles de la vida común. Algo semejante parece proyectar la asamblea de Sol.


Solo una posibilidad

¿Cómo podemos pensar la duración del 15-M? Quizás como el surgimiento de una posibilidad que sólo pueden elaborar aquellos que se hayan afectado por lo ocurrido. 15-M como condición de contemporaneidad del propio pensante. Su duración se juega, según esto, al menos en dos planos. En la mutación del modo de vivir-pensar, en donde todo esto se sigue elaborando, haciendo cambiar la vida y las ideas y por tanto haciendo transcurrir el proceso hacia nuevos momentos (una posibilidad!) de emergencia del común-político; pero esta vía se da junto a otra: la estrategia concreta de duración del movimiento en la acampada, en los barrios. ¿Cómo se mezclan estos dos procesos? Entre ambos planos parece jugarse el pasaje del acontecimiento al movimiento.

Impasse

Escuchamos decir estos días a Santiago López Petit que se trata de actuar políticamente en una época post-política. Cuando la política es un subsistema –si bien desbordante- del sistema más complejo de la era global, sólo actuando políticamente atravesaremos el impasse. Y esa política se pone en marcha con la emergencia de politizaciones por fuera de los códigos establecidos (como los códigos militantes de la conciencia de clase, etc.). Actuar a partir de que “tu vida ha sido sacudida”. Una política de articulaciones como aproximación tierna a lo que se está viviendo. Al “es lo que hay” neoliberal, sumar un: “hay también lo imprevisible” (“Democracia real ya!”). Hay que llevar el impasse lo más lejos posible. El impasse, como toda idea verdadera, es oscuro.

Alguien dijo estos días en una asamblea: “¡prisa y definición son nuestros enemigos!”

Desde Madrid y ya casi de vuelta, Verónica Gago y Diego Sztulwark


6 de mayo de 2011

¿Qué es la derecha?

Lejos ya del trazado ideológico propio de los tiempos de la Guerra Fría, donde ser de izquierda era estar de acuerdo con el comunismo y donde era básicamente de derecha quien defendía al sistema capitalista; en un contexto político –Sudamérica y sobre todo, la Argentina de los años mas recientes- en el que tienen preeminencia criterios y valores que se corresponden con lo que tradicionalmente identificamos con posturas progresistas, nos preguntamos ¿qué es la derecha? ¿qué es ser de derecha hoy?


Cuando la dualidad entre mundo capitalista y mundo comunista (dualidad que operaba de hecho en la definición de las identidades políticas, más allá de lo que consideremos acerca de su alternatividad) se deshace, el par derecha/izquierda pierde su anclaje referencial más inmediato y abre un campo de indeterminación en la demarcación de las pertenencias ideológicas. Hoy es mucho más difícil proclamarse anticapitalista de un modo significativo, hoy cuando el medio de acción –para resistir o para festejar- es el capitalismo.


A nivel local, después de la era neoliberal, nos encontramos ante la generalización de un tono político progresista. En Argentina, la etapa de gobierno iniciada en 2003 recuperó muchas de las demandas y las consignas propias de los grupos y movimientos de izquierda durante los 90. Los candidatos de derecha hoy son personajes más bien caricaturescos: López Murphy, Macri, Duhalde, De Narváez. ¿Será la derecha argentina tan débil y tan mediocre como sus candidatos? ¿será que la derecha que cuenta en la política nacional es la que se ubica a la izquierda (Scioli, Urtubey, Masa, etc)? ¿La derecha es algo que esas figuras expresan o se trata de otra cosa, algo que no guarda ya con ellos una relación directa de representación?


¿Podemos decir que lo que comparten los candidatos de derecha es el compromiso con un modelo empresarial/privado de la economía? ¿La derecha estaría formada, entonces, por los empresarios? Hoy nos encontramos con empresarios que financian las estructuras de los espacios que definiríamos como de izquierda, tanto publicaciones y congresos sobre temas sociales como proyectos y políticas que pueden contarse entre las más progresivas de los gobiernos municipales y nacionales. Esta reorientación de las ganancias ¿sigue respondiendo a un modelo de derecha de gestión de los recursos? ¿Sería propiamente capitalista o estaría excediendo ese régimen?


El pensador italiano Toni Negri dice que hoy no hay ya un solo modo de pensar el capitalismo sino que hay tantos capitalismos como formas de economía asumen la propiedad privada como condición absoluta de posibilidad. Es capitalista todo modo de producción que esté centrado en la apropiación privada de los beneficios, que tenga como premisa el derecho a la propiedad privada. Siguiendo esta línea, la desviación de una porción de las ganancias para destinarlo a gasto social o político –cualquiera sea su color- no alteraría la esencia del carácter capitalista de la producción. No sería menos capitalista el empresario que financia las políticas estatales de intervención en la economía, por más redistributivas o progresivas que sean. 


En el discurso público domina la idea de que son más de izquierda las economías en las que interviene el Estado y más de derecha aquellas que tienen mayor ligazón con el mercado. Si la derecha se define por una cierta relación con la materialidad, que llamamospropiedad privada, ¿lo que se contrapone a ella es la propiedad estatal? Pensamos –con Negri- que lo que contradice a la propiedad privada es menos lo estatal que lo común, lo que es de todos/as y no puede ser apropiado individualmente. Desde esta perspectiva, tanto las fuerzas del mercado como las del estado pueden reproducir la propiedad privada (o pueden estar estallándola).


Dado que, como el capital, lo común no tiene una forma constante, no se replica igual a sí mismo, puede darse en un resquicio de lo estatal o nacer a partir de una acción del mercado. La participación en la gestación de lo común requiere, entonces, de una receptividad amplia a la complejidad de lo social que se manifiesta. Para ser de izquierda no alcanza con declararse anticapitalista, progresista o comunista, contra el empresariado o contra la propiedad privada. Derecha –dice Louis Althusser- es toda tentativa de modelar idealmente lo real. De derecha es la acción que parte de unas categorías de la pura razón que aspira a dar forma a la realidad en la que interviene, lo cual puede concernir, si bien de maneras diferentes, tanto al empresario más despiadado, como al militante más comprometido.


De acuerdo con este criterio, derecha e izquierda no serían formas de caracterizar a las personas según un cierto código ideológico previo, sino claves para leer las prácticas. Ser de derecha es partir de una cierta estabilidad, de un cierto orden al cual se subordina la multiplicidad de lo concreto-vivo y sus perímetros irregulares, desatendiendo singularidad y la conflictividad del momento, de los interlocutores, de los sentidos en juego. Un desafío para este modo de pensar sería tratar de ubicar a Perón en estos parámetros. ¿Se puede decir que Perón fue más de derecha en su discurso (la comunidad organizada, conciliación de clases) que en las acciones (constitución pragmática de un movimiento heterogéneo y dinámico)? Compuso una doctrina, pero basó su política en una lectura minuciosa de las circunstancias. ¿O bien se puede decir de él lo opuesto: que utilizó una retórica antiimperialista para conducir ese movimiento plural en ciertos dispositivos por él diseñados? Según esta segunda hipótesis el peronismo se jugaría en una dialéctica continua entre forma propuesta por el conductor y desborde de una realidad social siempre más compleja y heterogénea.


Si dejamos de guiamos por una clasificación ideológica a priori, queda el criterio de remitirnos al modo en que se actúa en una situación concreta. Tomemos dos discursos adoptados de Cristina en el contexto del conflicto con el “campo” (exportadores de granos, del 2008): en uno de ellos habló de “piquetes de la abundancia”, abriendo esas palabras una imaginación en términos de lucha de clases y antagonismos sociales. En el otro de sus discursos, inmediatamente posterior, Cristina dijo “nosotros los peronistas inventamos la conciliación de clase”, intentando moderar efectos de desborde. No es de extrañar que estas secuencias hayan dado lugar a corrientes militantes más de izquierda (en base a las primeras palabras) y más moderadas (en base al segundo discurso).


Pero el uso de las palabras puede mostrar algo más. Puede ser índice del paso del tiempo, del sentido histórico y de anacronismos así como puede mostrar una cierta aptitud para realizar lecturas más o menos actualizadas de la trama real de las prácticas. Así, en el mismo conflicto del 2008 el oficialismo habló de una “oligarquía” (y la oposición se refirió al fascismo del gobierno) haciendo gala de un uso del lenguaje que puede resultar hábil para agitar fantasmas de la memoria pero al mismo tiempo contienen una torpeza inherente a la complejización de las dinámicas en curso y los actores concretos. El problema de estos anacronismos no es tanto su remisión a modos contemporáneos de ser de derecha como a la dificultad de crear, a partir del conflicto, verdaderos procesos de politización.    


Sin embargo, no resulta fácil considerar que derecha o izquierda surjan espontáneamente de considerar situaciones particulares. Corremos el riesgo de refugiarnos en un atomismo de las acciones particulares. Si bien son más las acciones que los actores quienes pueden ser caracterizado como de derecha o de izquierda, no hay acciones que sean “en sí” de un tipo o de otro. La recuperación de una fábrica por parte de sus trabajadores, por ejemplo, sería una acción de derecha si buscara restituir al trabajo su lugar central en el armado de la sociedad, si se guiara por un ideal del trabajo digno incapaz de problematizar las relaciones de subordinación o explotación que tales relaciones suponen. Si, en cambio, se organizara de acuerdo a las circunstancias de las personas involucradas, si orientara su forma de producción en relación a los diversos tiempos y deseos que convoca, entonces estaría, más bien, dentro del orden de lo que venimos considerando como izquierda.   

  

En términos generales, es difícil pensar una medida de control que no sea desbordada por las prácticas que involucra. Es decir que, si bien a nivel de las acciones individuales podemos observar inscripciones de derecha, en el nivel de las trayectorias (de los encadenamientos de acciones) esa carga se altera continuamente. Volviendo a la definición de Toni Negri, lo común no respeta los ideales capitalistas, así como el capital nunca respetó los ideales de las izquierdas políticas. Ser de derecha estaría vinculado con una lectura de lo común en términos de propiedad privada, una captura de lo múltiple en los términos de lo uno del capital.


En un contexto como el nuestro caracterizado por el aumento del consumo (incluso del consumo para pobres) los grandes actores (las marcas, de los shoping  a la salada) protagonizan procesos que no se reducen de ningún modo al mundo político convencional y su simbología en términos de derechas e izquierdas. Nos tienta, en esta línea, definir la derecha “hoy” como un modo de considerar lo real como negocio a controlar (con todo el andamiaje jurídico, tecnológico, político y económico que ese control implica). ¿Resulta esta definición suficiente? Y si la cosa fuese por ahí, ¿es fácil o difícil ser de derecha hoy?

25 de abril de 2011

La organización política en la esfera mediática

La reunión anterior habíamos intentado armarnos una noción de lo que es la organización política en la actualidad y habíamos orientado nuestra mirada de acuerdo a dos niveles: uno macropolítico y otro infrapolítico. Decíamos que los actores de la política macro tienden a hablar de cosas generales, en términos de representación, mientras que los espacios infrapolíticos tienen una enunciación más ligada a la situación singular en la que actúan. Para pensar con mayor profundidad esos modos de decir, esta vez nos propusimos reflexionar sobre el tipo de eficacia de la organización política en el orden mediático.

Tenemos la impresión de que hay una diferencia de intensión (también podríamos decir de intención, pero nos estamos refiriendo a lo que opera en el orden del significado -distinto de la extensión- y no a algo previo a la enunciación) en los enunciados de las organizaciones que podríamos situar en cada uno de estos niveles. Mientras que las instituciones macropolíticas ofrecen respuestas, las infrapolíticas formulan preguntas. Unas estabilizan un cierto universo lingüístico, las otras tienden a desequilibrarlo, señalando la insuficiencia de los términos que lo constituyen.

De ningún modo se trata de un funcionamiento complementario, por el cual de un lado se formulan las preguntas que del otro lado serán respondidas. No hay una respuesta necesaria para ninguna pregunta. Cada configuración espaciotemporal de lo social hace posibles determinadas preguntas y habilita determinadas respuestas. En el borde de esa determinación epocal emergen las inquietudes de la política infra, que no pueden ser respondidas de acuerdo a las certezas disponibles, abriendo un espacio de indeterminación. 

Las preguntas así formuladas no cargan en ellas su propia respuesta, pero sí parten de una cierta intuición, de una cierta hipótesis: la idea de que no hay en el lenguaje existente un término que nombre lo que ella señala. Hay un plus de realidad que no entra en las respuestas de las que se dispone, y aflora en forma de pregunta. Las prácticas en el orden de la macropolítica tienden a procesar lo social de acuerdo a unas categorías ya dadas, su palabra es la de la ley, que discierne y subsume a la norma unos modos de ser/hacer que son múltiples y heterogéneos.

¿Podemos decir que hoy más que antes la palabra de la ley se ve desbordada? ¿Podemos advertir una multiplicación de las preguntas, una preeminencia de las preguntas sobre las respuestas? ¿Estamos ante una complejización de lo social? ¿Qué rol juega lo mediático en esa tensión entre la expresión de lo singular que acontece y la aplicación de categorías preexistentes? ¿Lo mediático es esencial a la complejidad de la sociedad? ¿Expresa esa complejidad? ¿La constituye? ¿La anula? ¿Qué es lo mediático?

Al hablar de la esfera mediática nos referimos menos a los medios de comunicación –la cuenta de cada artefacto mediático por separado: la televisión, la radio, los diarios- que a un entramado semiótico que reconstituye el espacio público/privado en términos de información (info-esfera). La descripción de tamaña mutación puede resultar completamente insuficiente si no percibe el modo en que lo mediático participa de la constitución de nuestros propios modos de decir y de actuar.

Cuando pasamos de los medios de comunicación dejan de ser mera presencia de un conjunto de aparatos de emisión/recepción para pasar a engendrar un verdadero medio de la experiencia lo mediático deja de actuar sobre un nivel de la vida (el de la información o el entretenimiento) y comienza a reorganizar la existencia como tal (la visa resulta impensable sin información o el entretenimiento). Los medios ya no componen una dimensión de la vida social sino que pasan a coordinar sus distintas dimensiones, a organizar sus múltiples espacios, a trazar sus líneas de lectura, a ofrecer patrones de coherencia a diferentes enunciados y prácticas. Las maneras más complejas de coordinar la vida social contemporánea son impensables sin este registro de lo mediático. Al punto que podemos asumir (como lo hiciera en su momento Lewkowicz) que la función meta-institucional que en su momento tuvo el estado hoy lo ocupa una coalición inédita entre los mercados y la info-esfera.

Las instituciones políticas tradicionales se resignifican a la par de estas transformaciones. Así como una estructura estatal inscribía ciertos rasgos sobre los actores comprendidos en ella, hoy la esfera mediática conjuga unos nuevos modos de organización y de participación política. Podemos pensar que la constitución de lo mediático como esfera vital –esfera de las prácticas cotidianas- está vinculada con la decadencia del modelo emisor clásico. Los medios de comunicación ya no son simples aparatos de emisión y de formación de opinión, en la infoesfera estos son, más bien, agentes de articulación de enunciados. 

Por ejemplo, en la construcción discursiva que hace el gobierno nacional en el programa 678 hay un modelo más clásico, con una enunciación fuerte, centralizada, pero que cobra eficacia enunciativa en su articulación con los modos de comunicación que se producen en torno a ese espacio televisivo. La población que accede a los contenidos del programa no guarda relación con los datos de la audiencia en el momento de emisión: son muchos más los interlocutores que los televidentes. El “fenómeno” 678 no puede ser entendido si no se tiene en cuenta la circulación de información producida por los supuestos receptores a través de distintas redes sociales (facebook, twitter) y blogs. Este flujo horizontal (ya no desde uno a muchos, sino entre los muchos) de datos e imágenes da lugar a nuevas modalidades de coordinación colectiva, volviendo posible que, desde la computadora de su casa, alguien convoque a una movilización de 40 mil personas en apoyo al gobierno.   

En este contexto, hacer una campaña política ya no equivale a emitir y difundir un discurso. El enunciado políticamente efectivo –capaz de interpelar a los otros, de incentivar acción y organización- no es hoy el de quien controla la emisión. La clave de la construcción mediática del gobierno está menos en el carácter de la emisión (como estructura su discurso, qué dice, cómo lo dice) que en la generación de un entorno de emisión, donde los públicos son los que dicen y difunden. Por eso, podemos decir que un buen operador político es quien tiene la capacidad de ensamblar los discursos y las imágenes que se producen en la sociedad. La mejor campaña no es la del creativo -que idea un slogan o piensa una marca- sino de quien sabe captar lo que está ya presente circulando en lo social. Se trata de un oficio de montajista, como el del anónimo que formuló la frase “Kirchner con Perón, Cristina con el pueblo” luego de la muerte del expresidente.  


Sin embargo, esta misma descentralización y difusión de las instancias de enunciación puede resultar riesgosa para una determinada construcción política. Por eso, el sistema mediático se dispone como un mecanismo modulador de las enunciaciones. Crear un entorno de emisión es habilitar un espacio para que las voces se expresen, pero garantizando que lo hagan dentro de ciertos márgenes, en un campo de lo decible delimitado. En un entorno social en el que veíamos una creciente complejidad, donde proliferan expresiones que no pueden ser respondidas por el lenguaje político dado, lo mediático opera como un dispositivo de gobernabilidad. Ya no se intenta hablar por los otros, tapar con el propio discurso la palabra ajena, sino encausar la pregunta, desactivar la carga alteradora que lleva en ella.

12 de abril de 2011

¿Qué es la organización política?

Nos preguntamos qué es la organización política en la actualidad y nos propusimos responderlo sin limitar la idea de organización a la noción clásica de militancia. Nos referimos a la organización en lo que coincide con las instituciones políticas tradicionales, como los partidos, los órganos del estado o los sindicatos, pero también a todas aquellas organizaciones que divergen de ese nivel institucional más clásico. Observamos otros procesos que exceden esa idea tradicional de acción política.

Lo primero que nos surge es la imagen mayoritaria de la formación como sustento de la organización, propia de las militancias de izquierdas (peronistas o no). Los espacios de formación teórica de los partidos funcionan como dispositivos de sistematización-estabilización de criterios para leer, interpretar y dar sentido a la acción. Por otro lado, nos encontramos con ejemplos de intervención territorial que asumen el rechazo de todo orden previo que delimite sus prácticas. Lo que hay es menos un proyecto acabado que una intención en movimiento, una apuesta a que el sentido de la acción se vaya delineando en la acción misma.

Mientras que en el partido la reflexión teórica sobre medios y fines es una dimensión fundamental de la organización, en estos grupos aparece un elemento diferente, que surge de suspender toda expectativa de redención como condición para la experiencia. “No se trata de transmitir, ni de incluir, ni de aconsejar, ni de salvar, ni de emancipar a los pibes y pibas”, dice Barrilete Cósmico para describir la ética que traman sus tardes de juegos y mateadas en las cercanías de las estaciones de tren del oeste conurbano. Se trata, más bien, de construir una relación, de disponer los cuerpos a que algo pueda darse, a que algo del orden del encuentro pueda tener lugar.

La acción (política, agregamos nosotros. Tal vez más abajo llamemos a esto “infrapolítica”) no es concebida como el camino a transitar entre la situación existente y el orden cosas deseado. No hay una “sociedad” que se pretenda construir ni una finalidad a la que subordinar las variables del presente. El horizonte de la acción es el que impone el hacer mismo, un horizonte menos trascendente que intenso, ligado a lo puede el encuentro. Una política sin fines, por fuera de toda racionalidad teleológica, en la que vemos resonar la tonalidad política que en el 2001 llenó las calles, caracterizada por un agnosticismo respecto de los grandes objetivos.

No se construye tal o cual visión de la realidad, se participa de las formas de vida circundantes, junto con los modos de hacer cotidianos. La pegunta no es ya cómo transformar el mundo, sino cómo ampliar las dinámicas de libertad en una situación concreta. Las situaciones de vida no se descartan por malas o por injustas, sino que se piensan como escenarios de acción, al interior de los cuales pueden crearse espacios de libertad.

En otra experiencia en el mismo sentido, acerca de los talleres textiles clandestinos, encontramos el planteo de la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui sobre la necesidad de crear espacios de ética al interior de las situaciones de ilegalidad. “La contaminación que nosotros manejamos no puede ser digerida por la moral de la izquierda (…) Si no entiendes a la policía y a las mafias por dentro, tu escudo moral resulta inocuo”.  

Hay una renuncia a un orden moral andamiado por valores trascendentes, una renuncia que afirma la micropolítica como ética. Y, si bien se puede pensar a esta política infra como la dimensión de la que parten las líneas que luego la macropolítica retoma, en estos casos lo que se expresa es, más bien, una no-traductibilidad. Son prácticas que más que hablar el lenguaje de la política instituida, lo interrumpen, lo obligan a volver sobre sí, a ver sus propios límites. Tanto Barrilete Cósmico como los grupos que se organizan en torno al trabajo en los talleres textiles tienen poca posibilidad de construir grandes consensos, de operar como actores de la política macro. Sin embargo, tienen una gran potencialidad de afectar otros niveles del orden maquinal de la ciudad.

Cuando, desde su práctica singular y situada, estos grupos dicen “trabajo” (en torno a los talleres) o “infancia” (en la experiencia de Barrilete) se hace referencia a un universo mucho más complejo que el que estas nociones expresan para las organizaciones políticas y sociales tradicionales. Iluminan una dimensión de práctica de lo que es ser chico/a o ser trabajador/a que los conceptos instituidos no dejan ver. La persona que trabaja en un taller textil clandestino se encuentra por fuera de la figura del trabajador que sostiene el sindicato o el partido. Los pibes y las pibas que desarrollan una relación directa con el mundo y con los que estrecha un vínculo a partir de un picado no es reconocible en el estereotipo de niñez que proyectan la institución escolar, o bien ciertas militancias sociales avocados al asunto.

Un ejemplo de organización que transitó desde un orden al otro de la política (de “infra”, a “macro”) puede ser el de Madres de Plaza de Mayo. En su comienzo no se trató más que de salir a la calle para decir/mostrar algo. Un grupo de mujeres que se reúne en la plaza principal de la ciudad, frente a la Casa de Gobierno, para pedirle al estado que informe de sus hijos y sus hijas desaparecidxs. Que se reúne cada jueves a la tarde para expresar con su presencia algo que en el discurso político de la época era imposible de decir. En este salir a la calle sin un programa político previo, no se parte de fines o medios ponderables dentro de la política existente. Es un salir a la calle que abre un espacio de libertad, que escande el lenguaje político disponible (“nuestros hijos nos parieron”, suele decir Hebe de Bonafini).

¿Cuál es la variación enunciativa que posibilita este verdadero acontecimiento político que fueron las Madres de plaza de mayo entre fines de los años 70 e inicios de los 80?: la alteración (no violenta) del régimen discurso en torno a la guerra en curso, la declaración de un estado de excepción continuo y permanente, es decir, la recusación de la vigencia de la ley mientras “nuestros hijos no aparezcan vivos”: mientras no estén, no se puede aceptar la ley. La irrupción de esta enunciación conmociona el orden político (político-militar) y abre un nuevo campo de significaciones, en que nuevas cosas comienzan a ser dichas. Se puede pensar que hace unos años las madres de plaza de mayo actúan en un nivel diferente, un orden macropolítico, expresando cada vez más a sectores que se involucran en la apuesta abierta por el gobierno actual.

¿Qué es lo que diferencia una perspectiva infrapolítica de otra macropolítica? ¿Se trata de una diferencia de alcance, de escala? ¿o se trata de organizaciones y modos de eficacia sustancialmente diferentes?¿podemos pensar en una diferencia en los modos de intervención en una cierta situación, una diferencia de modo de enunciación? Estamos tentados en pensar que la macropolítica habla “de” todos pero no habla “a” todos, mientras que la infrapolítica no habla “de” todos pero habla “a” todos, será así?

En el próximo encuentro intentaremos elucidar cómo funcionan las organizaciones en un contexto mediático.

22 de marzo de 2011

Cuando decimos coyuntura política

Este año empezamos el taller con la pregunta por aquello a lo qué nos referimos cuando decimos “coyuntura política”. La noción de coyuntura es algo que hasta ahora no nos habíamos dado como objeto, pero cuya concepción en común fuimos configurando en la elaboración de cada uno de los temas/problemas que abordamos en nuestras reuniones. ¿Qué noción de coyuntura entrañan nuestros análisis? ¿Qué sería profundizar nuestro tratamiento de los asuntos de coyuntura?
Podemos decir que la coyuntura es conjunción de procesos que se afectan entre sí. De modo que cada vez contamos al menos con dos niveles para el pensar político. El de los procesos en que estamos inscriptos y el de la coyuntura como espacio de cruce de tales procesos. En tanto resultante dinámica de los procesos y fuerzas de las que surge la coyuntura experimenta mutaciones notables. Por momentos se debilita, y por momentos se torna poderosa, subsumiendo en metabolismo a los mismos procesos que le dieron origen. Pero más que darnos una definición abstracta, lo que buscamos es ver cómo opera el término en la práctica, en las prácticas de pensar/actuar de las que participamos. Por eso, para acercarnos a una definición, vamos a proponernos dos planos en los que reflexionar sobre la coyuntura: uno nacional y otro internacional. Dentro del primero, elegimos tres escenarios, tres grandes coyunturas: 1945, como momento de nacimiento del peronismo; la situación política de 1973, con el regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina luego del exilio, y el escenario político actual en el país. Luego, nos trasladaremos a la actualidad, tomando la situación de Medio Oriente, zona con la cual guardamos una distancia espacial y cultural, y al mismo tiempo signo de complejos procesos que dinamizan y afectan la coyuntura global, ayudándonos a volver más claramente sobre los criterios que operan en nuestra mirada.
1945, 1973, 2011 se nos presentan como instancias que en su emergencia excedieron los conceptos y categorías para pensar los fenómenos sociales existentes hasta ese entonces. Esta constante puede dar lugar a la sospecha de insuficiencia de toda categoría para expresar lo que es en un cierto momento de lo social. ¿Qué época histórica no excedió el lenguaje de sus contemporáneos? Puede que lo propio de la historia sea efectuar esos excesos que ponen a los cuerpos y a las ideas a andar.
¿Cuál es la novedad en 1945? ¿Qué es lo que azora a las mentes de la época? Las movilizaciones masivas a Plaza de Mayo alteraron el ordenamiento simbólico y espacial de aquellos años, dando a luz a un nuevo actor político. Los “cabecitas negras” habían llegado a la ciudad tras grandes olas de migración interna, principalmente desde zonas rurales de las provincias del norte, para trabajar en las fábricas abiertas en el proceso de industrialización. De la periferia del país, a la periferia de la ciudad, el 17 de octubre de 1945 desembocaron en el centro de la escena política.
Podemos decir que no se trató simplemente de la visibilización de la clase obrera, como si algo antes permanecido en la oscuridad en ese punto hubiese sido iluminado. La presencia colectiva en las calles, en el seno de una manifestación política signada por la figura de Perón, más que una visibilización era una institución de nuevos sujetos políticos. Una presencia que no se adecuaba a las categorías de la política hegemónica de la época, pero tampoco al sujeto-trabajador considerado por el socialismo, el comunismo, el anarquismo. No son exactamente “los trabajadores”, son los “cabecitas negras”, término que, nacido en la coyuntura, tiene la virtud de ser la expresión que mejor cabe a ese fenómeno particular.
Lo que de coyuntural hay en el término nos reclama una mirada hacia las restantes líneas y espacios políticos de ese momento. “Cabecita negra” era una acepción despectiva, acuñada por los sectores dominantes, pero no por toda la clase alta como actor unificado. Con el surgimiento del peronismo, se produjo una polarización de las clases dominantes: una parte se embarcó en un proyecto reformista bajo el discurso del desarrollo de la burguesía nacional y otra parte se opuso a los procesos que tenían su antecedente en la labor de Perón desde 1943 en la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Afín a estas franjas de la clase dominante en oposición, la iglesia adoptó un discurso explícitamente antiperonista y, con ello, se instituyó como un actor claro dentro del escenario político. En una misma tonalidad frente al gobierno se inscribieron, a su vez, las incipientes clases medias, como los trabajadores de cuello blanco, a pesar de haber sido un sector surgido al calor de las reformas sociales posibilitadas por el peronismo.
Es el conjunto de estos procesos lo que conforma la coyuntura. Observarla implica desentrañar las líneas de acción que se van desplegando y las líneas identitarias que se van trazando en un cierto espacio. Una coyuntura es una unión de líneas que se ven afectadas por su conjunción y que, asimismo, afectan la conjunción que componen. Son líneas que están co-yuntas, que aran juntas el campo de la historia. Esos modos de componerse –de arar juntas- es lo que se intenta identificar en una descripción.
El segundo momento que nos propusimos observar es el año 1973 en Argentina. El 12 de octubre de 1973 tuvo lugar ante los ojos de Perón una plaza muy diferente de la que había exigido su liberación en 1945. El actor central esta vez era la juventud, hija de la generación del ´45, tanto de las clases bajas peronistas como de las clases medias antiperonistas, que había vivido el devenir posterior al golpe de 1955. Junto con ella, celebraban la tercera presidencia de Perón sectores del sindicalismo, del empresariado, del partido.
Si los trabajadores urbanos provenientes de las provincias se constituyeron como actores políticos en su afluencia a la Plaza de Mayo, en las manifestaciones de 1973 el espacio frente a la Casa Rosada ya no tuvo esa función performativa. Los grupos que confluyeron en la plaza tenían una identidad política ya constituida, unas trayectorias de militancia y de participación que definía en ellos una cierta orientación, unas ciertas expectativas, que redundaban en divergencias.
En una coyuntura las líneas convergen y divergen de modo permanente: una coyuntura es un todo vivo, donde se suceden y se replican continuidades y rupturas. Al son de ese movimiento complejo se van definiendo los actores en juego. Por eso, cada vez que nos concentramos en las particularidades de un acontecimiento histórico, los sujetos involucrados, que parecían ser los mismos de antes, toman otro color, notamos que ya son otros.
La juventud que actualmente se organiza en torno a la figura de Cristina Fernández y del proyecto kirchnerista ¿es la misma juventud que había tomado protagonismo en los ´70? ¿Hay una reaparición de la juventud en la política? ¿Se puede hablar de “la juventud”, salvando las distancias generacionales? Será necesario observar el resto de los actores que conforma el escenario político, revisar los modos de articulación y los puntos de conflicto. ¿Sería esta juventud capaz de vaciar una plaza?
Nos preguntamos si existe alguna tensión entre la figura de la presidenta y el proyecto que encabeza y las militancias que se agrupan en torno suyo. Podría pensarse que hoy la tensión es más bien con los movimientos sociales que con los jóvenes militantes. En el armado de gobierno que permitió a Néstor Kirchner remontar un proyecto estatal en 2003 es central la articulación con los movimientos sociales protagonistas en los procesos del 2001. Hoy muchos de esos movimientos están imbricados en el aparato del Estado, con posiciones más o menos conflictivas.
Frente al gobierno -y no ya dentro de él- aparecen movimientos sociales nuevos, que son a penas visibles pero que tienen un rol importante en la política local, dentro de la que intervienen. Las manifestaciones contra la minería a cielo abierto o contra la explotación sojera son ejemplos de ello. Pero, también, conflictos urbanos que no son pensados como políticos, como las movilizaciones por casos de gatillo fácil, por acciones de desalojo o por causas de discriminación.
Es como si en la Argentina actual nos encontráramos frente a dos tiempos de la política: por un lado, la articulación del estado con los movimientos sociales, que es un factor fundamental de gobernabilidad, y, por el otro, la desposesión por explotación de los recursos naturales, que guarda una continuidad con las formas urbanas de explotación de la renta y la especulación inmobiliaria. A lo largo de esa línea se puede entrever el surgimiento de nuevas expresiones políticas y sociales, tanto los vecinos que se convocan para evitar la instalación de una mina como las familias que se organizan para resistir un desalojo.
Por último, situamos la mirada en Medio Oriente y a través suyo vemos la pérdida de hegemonía simbólica del unilateralismo de los Estados Unidos. Dos grandes consignas parecen sintetizar el pensamiento que llega desde el norte de áfrica (para ponerlo en paralelo con la coyuntura de la última década sudamericana): el fin de la arrogancia occidental, y la confirmación de la emergencia de nuevos sujetos populares inteligentes. Así como un momento histórico desborda las categorías existentes para pensarlo, los acontecimientos recientes en Oriente refutan las definiciones que le asignaba Occidente. El hecho de que el propio pueblo musulmán (o cristiano-musulman) se deshaga de un gobierno dictatorial rompe la equivalencia entre islamismo y tiranía sostenida por las potencias occidentales. Pero, es todo el pensamiento moderno del estado lo que allí hace crisis, ya que la revuelta contra un gobierno tiránico se da en oriente en nombre de la tradición islámica. Es decir, cambios políticos considerados “modernos” son impulsados por fuerzas “premodernas”, como la religión.
La decadencia del discurso unilateralista está ligada íntimamente al despliegue de tecnologías no centralizadas de comunicación e información. En la época digital la información tiende a la multiplicación y a la dispersión. En otro momento, podrían haberse dado procesos de cualquier signo en otro lugar del mundo sin que nunca nos enteráramos o a los que hubiéramos leído a través del gran discurso mediador del país que concentrara la enunciación. Es decir, ante una lectura unidimensional, hubiésemos tenido vedada la reflexión sobre la coyuntura, vedada la posibilidad de ver la complejidad de las líneas que se entraman.

13 de marzo de 2011

Cuando tenga la tierra

Por Sebastián Premici

La lucha por la tenencia de la tierra es un fenómeno que se da en toda América latina. También es compartido el proceso de extranjerización de un recurso vital no sólo para la vida campesina sino para todas las poblaciones. Acelera, además, la concentración de la actividad agrícola en pocas manos. En Argentina hay aproximadamente 17 millones de hectáreas en manos de firmas extranjeras, mientras que casi 500.000 familias campesinas tienen problemas legales para acceder a la posesión de sus tierras. En Brasil, son cuatro millones de familias en esa condición. Para analizar esa problemática, Cash reunió a la dirigente del Movimiento Sin Tierra de Brasil, Etelvina Macioli, a un integrante de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), el ecuatoriano Luis Andrango, y el representante del Movimiento Nacional Campesino Indígena de Argentina, Diego Montón. La soberanía alimentaria, una reforma agraria y un nuevo modelo de agricultura son los ejes comunes que atraviesan a esos movimientos sociales vinculados con el pequeño productor familiar y comunitario. También analizaron el modelo brasileño para la distribución de tierras, esquema que podría ser adoptado por la Argentina en un proyecto de ley para regular su propiedad, anunciado esta semana por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

¿Cuál es el escenario político económico que enfrentan hoy los movimientos campesinos de la región?

Etelvina Macioli: –A partir de la construcción social de la lucha campesina, podemos decir que las problemáticas que nos aquejan no están circunscriptas al campo sino que involucran a toda la humanidad. Los movimientos campesinos de toda América latina abogamos por alcanzar la soberanía alimentaria y una reforma agraria integral. También ponemos en discusión la crisis profunda del capitalismo. Durante la última conferencia internacional de la Vía Campesina, que se realizó en Mozambique en 2008, identificamos que las empresas transnacionales eran los enemigos comunes de los pueblos y las principales responsables de la ofensiva contra los intereses de los campesinos, a partir del modelo de agricultura imperante. Cuando los campesinos hablamos de soberanía alimentaria queremos hacer hincapié en que el modelo agropecuario debe estar vinculado a un proyecto político que determine un nuevo modelo de organización social alrededor del campo.

¿Qué significa?

E. M.: –Queremos que los pueblos puedan definir formas autónomas de producción para garantizar los derechos básicos de los campesinos, por ejemplo el acceso a los alimentos y la tierra. En este contexto, creemos que es necesario articular nuestra lucha con otros sectores, aplicar una estrategia de alianzas entre los sectores del campo y la ciudad para enfrentar la ofensiva de las multinacionales.

¿De qué manera este enemigo común que ustedes definen como las empresas transnacionales afecta sus intereses?

Luis Andrango: –Desde hace muchos años denunciamos que la producción de alimentos está cada vez más concentrada en pocas manos, como consecuencia de este proceso de globalización de la agricultura. Por otro lado, sabemos que las compañías multinacionales se están apropiando de los recursos naturales, de la tierra, del agua, las semillas. Lamentablemente, la tendencia internacional es despojar a los campesinos de estos elementos cruciales para la vida diaria. Más allá de este contexto, sabemos que en la región hubo un cambio de paradigma a partir del surgimiento de gobiernos de centroizquierda, que incorporaron las tesis de los movimientos sociales. Sin embargo, todavía falta que este cambio se traduzca en políticas estructurales.

E. M.: –Primero hay que decir que cualquier avance en la región sobre estas temáticas se consiguió a partir de los reclamos de los movimientos organizados, donde también se logró poner fin, al menos por el momento, a los gobiernos conservadores que se turnaban en el poder. Este fue el resultado del encuentro entre las clases populares. Pero todavía hay intereses en disputa.

¿Cuáles?

E. M.: –Nuestra región vio crecer los agronegocios a partir del financiamiento público a determinadas actividades. El actual modelo de la agricultura está orientado hacia la exportación y eso fue posible porque los Estados apostaron a este modelo. Estas son las contradicciones que existen entre la orientación política de muchos de los gobiernos de la región, de centroizquierda, con sus políticas concretas. Es un debate que hay que dar. Por eso debemos ser propositivos, ahí es donde juega un rol preponderante nuestra propuesta de crear un nuevo modelo de agricultura. Nosotros queremos producir alimentos para generar una buena calidad de vida. Es vergonzoso que en un país como Brasil, con sus dimensiones de tierra y recursos, exista una gran cantidad de personas que mueran de hambre. Para solucionarlo, hay que tener una política agrícola clara.

¿No hubo cambios concretos en Brasil y Ecuador? Por ejemplo, el gobierno de Lula da Silva sancionó una ley para impulsar la agricultura familiar.

E. M.: –En Brasil no hubo una reforma agraria, sino que fueron sancionadas una serie de políticas positivas. Se avanzó en la distribución de tierras, gracias a la presión de los movimientos campesinos. En el área de educación, se crearon alianzas con diversas universidades para formar a los trabajadores del campo. También se impulsó una política pública de compra directa de alimentos a través de un organismo público. Son políticas que aplaudimos y que favorecen la agricultura familiar. También fue sancionada una ley que fija que el 30 por ciento de la merienda escolar debe ser comprada directamente a los agricultores familiares. Ahora la discusión tiene que ver con las definiciones: no queremos meriendas, sino alimentos producidos de manera orgánica, que complementen el proceso de desarrollo de nuestros niños.

¿Cómo es la política de distribución de tierras?

E. M.: –La política de desapropiación de tierras ha sido uno de los embates más duros de los últimos años. En el Estado todavía hay un gran andamiaje conservador, que muchas veces impide que se cumpla la Constitución Federal, que obliga a la desapropiación de las tierras si éstas no cumplen la función social que les asigna la propia Carta Magna. Muchas veces queda demostrado que no se cumple ese rol social, y sin embargo el Estado no hace nada. Acá está en juego la correlación de fuerzas entre los intereses de la clase trabajadora y los sectores más conservadores. Hay una lucha permanente.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció que enviará al Congreso un proyecto de ley para regular la propiedad de la tierra, tomando como base el modelo brasileño. ¿Cómo debería ser una iniciativa de estas características?

Diego Montón: –Hay que tener en cuenta que cuando se habla de extranjerización, no es sólo un tema de quién tiene la propiedad de la tierra sino para qué se la usa. La rentabilidad de la soja es tan alta que el modelo agrícola apuesta al arrendamiento. En este sentido, puede ocurrir que haya muchas extensiones de tierras en poder de productores locales pero que al arrendarlas favorecen un modelo de extranjerización de la agricultura. La tierra tiene que estar puesta a disposición de un proyecto nacional. En este sentido, una herramienta válida podría ser una ley que limite la compra por parte de extranjeros, aunque no debe ser el único instrumento.

E. M.: –En Brasil se ha dado una lucha histórica para que exista una ley integral que limite la cantidad de hectáreas que puedan ser adquiridas por una persona o empresa. Hoy un latifundista puede tener millones de hectáreas. El último Censo nacional reveló la altísima concentración de la tierra, sobre todo en manos de extranjeros. Además hay diversas denuncias sobre la ocupación de tierras en zonas de fronteras, como Syngenta, que tiene campos en zonas con reservas legales. La tierra, en cualquiera de sus dimensiones, debería tener una función social, como lo establece nuestra constitución.

D. M.: –Quizás una clave de la política brasileña tiene que ver con ese artículo de la Constitución que define a la tierra como de uso social, algo que les da a los movimientos campesinos un mayor margen de acción para luchar por su posesión. En la Constitución nacional de 1949 estaba incluido este tema, pero ahora la tierra está a merced de las grandes empresas.

¿Cómo es el contexto ecuatoriano? ¿Hubo cambios durante el gobierno de Rafael Correa?

L. A.: –Todavía falta dar un salto hacia la agricultura de la alimentación. Hoy el modelo agrario de Ecuador está enfocado a la exportación, como ocurre en el resto de los países de la región. Todavía se hace mucho hincapié en las actividades extractivas, donde se replica la misma lógica que venimos combatiendo desde hace muchos años, por más que haya cambiado el signo político del Gobierno. Los recursos naturales son utilizados como materias primas y no como ejes del desarrollo de nuestro pueblo. Como hecho positivo hay que destacar que la soberanía alimentaria quedó definida en la Constitución.

En la Argentina, todo lo relacionado con el campo está tenido por la puja entre el Gobierno y la Mesa de Enlace. ¿Cuál es la visión del Movimiento Nacional Campesino Indígena?

D. M.: –El país donde más se profundizó el modelo agroexportador fue Argentina, impulsado por la alianza estratégica entre los integrantes de la llamada Mesa de Enlace y las empresas transnacionales. El avance de los agronegocios fue muy rápido y los efectos pueden verse cotidianamente, incluso en lo que sale publicado en los medios de comunicación, donde la tierra es puesta a disposición de un modelo pensado en otros países. Esto afecta nuestra alimentación, donde se da el fenómeno de la concentración de toda la cadena industrial.

¿Cómo se refleja ese proceso?

D. M.: –Por ejemplo, Cargill tiene el 60 por ciento de la industria de los frigoríficos. Otro tema relacionado con los agronegocios tiene que ver con el trabajo esclavo, ampliamente denunciado en los últimos meses. Los empresarios quieren aumentar constantemente su rentabilidad para poder participar de la rueda financiera que hoy representa el modelo agropecuario. Y una de las formas de lograr esa rentabilidad es a través de la explotación de los trabajadores. En cuanto a las políticas del Gobierno, hay que decir que se logró recuperar al Estado como un actor clave en la definición de las políticas públicas. Sin embargo, en el modelo agropecuario es muy poco lo que se ha hecho. Todo el andamiaje de subsidios apunta a los actores concentrados de la industria. En este sentido, entendemos que una tarea urgente es el redireccionamiento de esos recursos hacia los agricultores familiares.

¿Cuáles deberían ser los ejes centrales de una reforma agraria a nivel regional?

L. A.: –Un proceso de reforma agraria debe orientarse hacia la construcción de la soberanía alimentaria y para ello es necesario orientar cuál debe ser la función de la tierra. Un segundo capítulo debería definir con claridad la función social y ambiental de la misma. Hay que combatir la lógica perversa que dice que por estar sembrada con cualquier cosa, una tierra ya cumple su función social. Esto no es así. Hay que definir exactamente qué es la función social. Un tercer elemento clave tiene que ver con los regímenes de propiedad. Ya no existen los grandes terratenientes. El 70 por ciento del territorio donde viven los campesinos indígenas ecuatorianos no tienen reconocimiento legal. Hay que normalizar esta situación. El otro tema es el Fondo Nacional de Tierras, instrumento que no debe convertirse en un banco para la compraventa de campos sino que debe financiar la alimentación soberana del pueblo. Estos son los temas que se discuten en Ecuador y que podrían ser comunes a una reforma agraria a nivel regional.

D. M.: –También debería incluir una fuerte política de educación, es decir, trasladar la estructura educativa al campo y no al revés. A su vez, plantear la existencia de mercados locales para que los agricultores puedan comercializar de manera directa su producción.

E. M.: –Hablar de una reforma agraria es hablar de un conjunto de políticas, que van desde la infraestructura básica para el desarrollo de los campesinos, herramientas de capacitación, salud y asistencia financiera. No es una sola ley, sino un conjunto de políticas de Estado

spremici@pagina12.com.ar


23 de noviembre de 2010

América Latina después del neoliberalismo

Con el fin de los gobiernos de corte explícitamente neoliberal en América Latina, se produjo un cambio de signo en la política de la región. En la etapa iniciada los gobiernos adoptaron un discurso de crítica y diferenciación con el modelo neoliberal dominante hasta entonces. Ese distanciamiento marca un nuevo clima político de época en nuestros países, en medio del cual nos encontramos actualmente.  

En Brasil, desde la asunción de Lula Da Silva se comenzó a utilizar el término Posneoliberalismo para caracterizar los procesos que se iniciaron a partir del acceso al gobierno de sectores que se dicen no-neoliberales. ¿Cómo podríamos caracterizar este período autoproclamado posneoliberal? ¿En qué consisten los proyectos políticos que contiene? ¿Encarnan una superación del neoliberalismo o son, más bien, una mutación de aquél? ¿Se puede hablar de pos-neoliberalismo?

La idea de posneoliberalismo nace como parte de un discurso que insiste en una lectura del presente como superación del neoliberalismo. Esta mirada supone una capacidad de valorar cambios que ya no aspiran de modo inmediato al corte revolucionario: el cambio social en curso debe ser valorado en sí mismo. Tal vez otra perspectiva posible sea aquella que sostienen gobiernos como los de de Evo Morales en Bolivia, Hugo Chávez en Venezuela y Rafael Correa en Ecuador, más afín a las retóricas de la revolución (socialismo del siglo XXI).

Brasil y Venezuela son asumidos por muchos como polos al interior del nuevo protagonismo del actual momento regional. Mientras que las iniciativas regionales que parten de Venezuela suelen exhibir una voluntad política de una mayor independencia respecto del sistema económico y de crédito internacional, Brasil condiciona esas iniciativas (como el banco del Sur) a la articulación con las instituciones del mercado mundial, dentro del cual acrecienta su influencia.

Al observar el contexto político en la región, podemos entrever que la clausura del modelo neoliberal ha significado un avance de las lucha sociales sin que pueda hablarse  de una ruptura total, o un modelo superador acabado. La díada entre ruptura radical y continuidad identidad absoluta no funciona. ¿Cómo valorar las singularidades que se observan en los procesos actuales? Hay mutaciones, reapropiaciones y elementos que permanecen. Para abrir la mirada, entonces, conviene concebir a neoliberalismo y posneoliberalismo no como modelos excluyentes entre ellos, sino como conjuntos de procesos en relación.

La distinción entre neoliberalismo, posneoliberalismo y socialismo del siglo XXI, que en el nivel de los discursos se presenta más bien ordenada, tiende a disgregarse si centramos la mirada en las economías. La Venezuela de Chávez, por ejemplo, se sitúa ideológicamente en contra de la dependencia económica con Estados Unidos, pero tiene funcionando un ALCA de hecho con ese país a partir del hecho de que la mayor fuente de ingresos de su economía es la exportación de la producción de petróleo destinada casi exclusivamente al mercado norteamericano.

¿Qué pasa en el resto de los países? ¿Qué elementos en común presentan? ¿Existe una economía regional en el posneoliberalismo? Hay analistas que sostienen la hipótesis según la cual desde el 2000 existe un modelo sudamericano que sustituye al de los 90, y que entre sus rasgos comunes estaría, por ejemplo, el neoextractivismo. Es decir, América Latina como exportadora de materias primas al mercado mundial: megaminería, petróleo, granos, agua y biodiversidad. Al modelo extractivo de capitales propio de la década anterior lo sustituiría un modelo extractivo de recursos.

Pablo Dávalos, economista ecuatoriano, advierte que en la región se pasa de la influencia de organismos internacionales como el FMI a otros como el Banco Mundial. El discurso dominante ya no es el de la exigencia del pago de la deuda externa, la necesidad de las privatizaciones y el achicamiento del estado. Dada la inestabilidad económica y las crisis de gobernabilidad que trajo aparejado el debilitamiento de lo estatal, vuelve a considerarse deseable la participación ciudadana y el fortalecimiento de las instituciones y las políticas públicas.

El corazón de este modelo neoinstitucionalista, afirma Dávalos en su último libro La democracia disciplinaria, se explica a partir de nociones como las de “acumulación por desposesión”. El capital se acumula desposeyendo a las regiones de sus bienes naturales, mediante un sistema de extracción-exportación que incluye gran inversión en obra pública de infraestructura. En función de la explotación de los recursos naturales se trazan subterritorios nacionales, corredores que conectan las economías locales de acuerdo a los proyectos de extracción de recursos y según las facilidades para su transporte. Desde este punto de vista, no son diferentes las economías regionales. Más allá de lo que expresan en sus discursos y programas políticos, se articulan en función de la explotación de la naturaleza.

La crítica más radical a estos procesos es encarnada hoy por los movimientos de pueblos originarios, bajo una concepción de la relación con la naturaleza que el movimiento indigenista ecuatoriano denomina “buen vivir”. La asamblea constituyente convocada por Correa en Ecuador toma ese sentido cuando reconoce el derecho de la naturaleza (y no a ella). Así como prohíbe el trabajo precario, la constitución de 2008, expresa el derecho de la naturaleza a no ser explotada, a no ser tratada como recurso. Sin embargo, las propias reglamentaciones de esas leyes violan los derechos proclamados.          

No se trata de advertir que el discurso de los gobiernos progresistas está en contradicción con algunos rasgos fundamentales de la acumulación, sino de asumir las tensiones que surgen de estos rasgos comunes, para que su problematización encuentre un tratamiento democrático y no reaccionario.

Esta escisión entre el discurso político que sostienen los gobiernos que se definen no-neoliberales y las decisiones que toman en relación con los imperativos del mercado internacional y sus actores de poder delinea la complejidad de los procesos políticos actuales en la región  da lugar a liderazgos que corren el riesgo de aislarse de los sectores de la sociedad a los que su discurso los acerca. Se da una suerte de aporía por la cual la distancia entre lo que el gobierno enuncia y lo que hace lo aleja en el nivel de la práctica cotidiana, política y organizativa de los sectores que comparten su discurso, puede tener el efecto paradojal de debilitar tanto al gobierno que en ciertos momentos puede verse privado del sustento social que le daría mayor margen para actuar de acuerdo a lo que enuncia, como a los sectores sociales que precisan de esta dialéctica positiva para profundizar sus planteos de transformación.

La enorme popularidad personal de Correa en Ecuador, por ejemplo, es compatible con un aislamiento en términos de fuerza política organizada. Se confía en él, no en un partido, ni en un movimiento, ni en un sector. El caso de Nestor Kirchner en Argentina es diferente. En la figura personal del líder que emerge de su masiva despedida de fines de octubre se vislumbra la carencia de mediaciones políticas concretas para dar contenido práctico a dicha popularidad.

Pero no se trata de constatar o vaticinar fragilidad de los liderazgos, sino de advertir que la potencia de los procesos políticos de cambio dependen, cada vez más, de la necesaria invención de organizaciones colectivas, abiertas y públicas, capaces de profundizar los cambios en marcha.