22 de marzo de 2011

Cuando decimos coyuntura política

Este año empezamos el taller con la pregunta por aquello a lo qué nos referimos cuando decimos “coyuntura política”. La noción de coyuntura es algo que hasta ahora no nos habíamos dado como objeto, pero cuya concepción en común fuimos configurando en la elaboración de cada uno de los temas/problemas que abordamos en nuestras reuniones. ¿Qué noción de coyuntura entrañan nuestros análisis? ¿Qué sería profundizar nuestro tratamiento de los asuntos de coyuntura?
Podemos decir que la coyuntura es conjunción de procesos que se afectan entre sí. De modo que cada vez contamos al menos con dos niveles para el pensar político. El de los procesos en que estamos inscriptos y el de la coyuntura como espacio de cruce de tales procesos. En tanto resultante dinámica de los procesos y fuerzas de las que surge la coyuntura experimenta mutaciones notables. Por momentos se debilita, y por momentos se torna poderosa, subsumiendo en metabolismo a los mismos procesos que le dieron origen. Pero más que darnos una definición abstracta, lo que buscamos es ver cómo opera el término en la práctica, en las prácticas de pensar/actuar de las que participamos. Por eso, para acercarnos a una definición, vamos a proponernos dos planos en los que reflexionar sobre la coyuntura: uno nacional y otro internacional. Dentro del primero, elegimos tres escenarios, tres grandes coyunturas: 1945, como momento de nacimiento del peronismo; la situación política de 1973, con el regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina luego del exilio, y el escenario político actual en el país. Luego, nos trasladaremos a la actualidad, tomando la situación de Medio Oriente, zona con la cual guardamos una distancia espacial y cultural, y al mismo tiempo signo de complejos procesos que dinamizan y afectan la coyuntura global, ayudándonos a volver más claramente sobre los criterios que operan en nuestra mirada.
1945, 1973, 2011 se nos presentan como instancias que en su emergencia excedieron los conceptos y categorías para pensar los fenómenos sociales existentes hasta ese entonces. Esta constante puede dar lugar a la sospecha de insuficiencia de toda categoría para expresar lo que es en un cierto momento de lo social. ¿Qué época histórica no excedió el lenguaje de sus contemporáneos? Puede que lo propio de la historia sea efectuar esos excesos que ponen a los cuerpos y a las ideas a andar.
¿Cuál es la novedad en 1945? ¿Qué es lo que azora a las mentes de la época? Las movilizaciones masivas a Plaza de Mayo alteraron el ordenamiento simbólico y espacial de aquellos años, dando a luz a un nuevo actor político. Los “cabecitas negras” habían llegado a la ciudad tras grandes olas de migración interna, principalmente desde zonas rurales de las provincias del norte, para trabajar en las fábricas abiertas en el proceso de industrialización. De la periferia del país, a la periferia de la ciudad, el 17 de octubre de 1945 desembocaron en el centro de la escena política.
Podemos decir que no se trató simplemente de la visibilización de la clase obrera, como si algo antes permanecido en la oscuridad en ese punto hubiese sido iluminado. La presencia colectiva en las calles, en el seno de una manifestación política signada por la figura de Perón, más que una visibilización era una institución de nuevos sujetos políticos. Una presencia que no se adecuaba a las categorías de la política hegemónica de la época, pero tampoco al sujeto-trabajador considerado por el socialismo, el comunismo, el anarquismo. No son exactamente “los trabajadores”, son los “cabecitas negras”, término que, nacido en la coyuntura, tiene la virtud de ser la expresión que mejor cabe a ese fenómeno particular.
Lo que de coyuntural hay en el término nos reclama una mirada hacia las restantes líneas y espacios políticos de ese momento. “Cabecita negra” era una acepción despectiva, acuñada por los sectores dominantes, pero no por toda la clase alta como actor unificado. Con el surgimiento del peronismo, se produjo una polarización de las clases dominantes: una parte se embarcó en un proyecto reformista bajo el discurso del desarrollo de la burguesía nacional y otra parte se opuso a los procesos que tenían su antecedente en la labor de Perón desde 1943 en la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Afín a estas franjas de la clase dominante en oposición, la iglesia adoptó un discurso explícitamente antiperonista y, con ello, se instituyó como un actor claro dentro del escenario político. En una misma tonalidad frente al gobierno se inscribieron, a su vez, las incipientes clases medias, como los trabajadores de cuello blanco, a pesar de haber sido un sector surgido al calor de las reformas sociales posibilitadas por el peronismo.
Es el conjunto de estos procesos lo que conforma la coyuntura. Observarla implica desentrañar las líneas de acción que se van desplegando y las líneas identitarias que se van trazando en un cierto espacio. Una coyuntura es una unión de líneas que se ven afectadas por su conjunción y que, asimismo, afectan la conjunción que componen. Son líneas que están co-yuntas, que aran juntas el campo de la historia. Esos modos de componerse –de arar juntas- es lo que se intenta identificar en una descripción.
El segundo momento que nos propusimos observar es el año 1973 en Argentina. El 12 de octubre de 1973 tuvo lugar ante los ojos de Perón una plaza muy diferente de la que había exigido su liberación en 1945. El actor central esta vez era la juventud, hija de la generación del ´45, tanto de las clases bajas peronistas como de las clases medias antiperonistas, que había vivido el devenir posterior al golpe de 1955. Junto con ella, celebraban la tercera presidencia de Perón sectores del sindicalismo, del empresariado, del partido.
Si los trabajadores urbanos provenientes de las provincias se constituyeron como actores políticos en su afluencia a la Plaza de Mayo, en las manifestaciones de 1973 el espacio frente a la Casa Rosada ya no tuvo esa función performativa. Los grupos que confluyeron en la plaza tenían una identidad política ya constituida, unas trayectorias de militancia y de participación que definía en ellos una cierta orientación, unas ciertas expectativas, que redundaban en divergencias.
En una coyuntura las líneas convergen y divergen de modo permanente: una coyuntura es un todo vivo, donde se suceden y se replican continuidades y rupturas. Al son de ese movimiento complejo se van definiendo los actores en juego. Por eso, cada vez que nos concentramos en las particularidades de un acontecimiento histórico, los sujetos involucrados, que parecían ser los mismos de antes, toman otro color, notamos que ya son otros.
La juventud que actualmente se organiza en torno a la figura de Cristina Fernández y del proyecto kirchnerista ¿es la misma juventud que había tomado protagonismo en los ´70? ¿Hay una reaparición de la juventud en la política? ¿Se puede hablar de “la juventud”, salvando las distancias generacionales? Será necesario observar el resto de los actores que conforma el escenario político, revisar los modos de articulación y los puntos de conflicto. ¿Sería esta juventud capaz de vaciar una plaza?
Nos preguntamos si existe alguna tensión entre la figura de la presidenta y el proyecto que encabeza y las militancias que se agrupan en torno suyo. Podría pensarse que hoy la tensión es más bien con los movimientos sociales que con los jóvenes militantes. En el armado de gobierno que permitió a Néstor Kirchner remontar un proyecto estatal en 2003 es central la articulación con los movimientos sociales protagonistas en los procesos del 2001. Hoy muchos de esos movimientos están imbricados en el aparato del Estado, con posiciones más o menos conflictivas.
Frente al gobierno -y no ya dentro de él- aparecen movimientos sociales nuevos, que son a penas visibles pero que tienen un rol importante en la política local, dentro de la que intervienen. Las manifestaciones contra la minería a cielo abierto o contra la explotación sojera son ejemplos de ello. Pero, también, conflictos urbanos que no son pensados como políticos, como las movilizaciones por casos de gatillo fácil, por acciones de desalojo o por causas de discriminación.
Es como si en la Argentina actual nos encontráramos frente a dos tiempos de la política: por un lado, la articulación del estado con los movimientos sociales, que es un factor fundamental de gobernabilidad, y, por el otro, la desposesión por explotación de los recursos naturales, que guarda una continuidad con las formas urbanas de explotación de la renta y la especulación inmobiliaria. A lo largo de esa línea se puede entrever el surgimiento de nuevas expresiones políticas y sociales, tanto los vecinos que se convocan para evitar la instalación de una mina como las familias que se organizan para resistir un desalojo.
Por último, situamos la mirada en Medio Oriente y a través suyo vemos la pérdida de hegemonía simbólica del unilateralismo de los Estados Unidos. Dos grandes consignas parecen sintetizar el pensamiento que llega desde el norte de áfrica (para ponerlo en paralelo con la coyuntura de la última década sudamericana): el fin de la arrogancia occidental, y la confirmación de la emergencia de nuevos sujetos populares inteligentes. Así como un momento histórico desborda las categorías existentes para pensarlo, los acontecimientos recientes en Oriente refutan las definiciones que le asignaba Occidente. El hecho de que el propio pueblo musulmán (o cristiano-musulman) se deshaga de un gobierno dictatorial rompe la equivalencia entre islamismo y tiranía sostenida por las potencias occidentales. Pero, es todo el pensamiento moderno del estado lo que allí hace crisis, ya que la revuelta contra un gobierno tiránico se da en oriente en nombre de la tradición islámica. Es decir, cambios políticos considerados “modernos” son impulsados por fuerzas “premodernas”, como la religión.
La decadencia del discurso unilateralista está ligada íntimamente al despliegue de tecnologías no centralizadas de comunicación e información. En la época digital la información tiende a la multiplicación y a la dispersión. En otro momento, podrían haberse dado procesos de cualquier signo en otro lugar del mundo sin que nunca nos enteráramos o a los que hubiéramos leído a través del gran discurso mediador del país que concentrara la enunciación. Es decir, ante una lectura unidimensional, hubiésemos tenido vedada la reflexión sobre la coyuntura, vedada la posibilidad de ver la complejidad de las líneas que se entraman.

13 de marzo de 2011

Cuando tenga la tierra

Por Sebastián Premici

La lucha por la tenencia de la tierra es un fenómeno que se da en toda América latina. También es compartido el proceso de extranjerización de un recurso vital no sólo para la vida campesina sino para todas las poblaciones. Acelera, además, la concentración de la actividad agrícola en pocas manos. En Argentina hay aproximadamente 17 millones de hectáreas en manos de firmas extranjeras, mientras que casi 500.000 familias campesinas tienen problemas legales para acceder a la posesión de sus tierras. En Brasil, son cuatro millones de familias en esa condición. Para analizar esa problemática, Cash reunió a la dirigente del Movimiento Sin Tierra de Brasil, Etelvina Macioli, a un integrante de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), el ecuatoriano Luis Andrango, y el representante del Movimiento Nacional Campesino Indígena de Argentina, Diego Montón. La soberanía alimentaria, una reforma agraria y un nuevo modelo de agricultura son los ejes comunes que atraviesan a esos movimientos sociales vinculados con el pequeño productor familiar y comunitario. También analizaron el modelo brasileño para la distribución de tierras, esquema que podría ser adoptado por la Argentina en un proyecto de ley para regular su propiedad, anunciado esta semana por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

¿Cuál es el escenario político económico que enfrentan hoy los movimientos campesinos de la región?

Etelvina Macioli: –A partir de la construcción social de la lucha campesina, podemos decir que las problemáticas que nos aquejan no están circunscriptas al campo sino que involucran a toda la humanidad. Los movimientos campesinos de toda América latina abogamos por alcanzar la soberanía alimentaria y una reforma agraria integral. También ponemos en discusión la crisis profunda del capitalismo. Durante la última conferencia internacional de la Vía Campesina, que se realizó en Mozambique en 2008, identificamos que las empresas transnacionales eran los enemigos comunes de los pueblos y las principales responsables de la ofensiva contra los intereses de los campesinos, a partir del modelo de agricultura imperante. Cuando los campesinos hablamos de soberanía alimentaria queremos hacer hincapié en que el modelo agropecuario debe estar vinculado a un proyecto político que determine un nuevo modelo de organización social alrededor del campo.

¿Qué significa?

E. M.: –Queremos que los pueblos puedan definir formas autónomas de producción para garantizar los derechos básicos de los campesinos, por ejemplo el acceso a los alimentos y la tierra. En este contexto, creemos que es necesario articular nuestra lucha con otros sectores, aplicar una estrategia de alianzas entre los sectores del campo y la ciudad para enfrentar la ofensiva de las multinacionales.

¿De qué manera este enemigo común que ustedes definen como las empresas transnacionales afecta sus intereses?

Luis Andrango: –Desde hace muchos años denunciamos que la producción de alimentos está cada vez más concentrada en pocas manos, como consecuencia de este proceso de globalización de la agricultura. Por otro lado, sabemos que las compañías multinacionales se están apropiando de los recursos naturales, de la tierra, del agua, las semillas. Lamentablemente, la tendencia internacional es despojar a los campesinos de estos elementos cruciales para la vida diaria. Más allá de este contexto, sabemos que en la región hubo un cambio de paradigma a partir del surgimiento de gobiernos de centroizquierda, que incorporaron las tesis de los movimientos sociales. Sin embargo, todavía falta que este cambio se traduzca en políticas estructurales.

E. M.: –Primero hay que decir que cualquier avance en la región sobre estas temáticas se consiguió a partir de los reclamos de los movimientos organizados, donde también se logró poner fin, al menos por el momento, a los gobiernos conservadores que se turnaban en el poder. Este fue el resultado del encuentro entre las clases populares. Pero todavía hay intereses en disputa.

¿Cuáles?

E. M.: –Nuestra región vio crecer los agronegocios a partir del financiamiento público a determinadas actividades. El actual modelo de la agricultura está orientado hacia la exportación y eso fue posible porque los Estados apostaron a este modelo. Estas son las contradicciones que existen entre la orientación política de muchos de los gobiernos de la región, de centroizquierda, con sus políticas concretas. Es un debate que hay que dar. Por eso debemos ser propositivos, ahí es donde juega un rol preponderante nuestra propuesta de crear un nuevo modelo de agricultura. Nosotros queremos producir alimentos para generar una buena calidad de vida. Es vergonzoso que en un país como Brasil, con sus dimensiones de tierra y recursos, exista una gran cantidad de personas que mueran de hambre. Para solucionarlo, hay que tener una política agrícola clara.

¿No hubo cambios concretos en Brasil y Ecuador? Por ejemplo, el gobierno de Lula da Silva sancionó una ley para impulsar la agricultura familiar.

E. M.: –En Brasil no hubo una reforma agraria, sino que fueron sancionadas una serie de políticas positivas. Se avanzó en la distribución de tierras, gracias a la presión de los movimientos campesinos. En el área de educación, se crearon alianzas con diversas universidades para formar a los trabajadores del campo. También se impulsó una política pública de compra directa de alimentos a través de un organismo público. Son políticas que aplaudimos y que favorecen la agricultura familiar. También fue sancionada una ley que fija que el 30 por ciento de la merienda escolar debe ser comprada directamente a los agricultores familiares. Ahora la discusión tiene que ver con las definiciones: no queremos meriendas, sino alimentos producidos de manera orgánica, que complementen el proceso de desarrollo de nuestros niños.

¿Cómo es la política de distribución de tierras?

E. M.: –La política de desapropiación de tierras ha sido uno de los embates más duros de los últimos años. En el Estado todavía hay un gran andamiaje conservador, que muchas veces impide que se cumpla la Constitución Federal, que obliga a la desapropiación de las tierras si éstas no cumplen la función social que les asigna la propia Carta Magna. Muchas veces queda demostrado que no se cumple ese rol social, y sin embargo el Estado no hace nada. Acá está en juego la correlación de fuerzas entre los intereses de la clase trabajadora y los sectores más conservadores. Hay una lucha permanente.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció que enviará al Congreso un proyecto de ley para regular la propiedad de la tierra, tomando como base el modelo brasileño. ¿Cómo debería ser una iniciativa de estas características?

Diego Montón: –Hay que tener en cuenta que cuando se habla de extranjerización, no es sólo un tema de quién tiene la propiedad de la tierra sino para qué se la usa. La rentabilidad de la soja es tan alta que el modelo agrícola apuesta al arrendamiento. En este sentido, puede ocurrir que haya muchas extensiones de tierras en poder de productores locales pero que al arrendarlas favorecen un modelo de extranjerización de la agricultura. La tierra tiene que estar puesta a disposición de un proyecto nacional. En este sentido, una herramienta válida podría ser una ley que limite la compra por parte de extranjeros, aunque no debe ser el único instrumento.

E. M.: –En Brasil se ha dado una lucha histórica para que exista una ley integral que limite la cantidad de hectáreas que puedan ser adquiridas por una persona o empresa. Hoy un latifundista puede tener millones de hectáreas. El último Censo nacional reveló la altísima concentración de la tierra, sobre todo en manos de extranjeros. Además hay diversas denuncias sobre la ocupación de tierras en zonas de fronteras, como Syngenta, que tiene campos en zonas con reservas legales. La tierra, en cualquiera de sus dimensiones, debería tener una función social, como lo establece nuestra constitución.

D. M.: –Quizás una clave de la política brasileña tiene que ver con ese artículo de la Constitución que define a la tierra como de uso social, algo que les da a los movimientos campesinos un mayor margen de acción para luchar por su posesión. En la Constitución nacional de 1949 estaba incluido este tema, pero ahora la tierra está a merced de las grandes empresas.

¿Cómo es el contexto ecuatoriano? ¿Hubo cambios durante el gobierno de Rafael Correa?

L. A.: –Todavía falta dar un salto hacia la agricultura de la alimentación. Hoy el modelo agrario de Ecuador está enfocado a la exportación, como ocurre en el resto de los países de la región. Todavía se hace mucho hincapié en las actividades extractivas, donde se replica la misma lógica que venimos combatiendo desde hace muchos años, por más que haya cambiado el signo político del Gobierno. Los recursos naturales son utilizados como materias primas y no como ejes del desarrollo de nuestro pueblo. Como hecho positivo hay que destacar que la soberanía alimentaria quedó definida en la Constitución.

En la Argentina, todo lo relacionado con el campo está tenido por la puja entre el Gobierno y la Mesa de Enlace. ¿Cuál es la visión del Movimiento Nacional Campesino Indígena?

D. M.: –El país donde más se profundizó el modelo agroexportador fue Argentina, impulsado por la alianza estratégica entre los integrantes de la llamada Mesa de Enlace y las empresas transnacionales. El avance de los agronegocios fue muy rápido y los efectos pueden verse cotidianamente, incluso en lo que sale publicado en los medios de comunicación, donde la tierra es puesta a disposición de un modelo pensado en otros países. Esto afecta nuestra alimentación, donde se da el fenómeno de la concentración de toda la cadena industrial.

¿Cómo se refleja ese proceso?

D. M.: –Por ejemplo, Cargill tiene el 60 por ciento de la industria de los frigoríficos. Otro tema relacionado con los agronegocios tiene que ver con el trabajo esclavo, ampliamente denunciado en los últimos meses. Los empresarios quieren aumentar constantemente su rentabilidad para poder participar de la rueda financiera que hoy representa el modelo agropecuario. Y una de las formas de lograr esa rentabilidad es a través de la explotación de los trabajadores. En cuanto a las políticas del Gobierno, hay que decir que se logró recuperar al Estado como un actor clave en la definición de las políticas públicas. Sin embargo, en el modelo agropecuario es muy poco lo que se ha hecho. Todo el andamiaje de subsidios apunta a los actores concentrados de la industria. En este sentido, entendemos que una tarea urgente es el redireccionamiento de esos recursos hacia los agricultores familiares.

¿Cuáles deberían ser los ejes centrales de una reforma agraria a nivel regional?

L. A.: –Un proceso de reforma agraria debe orientarse hacia la construcción de la soberanía alimentaria y para ello es necesario orientar cuál debe ser la función de la tierra. Un segundo capítulo debería definir con claridad la función social y ambiental de la misma. Hay que combatir la lógica perversa que dice que por estar sembrada con cualquier cosa, una tierra ya cumple su función social. Esto no es así. Hay que definir exactamente qué es la función social. Un tercer elemento clave tiene que ver con los regímenes de propiedad. Ya no existen los grandes terratenientes. El 70 por ciento del territorio donde viven los campesinos indígenas ecuatorianos no tienen reconocimiento legal. Hay que normalizar esta situación. El otro tema es el Fondo Nacional de Tierras, instrumento que no debe convertirse en un banco para la compraventa de campos sino que debe financiar la alimentación soberana del pueblo. Estos son los temas que se discuten en Ecuador y que podrían ser comunes a una reforma agraria a nivel regional.

D. M.: –También debería incluir una fuerte política de educación, es decir, trasladar la estructura educativa al campo y no al revés. A su vez, plantear la existencia de mercados locales para que los agricultores puedan comercializar de manera directa su producción.

E. M.: –Hablar de una reforma agraria es hablar de un conjunto de políticas, que van desde la infraestructura básica para el desarrollo de los campesinos, herramientas de capacitación, salud y asistencia financiera. No es una sola ley, sino un conjunto de políticas de Estado

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23 de noviembre de 2010

América Latina después del neoliberalismo

Con el fin de los gobiernos de corte explícitamente neoliberal en América Latina, se produjo un cambio de signo en la política de la región. En la etapa iniciada los gobiernos adoptaron un discurso de crítica y diferenciación con el modelo neoliberal dominante hasta entonces. Ese distanciamiento marca un nuevo clima político de época en nuestros países, en medio del cual nos encontramos actualmente.  

En Brasil, desde la asunción de Lula Da Silva se comenzó a utilizar el término Posneoliberalismo para caracterizar los procesos que se iniciaron a partir del acceso al gobierno de sectores que se dicen no-neoliberales. ¿Cómo podríamos caracterizar este período autoproclamado posneoliberal? ¿En qué consisten los proyectos políticos que contiene? ¿Encarnan una superación del neoliberalismo o son, más bien, una mutación de aquél? ¿Se puede hablar de pos-neoliberalismo?

La idea de posneoliberalismo nace como parte de un discurso que insiste en una lectura del presente como superación del neoliberalismo. Esta mirada supone una capacidad de valorar cambios que ya no aspiran de modo inmediato al corte revolucionario: el cambio social en curso debe ser valorado en sí mismo. Tal vez otra perspectiva posible sea aquella que sostienen gobiernos como los de de Evo Morales en Bolivia, Hugo Chávez en Venezuela y Rafael Correa en Ecuador, más afín a las retóricas de la revolución (socialismo del siglo XXI).

Brasil y Venezuela son asumidos por muchos como polos al interior del nuevo protagonismo del actual momento regional. Mientras que las iniciativas regionales que parten de Venezuela suelen exhibir una voluntad política de una mayor independencia respecto del sistema económico y de crédito internacional, Brasil condiciona esas iniciativas (como el banco del Sur) a la articulación con las instituciones del mercado mundial, dentro del cual acrecienta su influencia.

Al observar el contexto político en la región, podemos entrever que la clausura del modelo neoliberal ha significado un avance de las lucha sociales sin que pueda hablarse  de una ruptura total, o un modelo superador acabado. La díada entre ruptura radical y continuidad identidad absoluta no funciona. ¿Cómo valorar las singularidades que se observan en los procesos actuales? Hay mutaciones, reapropiaciones y elementos que permanecen. Para abrir la mirada, entonces, conviene concebir a neoliberalismo y posneoliberalismo no como modelos excluyentes entre ellos, sino como conjuntos de procesos en relación.

La distinción entre neoliberalismo, posneoliberalismo y socialismo del siglo XXI, que en el nivel de los discursos se presenta más bien ordenada, tiende a disgregarse si centramos la mirada en las economías. La Venezuela de Chávez, por ejemplo, se sitúa ideológicamente en contra de la dependencia económica con Estados Unidos, pero tiene funcionando un ALCA de hecho con ese país a partir del hecho de que la mayor fuente de ingresos de su economía es la exportación de la producción de petróleo destinada casi exclusivamente al mercado norteamericano.

¿Qué pasa en el resto de los países? ¿Qué elementos en común presentan? ¿Existe una economía regional en el posneoliberalismo? Hay analistas que sostienen la hipótesis según la cual desde el 2000 existe un modelo sudamericano que sustituye al de los 90, y que entre sus rasgos comunes estaría, por ejemplo, el neoextractivismo. Es decir, América Latina como exportadora de materias primas al mercado mundial: megaminería, petróleo, granos, agua y biodiversidad. Al modelo extractivo de capitales propio de la década anterior lo sustituiría un modelo extractivo de recursos.

Pablo Dávalos, economista ecuatoriano, advierte que en la región se pasa de la influencia de organismos internacionales como el FMI a otros como el Banco Mundial. El discurso dominante ya no es el de la exigencia del pago de la deuda externa, la necesidad de las privatizaciones y el achicamiento del estado. Dada la inestabilidad económica y las crisis de gobernabilidad que trajo aparejado el debilitamiento de lo estatal, vuelve a considerarse deseable la participación ciudadana y el fortalecimiento de las instituciones y las políticas públicas.

El corazón de este modelo neoinstitucionalista, afirma Dávalos en su último libro La democracia disciplinaria, se explica a partir de nociones como las de “acumulación por desposesión”. El capital se acumula desposeyendo a las regiones de sus bienes naturales, mediante un sistema de extracción-exportación que incluye gran inversión en obra pública de infraestructura. En función de la explotación de los recursos naturales se trazan subterritorios nacionales, corredores que conectan las economías locales de acuerdo a los proyectos de extracción de recursos y según las facilidades para su transporte. Desde este punto de vista, no son diferentes las economías regionales. Más allá de lo que expresan en sus discursos y programas políticos, se articulan en función de la explotación de la naturaleza.

La crítica más radical a estos procesos es encarnada hoy por los movimientos de pueblos originarios, bajo una concepción de la relación con la naturaleza que el movimiento indigenista ecuatoriano denomina “buen vivir”. La asamblea constituyente convocada por Correa en Ecuador toma ese sentido cuando reconoce el derecho de la naturaleza (y no a ella). Así como prohíbe el trabajo precario, la constitución de 2008, expresa el derecho de la naturaleza a no ser explotada, a no ser tratada como recurso. Sin embargo, las propias reglamentaciones de esas leyes violan los derechos proclamados.          

No se trata de advertir que el discurso de los gobiernos progresistas está en contradicción con algunos rasgos fundamentales de la acumulación, sino de asumir las tensiones que surgen de estos rasgos comunes, para que su problematización encuentre un tratamiento democrático y no reaccionario.

Esta escisión entre el discurso político que sostienen los gobiernos que se definen no-neoliberales y las decisiones que toman en relación con los imperativos del mercado internacional y sus actores de poder delinea la complejidad de los procesos políticos actuales en la región  da lugar a liderazgos que corren el riesgo de aislarse de los sectores de la sociedad a los que su discurso los acerca. Se da una suerte de aporía por la cual la distancia entre lo que el gobierno enuncia y lo que hace lo aleja en el nivel de la práctica cotidiana, política y organizativa de los sectores que comparten su discurso, puede tener el efecto paradojal de debilitar tanto al gobierno que en ciertos momentos puede verse privado del sustento social que le daría mayor margen para actuar de acuerdo a lo que enuncia, como a los sectores sociales que precisan de esta dialéctica positiva para profundizar sus planteos de transformación.

La enorme popularidad personal de Correa en Ecuador, por ejemplo, es compatible con un aislamiento en términos de fuerza política organizada. Se confía en él, no en un partido, ni en un movimiento, ni en un sector. El caso de Nestor Kirchner en Argentina es diferente. En la figura personal del líder que emerge de su masiva despedida de fines de octubre se vislumbra la carencia de mediaciones políticas concretas para dar contenido práctico a dicha popularidad.

Pero no se trata de constatar o vaticinar fragilidad de los liderazgos, sino de advertir que la potencia de los procesos políticos de cambio dependen, cada vez más, de la necesaria invención de organizaciones colectivas, abiertas y públicas, capaces de profundizar los cambios en marcha.

16 de noviembre de 2010

Hacia el 2011: desafío del desborde y la apertura

En la calle

Partimos de un hecho vivido: en la plaza del miércoles 27, autoconvocada ante la muerte de Néstor Kirchner, nos encontramos muchos desde diferentes modos del sentir, compartiendo dos grandes preocupaciones: el miedo a que esa muerte produzca un debilitamiento en las decisiones del gobierno nacional que luego del 2003 dieron curso a una sorpresiva serie de políticas democráticas (haciendo del gobierno un lugar activo y atento a ciertas expectativas militantes de años anteriores); la expectativa –que se fue sobreponiendo con la anterior mientras la plaza se llenaba- de una apertura, acompañada para algunos de nosotros por un cierto aire de las plazas del 2001. Memoria y deseo de  apertura surgen del (re)encuentro entre diferentes, de la necesidad de hacer fuerza política de esos diversos sentires, y de la conciencia de (y por tanto disposición a) participar de procesos bien complejos que intenten formular cambios políticos fundamentales en este presente.

2001/2010

Memoria y deseo de apertura no remiten solo a una continuidad con el 2001. Anuncian también una diferencia fundamental. Si aquellas plazas eran destituyentes respecto de unas políticas estatales de corte violentamente neoliberales, que negaban y reprimían toda verdad de las luchas populares, esta plaza del 2010 parte de un reconocimiento a ciertas políticas gubernamentales  que, más allá de sus ambigüedades señalables y siempre señaladas, mutaron ostensiblemente su relación con las formas de politización desde abajo (o políticas situacionales, o de movimientos, o micro, o infra, o como querramos llamarles). Si del 2003 en adelante hay un reconocimiento (con todo lo parcial y ambivalente que podamos considerarlas) a ciertas (muchas e importantes) luchas sociales (derechos humanos, demandas sociales postergadas, etc.), octubre del 2010 parece invertir la dirección de dicho reconocimiento, y es ahora desde abajo que se insufla reconocimiento (también complejo, condicional) hacia el gobierno, y a la figura de la presidenta muy en particular, para que “no afloje”, para que sea “fuerte” y “vaya por mas”.

Dos dinámicas centrales

Dos dinámicas fundamentales, entonces. Una de ellas parte de arriba en la medida en que resulta inseparable de la instauración de una posición estatal que durante los últimos años había sido completamente destituida y desprestigiada (primero, por los flujos de capitales y mediáticos y, finalmente, por un nuevo protagonismos social). Ni superación de lo estatal ni mera restauración, la estatalidad surgente implica reconfiguración institucional. Como sucede en otras regiones del continente, el estado postneoliberal reúne elementos bien diferentes de continuidad y cambio respecto de las formas anteriores (de bienestar, neoliberal). Compuesto inestable, este entramado institucional opera en continua formación. Ya no se trata de la posición de estado como el monopolio exclusivo del mando político, sino de una formación que pretende devenir activa en el contexto de otras fuerzas poderosas (corporaciones, medios, sistema financiero, etc.) con las que se liga y entra en conflicto de modo sucesivo y variable. 

Estamos ante un estado que se reconoce como un actor entre otros. Lejos del discurso neutralista de que “el estado somos todos”, que sitúa a lo estatal como el espacio de lo político y opera en nombre de un supuesto interés general, desde 2003 asistimos al despliegue de una lógica de gobierno que coloca al estado como un actor entre otros dentro del escenario social. Un estado que reconoce la condición postestatal de lo social, que se hizo explícita en los procesos del 2001 y que ya no permite una conciliación de los conflictos a través de la apelación a un interés común, que el estado encarnaría. Un estado que debe reconocer que no es en él donde se realiza lo común, que se ve obligado a asumir su posición singular, a trazar alianzas, negociar y enfrentarse con otros sectores de la sociedad.

El kirchnerismo ha sido hasta ahora la forma más clara de formulación de este tipo de estatalidad, al tiempo que sus defensores de izquierda han equiparado con énfasis esta construcción simbólica y material de institucionalidad como una justiciera “vuelta de la política”.     

La otra dinámica parte de abajo (o situada, o micro, o infra, etc) y, cuando se activa, repolitiza la vida social de un modo diferente a la anterior. No menos compleja que la dinámica propiamente estatal, la politización parte menos de una coherencia discursiva y global y más de una serie de luchas (cotidianas, de visibilidad oscilante) que toman como punto de partida las condiciones y modos de vida. Lucha contra la ampliación de la frontera sojera y los desplzamientos de los campesinos, luchas contra la precarización y tercerización del trabajo, lucha contra el uso intensivo y sin control de los llamados recursos naturales, luchas contra el gatillo fácil, contra el racismo y la getificación urbana y tantas otras formas de resistencia contra las formas de explotación y dominio que se reproducen de modo continuo entre nosotros. Estas dinámicas de politización han variado mucho desde el 2003 a la fecha. Si durante la fase “destituyente” los movimientos sociales atacaban al estado neoliberal constituyendo máquinas de guerra capaces de confrontar con el estado en áreas como el control de la moneda (trueque), de la contraviolencia (piquete) y del mando político sobre diversos territorios del país (asambleas), los movimientos organizados mejor estructurados son actualmente, hoy, parte de la nueva gubernamentalidad, y expresan uno de los rasgos característicos de esta nueva fase del estado.

Y, sin embargo, la movilidad social no se agota en estas formas de movimientos sociales de lucha que hemos conocido ni en la actual configuración de movimiento-gobierno. La plaza del miércoles mostró claramente cómo junto a muchos de estos movimientos junto a una extensa participación de personas y grupos que no consideran ni de cerca que la política se agote en el gobierno y su defensa, sino que se consideran –nos consideramos- sujetos insustituibles de una nueva fase de politización posible.

Esa presencia en la plaza entraña una complejidad no pensable bajo la lógica binaria propia de la política tradicional, partidaria, que clasifica el espectro político en “amigos” y “enemigos”, en oficialismo y oposición. Una complejidad que omite el kirchnerismo cuando traduce la multitud en la plaza en una expresión de apoyo incondicional al gobierno. Una complejidad que omite la oposición cuando pondera los efectos emotivo/afectivos del duelo en las urnas de cara a las elecciones de 2011.

Las singularidades que poblaron la plaza no se encuadran dentro de una identificación directa con el gobierno, no pueden ser nombradas íntegramente como kirchneristas. Insiste allí un exceso, que expresa menos un apoyo que una interpelación. El ánimo no es de fortalecer al gobierno, sino de fortalecer ciertas elecciones, ciertos rumbos que se creen acertados, sin dejar de manifestar la distancia con otros elementos que no se alientan ni se comparten. Interpelar al gobierno, dialogar con él.    

Desborde

Todo dispositivo de gobierno está sometido al riesgo del desborde. Si algo reconocemos estos días es la vocación del kirchnerismo (y a su dispositivo de gobierno, superior a la de cualquier otro grupo político nacional) por contactar con el desborde social, en lugar de reprimirlo. El bicentenario fue una muestra contundente de esa vocación (tanto por la masividad como por la versión de la historia puesta en juego aquellos días). Reconocimiento que ya entonces nos produjo una inquietud, pues el desborde colectivo, una vez contactado, puede ser tanto interpelado desde un punto de vista exclusivamente normativo, bajo la preocupación de la gobernabilidad, o bien tratado como espacio constituyente, de constitución de reglas a partir de su propia realidad material. Los mejores momentos del gobierno han sido aquellos en que ha desarrollado una disponibilidad inédita al diálogo (generalmente conflictivo pero real) con esta dinámica de desborde. Y los peores, los mas indignos y a la vez menos imaginativos, han ocurrido cuando se intentó someter estas dinámicas a dispositivos hechos de inconfesables con los poderes de turno Ambas dinámicas gubernamentales salen a la luz, como alternativas, cuando la politización desde abajo tensa la escena. La muerte de Mariano Ferreyra muestra lo esencial de esta disyuntiva: la lógica del gobierno articula empresas y sindicatos mafiosos bajo formas de gestión innobles del trabajo. La lucha de los tercerizados y luego la muerte de Ferreyra ponen a la luz la otra cara, la lógica del desborde y, con él, otras posibilidades (a las que el gobierno acudió de inmediato una vez que trascendió el crimen). 

Cuando hablamos de apertura nos referimos a la necesidad de profundizar esta dinámica de reconocimiento y diálogo con las formas de politización que viene de abajo. Convertir las formas de subordinación de modos de vida de los muchos en momentos de problematización y apertura política. Por eso, creemos, la plaza del miércoles es profundamente compatible (o, en todo caso, bregamos para que lo sea) con gestos contundentes en el sentido esta conversión, a partir de la tragedia de los tercerizados del Roca, para seguir con un ejemplo entre otros, para prolongar esta dinámica al conjunto.  

El desborde implica  gasto público, incontinencia presupuestaria, presión democrática, tendencia redistributiva (no sólo de ingresos sino de decisión social y política en todos los campos). El gobierno tiene el mérito excluyente del reconocimiento a esta lógica y, como ningún otro, coqueteó con ella. Desde su perspectiva se trata de “gobernar” (un equilibrio variable de los verbos contener, controlar, satisfacer, silenciar, denunciar) el desborde (el conflicto social) sin represión estatal. Esto se ve en la relación con diversas escenas como las asambleas de Gualeguaychu, la naturaleza del reconocimiento de Moyano en detrimento del reconocimiento de la CTA, diversos manejos territoriales, etc.  Insistimos: no es que nos sorprenda que el gobierno pretenda gobernar. Pero la politización de abajo abre nuevas posibilidades que no cabe delegar –precisamente- en los gobierno. Emergiendo de situaciones y conflictos capaces de replantear los términos falsamente excluyentes entre caos y gobierno se abre una interface creativa que nosotros llamamos politización en su sentido más radical. Politización, en este sentido, no es idéntico a “vuelta de la política” (protagonismo estatal). La “vuelta de la política” implica una imagen de la política a restaurar. La politización, en cambio, es dinámica histórico-singular, salida de su propio impasse, y capacidad de replantear escenarios y de producir novedades de peso.

La caracterización de la plaza como una “vuelta de la militancia” puede ser adecuada para pensar los movimientos que tomaron fuerza en el seno del período político abierto en el 2003 y que se identifican con las figuras de Néstor y de Cristina como sus líderes. Agrupaciones de jóvenes cuya identidad se constituye en torno a la imagen de las militancias de los 70, ensayan una continuidad entre las experiencias militantes de ambas épocas, así como evocan una continuidad entre la figura de Perón y la de los Kirchner.

Esta idea de restauración como recomposición de la relación líder-pueblo parece sostenerse en una cierta omisión de los procesos abiertos en 2001, donde el sistema mismo de representación es cuestionado bajo la exigencia de “que se vayan todos”. El 2001 traba el trazado de una linealidad entre la política de hoy y la que fue. La crisis de la estructura política heredada y la emergencia de nuevas formas de expresión y acción de los grupos sociales marcaron un límite para todo intento de gobernabilidad que sobreviniera. Podemos pensar que la creatividad es la condición necesaria para actuar dentro del espacio político que allí quedó abierto.        

Una insistencia

La irrupción democrática articula plazas como en una memoria dialéctica: plaza del 2010 – plaza del 2001. En ambos casos (completamente diferentes) ocurre la irrupción de una multiplicidad de subjetividades politizadas que intentan que el juego no se cierre. El riesgo (contra el cual hubieron intentos constructivos de movimientos, de grupos, etc.), durante el proceso en torno al 2001 era no tener nada que decir más allá de la destitución. En el 2010 el riesgo es que el cierre venga desde arriba como desmerecimiento de todo aquello que podría abrirse desde abajo.

Topología

Por todo esto, es posible considerar que la topología de la polarización se ha agotado en su realización. La distinción entre kirchnerismo y no-kirchnerismo se vuelve inoperante. Al conflicto entre kirchnerismo y antikirchnerismo se le sobrepone uno de mayor voltaje político: apertura –que se nutre tanto de cierto kirchnerismo y de cierto no kirchnerismo- frente a cierre, venga de donde venga, incluso de sectores del kirchernismo y del no kirchnerismo. “Dentro” y “fuera” son categorías en reformulación. ¿Al participar de la plaza del miércoles se está inmediatamente dentro del kirhernismo, del peronismo, del gobierno? Si se responde que sí, la operación de cierre vendría del interior de la plaza misma. Si se responde que no, ¿se estaría, por eso, inmediatamente fuera y contra todo lo que esos nombres implican? Si esta es la respuesta –venga de donde venga- la plaza se cierra y se achica irremediablemente. Resulta evidente, entonces, que este sistema de percepciones probablemente ya no funcione como antes. “Dentro” y “fuera” ya no remiten (gran novedad) al modo en que se determinó el juego a partir del 2003. 

La necesidad de concebir posiciones más allá de la dualidad dentro-fuera será leída desde adentro y desde afuera como una evasión de la toma de partido por una las dos posiciones. Y es una definición precisa: ya no interesa tomar partido, lo que se busca es habilitar y habitar nuevas formas de actuar y pensar lo político. Ese no estar dentro ni estar fuera es lo que fija una irreductibilidad que se sustrae a la asimilación y abre un terreno del diálogo que la lógica identitaria del simple adentro (o el simple afuera) aplanaría.  

El principal espacio que necesitamos abrir (y se está abriendo) reúne, entonces, a quienes pujamos por recrear –desde una politización desde abajo- el proceso de constitución social, y al hacerlo encontramos nuevas posiciones posibles. El propio gobierno se encuentra en una situación paradojal en esta nueva configuración de fuerzas. Exterior, cuando se articula con lógicas de poder (de nuevo, caso Ferreyra, y tantos otros), o cuando reduce todo contacto con el desborde a tratamiento meramente gubernamental. Interior cuando invoca, empuja o asume un diálogo abierto con nuevas formas de politización que no controla ni enfrenta. La complejidad del momento es enorme. Porque el gobierno está tramado por diversas lógicas simultáneas. Se trata, quizás de sustituir las “o” (o la verdad del gobierno es o bien es otra) por la “y”, que nos permite comprender la diversidad de escenas que esta situación involucra y genera. No se trata de una “y” inocente, justificadora o desentendida, sino “y” capaz de producir un desplazamiento o de rearticular un nuevo campo de antagonismos (“o” de las politizaciones). Los procesos de politización desde abajo y los partidarios de la “vuelta de la política” (desde arriba) entran así en un diálogo difícil, y ojala auspicioso, pleno de dificultades por dar sentido a la “y” que debería reunirlos, y ante una “o” que podría agruparlos sin borrar importantes líneas de tensiones internas. Si los pensamos desde las dinámicas de politización desconocemos esta complejidad, el horizonte será el aislamiento y el sectarismo, así como una pérdida del sentido de la oportunidad. Si los defensores de la “vuelta de la política” (desde posiciones de gobierno) desconocen el esfuerzo serio de interlocución que el momento abre (promoviendo lenguajes y militancias estereotipadas y conduciendo todo el proceso a una simplificación puramente polarizante) colocarán ellos mismos los límites al actual momento (neodesarrollista y estatalista) castrando al actual proceso de movilización de los diferentes que proyectan un deseo y una memoria común.   

Diego Stulwark, 2010-11-10

28 de octubre de 2010

Los 80 como problema que vuelve

Nos proponemos reflexionar acerca de lo político en la década del 80. La década de la salida de la dictadura militar en Argentina y en muchos de los países de América Latina. La década de la primavera democrática y que, sin embargo, ha quedado signada por un sentimiento de frustración. Una época considerada mundialmente como época de fracaso, a la que se denominó la década perdida.

En la actualidad, a la par de una inscripción ideológica en las militancias de izquierdas de la década del 70, por debajo de una inscripción que se da a viva voz, hay un reanudar de los valores de la política instaurada en los 80. Los desafíos, los dilemas, los propósitos, los criterios políticos que caracterizaron a aquél período permanecen, con una presencia sorda, en la política de hoy.  

Los 80, en tanto época que se abre a partir de la derrota de los proyectos de sociedad que expresaban los movimientos políticos y sociales de los 70, parecen ser el límite de lo que la política actual puede retomar del pasado. Como si los 80 fueran una pared infranqueable, más atrás de la cual no se puede ir. Los intentos setentistas chocan irremediablemente con ese límite, rebotan contra la memoria de los 70 y caen en los 80. Por eso, podemos decir que nuestra era está fundada en 1983 y no antes de esa fecha.

En primer lugar, nos preguntamos ¿cuándo empieza y cuándo termina el período que nos proponemos pensar? Como hipótesis, situamos el inicio en la Guerra de Malvinas, el 2 de abril de 1982. La guerra manifiesta el agotamiento de un período político. En el momento en que se declaró la guerra, Carlos Menem estaba participando de un encuentro en Libia y, cuando se enteró de la noticia, le dijo al resto: “me vuelvo ya para Argentina, acaba de empezar mi carrera política”. Menem percibió que lo que se venía era el fin de la dictadura y la apertura de un escenario en el cual él tenía mucho por hacer. Podemos preguntarnos ¿qué es lo que Menem vio aflorar en el año 82? y ¿cuándo termina el ciclo de expectativas que él intuyó en ese momento?

Con la derrota de Malvinas hay un cambio en la sensibilidad política. La misma sociedad que en 1982 había apoyado masivamente la participación en la guerra, tres años más tarde votó en contra del enfrentamiento armado con Chile por el Conflicto del Canal de Beagle. Se pasó de una posición pro-bélica a una actitud pacifista. Cuando hablamos de los 80 nos referimos a ese período en que ya no era legítimo resolver un desacuerdo a través de la guerra. Ese tono antibelicista en la política argentina está muy vinculado al proceso que expresó el alfonsinismo.

La conciencia política de los 80 se monta sobre una crítica a las formas violentas de procesar los conflictos dominantes en la década anterior. Hay un balance de los 70, que los ve como un tiempo sitiado por una guerra que tenía dos bandos, dos demonios. La idea de que esos dos bandos en guerra eran responsables de la imposibilidad de un sistema político moderno es una idea central para el alfonsinismo. De ella se deriva la necesidad de un nuevo sistema político, basado en la exclusión de la violencia y la creación de canales institucionales de expresión y de diálogo.

La democracia era el sistema que permitiría erradicar de la sociedad a la guerra, la violencia y la muerte, encarnadas en el terrorismo militar. La construcción política de Raúl Alfonsín partía de la observación de que la dictadura era una forma de pensar y actuar que, restituido el funcionamiento de las instituciones, pervivía en las corporaciones, instancias de lo social que no habían sido democratizadas. Los discursos de Alfonsín durante su gobierno tienen un objetivo dominante: las corporaciones, capaces de desestabilizar la democracia.

Alfonsin se enfrenta con la iglesia, con los sindicatos, con Regan y con las fuerzas armadas, pero de ninguno de esos lugares surge el poder que lo voltea. No lo voltean los cara pintada, no lo voltea la iglesia, no lo voltean los enemigos declarados. La caída de Alfonsín no tiene que ver con el método sistemático que el poder económico utilizaba en toda la región para mantener el poder político, que era el golpe de estado. Podemos pensar que el fin de la década del 80 sobreviene cuando se descubre que el poder que atacó al proyecto alfonsinista era un poder que el alfonsinismo no conocía: el poder económico-financiero.

Puede que el último acto político que se dio en los términos de esa construcción haya sido el asalto al cuartel de La Tablada, el 23 de enero de 1989, que buscó defender con las armas un gobierno democrático que se veía amenazado por las fuerzas militares. El Movimiento Todos por la Patria (MTP) era una fuerza civil preparada para hacer frente a un golpe militar. En este sentido, el MTP fue el mas consecuente proyecto alfonsinista, la encarnación más radical de la preocupación política de los diferentes actores de la democracia en esa coyuntura.

El sistema político organizado en aquellos años se estructuró en torno a la hipótesis de que la herramienta del poder contra un movimiento democrático eran las fuerzas armadas. Se dice que los ejércitos se preparan para las guerras ya pasadas. El poder desestabilizador de la democracia, que en los 80 no se alcanzaba a identificar, fue visto por Menem cuando llegó al poder y, con ello, se dio comienzo una nueva etapa en la política del país.  
 
Menem, cuando asumió, aniquiló a los militares y pactó con ese poder cuya irrupción había sorprendido al sentido común alfonsinista de la época. El nuevo presidente entendió que no hacía falta lidiar con las corporaciones, que el poder estaba en un sector económico-financiero en plena expansión. Inició un gobierno que no sólo fue amistoso con el poder económico o funcional a él, sino que incorporó al poder económico como parte misma del manejo de lo público.

Así dispuesto el Estado, la propia significación de la democracia se ve modificada. Menem no tuvo el problema de defender las instituciones, ese era un problema de los 80. En los 90 la democracia nunca estuvo en riesgo, el sistema político dejó de ser lo que se oponía o contrarrestaba los poderes, para constituir la plataforma que los articulaba. Integrado por las fuerzas que lo desafiarían, el gobierno no era sujeto de conflictos, su estabilidad no podía estar en riesgo.

Después de la crisis de 2001, el problema de la confrontación entre lo sectores de la sociedad y la preocupación por la continuidad de los gobiernos retornan a la conciencia política. La lectura de que un proyecto político puede contrapesar el poder de las corporaciones entraña para el alfonsinismo una frustración que no le permite a los sectores afines volver a articular ese discurso. Quien lo retoma es el kirchenrismo.  

Mientras los alfonsinistas critican a este gobierno por violento, las confrontaciones del kirchnerismo bien pueden verse como herederas del habitus político forjado por Alfonsin. Los Kirchner pertenecen a una generación fuertemente impactada por la lucha de Alfonsín contra el poder de las corporaciones. Tanto el gobierno de Néstor como el de Cristina tienen un discurso estructurado en torno a la pelea contra las corporaciones: los medios de comunicación, la iglesia, el campo.

En el conflicto de 2008 el campo fue concebido por el gobierno como una corporación. No se trató de una disputa económica, fue una disputa política. En el orden económico, el gobierno le dio al campo todo lo que quería, pero, a nivel político, intervino para evitar que se conformara el bloque de derecha que el aquél buscaba aglutinar en torno suyo.

La categoría de lo destituyente, que tomó fuerza por esos días, recupera la herencia de la política de los 80. El discurso de Carta Abierta tiene como eje la defensa de la democracia y de la institucionalidad. Cristina, cuando hoy dice “los que nos vienen a hacer un golpe no son los generales militares, son los generales mediáticos” está apelando a la memoria de lo 80. Advierte que el espíritu antidemocrático que antes representó la dictadura hoy lo encarnan las corporaciones.

La diferencia que marca al hablar de generales mediáticos evidencia la mediación de los 90, subraya la presencia de ese poder que aparecía solapado en la década alfonsinista y que terminó con el gobierno de Alfonsín. La política kirchnerista es de ruptura con una indistinción entre poder político y poder económico, destapa el conflicto. Sólo después de discernir los actores, planteará articulaciones y distancias con cada uno de ellos. Por eso, si bien los K retoman de los 80 el discurso anticorporativista, deben dejar de lado el elemento de pacificación. Si hoy Cristina saliera a decir “la casa está en orden”, se acabaría esta época de la política.   

6 de octubre de 2010

¿Qué autoriza en política?

Partimos de la pregunta ¿qué autoriza en política? Es decir: ¿en qué condiciones queda alguien autorizado/a a participar en un proceso político? No nos referimos simplemente a identificar a una autoridad jurídica para acceder formalmente al juego político, sino a qué tipo autorización habilita esos procesos. ¿Quién tiene derecho a tomar la palabra sobre un tema y qué es lo que produce/otorga ese derecho?

No partimos de una idea predeterminada de “autoridad”. Solemos pensar la autoridad como un poder vertical e impositivo de unos sobre otros, puro poder de mando. No es necesariamente así. La autoridad puede adquirir diversos modos de legitimidad. Un gesto, una voz puede habilitar determinados recorridos en un cierto espacio. Vamos a intentar  corrernos del discurso antiautoritarismo, que podría limitar el análisis a una zona más conocida por nosotros. Podemos concebir a la autoridad presentándose bajo formas siniestras o sublimes, y en el medio, como siempre, percibir una infinidad de matices.

El proceso del que partimos tiene que ver con la presencia actual del discurso referido a los años setentas como parte de la atmósfera política. En el contexto actual, ¿qué autoriza a hablar de dicha época? ¿cualquiera puede hablar de los 70? ¿qué autoriza a revisar la memoria, a estructurar o revisar esos relatos? El mecanismo autorizador más evidente es el que remite a la vivencia en primera persona. Como si se tratase de una pirámide jerárquica a la hora de tomar la palabra referida a aquella coyuntura y sus efectos actuales. En el vértice superior se encuentran quienes presenciaron aquellos acontecimientos. Quienes protagonizaron militancias, quienes fueron testigos, quienes padecieron el horror. En la cúspide, entonces, quienes participaron de militancias en las izquierdas, quienes fueron perseguidos o secuestrados por la dictadura  (la pirámide de lugares incluye también, a partir de los años 80 y 90 a familiares).

La autorización parece provenir, en primera instancia, entonces de la voz de quienes vivieron aquellos años. Esa autoridad, creciente los últimos años, tiene una cara orientada a desautorizar otras legitimidades a la hora de construir narraciones. Discursos que cuestionan la relación directa y de por sí auténtica que emanaría de aquellas prácticas y que enfatizan la perspectiva del paso de los años como condición de reelaboración más abierta. 

Otra cara de aquella autoridad consiste en fundir las historias de lucha con la sacralidad que deriva de la magnitud del horror que acompañó la derrota política de aquel proyecto. Esa sacralidad obtura la posibilidad de que cualquiera hable de ellas, profanándola. El discurso de muchos de aquellos protagonistas encarna una operación redentora. Cuando esa pretendida redención cierra en lugar de abrir surge un discurso “viudo”, relacionado con el pasado siempre desde una fijación doliente.  

Ese principio de autoridad fue desplazado con mucha sutileza por el personaje Bombita Rodríguez (“el Palito Ortega Montonero”) compuesto por Diego Capusotto. Bombita se saltea esa sacralidad discursiva del sobreviviente. Ese desplazamiento no contiene el desprecio ni el resentimiento con que muchas veces se responde al tipo de autoridad setentista. El personaje está compuesto desde un tipo muy especial de cercanía, comprensión y afecto que permite una profanación indolora capaz de habilitar (autorizar) otras miradas. Se trata de un acto que habilita nuevos tonos, que abre el campo de la discursividad, haciendo que toda una generación (las generaciones posteriores) sienta nuevos derechos respecto de la historia reciente.

No se trata tanto de un caso de un discurso autorizado, como de una perforación de la pirámide de lugares de autorización que regulaba el discurso sobre aquellos años, y sobre el meta-discurso (revolucionario) que la caracterizó. Abre posibilidades a nuevas legitimidades. En este caso, no se trata sólo de tener una voz autorizada, sino de asistir a la emergencia de un nuevo principio de autorización, que destraba otros discursos. Las voces que surgen pueden tener improntas diversas (tanto siniestras como interesantes). El principio de autoridad instaurado por las Madres de Plaza de Mayo (familiares que quieren saber, que buscan justicia), por ejemplo, fue retomado y trastocado, pervirtiéndolo en una deriva entonces impensada por la figura de Juan Carlos Blumberg. En el medio hay mil matices, que van desde la madre de El Frente Vital, a las víctimas de Cromañón, pasando por las habituales escenas en que vecinos, familiares y amigos de las víctimas de casos de “inseguridad” toman la palabra pública investidos por ese carácter de proximidad. 

A la par de la pregunta por quién está autorizado hoy a hablar de los 70, surge la pregunta por qué cosa de los 70 autoriza la palabra actual. Como si una imagen de la militancia de aquella década pesase sobre la imaginación actual como modo privilegiado de la voz política. ¿Qué había en la militancia en los 70 que añora la participación política de hoy? ¿la juventud de los 70 fue la última juventud, la última generación que se dio los medios (políticos) de una experiencia y un proyecto político colectivo? ¿la generación de los 70 fue la última generación política, la última que produjo imágenes sobre qué cosa es y qué no es político?

Puede que haya sido la última generación que construyó una definición de política. O bien la última que usufructuó las definiciones que venían del siglo de la revolución. Las generaciones posteriores se ven forzadas a discutir esa definición, o a olvidarla. A actuar de acuerdo a ella y rendirle culto, o bien a profanarla según fines diversos.

Forjada en esa definición homenajeada, un segmento muy visible de jóvenes militantes afines al gobierno actual retoman esa imagen como modelo. Vemos en ellos/as una politicidad que busca reconocimiento en la generación de los 70. Una juventud que parece inscribirse en un aquel orden de autorización piramidal que describíamos al inicio. Una juventud que intenta constituirse por cercanía o por imitación a quienes fueron/son “los” protagonistas.

No deja de incomodarnos la visión incomprensiva de esas prácticas como mera repetición. La repetición habla tanto de quienes repiten como de aquellos que, huyendo de la repetición,   no logran evadirse de ella proponiendo una nueva diferencia. Cuando hay herencia se activa la pregunta por los herederos, por las acciones que se dan en torno a la herencia. No hay definiciones inmutables. Lo que se hereda demanda de los herederos una permanente reelaboración. ¿Puede nacer allí una nueva definición de la política? ¿En qué espacios puede verse hoy una forma de pensar lo político que no sea la de la generación de los 70?

Mas aún: si la lengua de la política permanece aún bajo la esfera de significaciones de sentido exacerbada durante aquellos años: ¿no haría falta cambiar la pregunta misma en torno a la política y las generaciones para ayudar a alumbrar nuevas legitimidades públicas?

5 de octubre de 2010

Tomarse las tomas en serio

El humor como máximo nivel de elaboración política*

Lo más interesante del conflicto que estamos protagonizando es cómo éste logró alterar los lugares de cada quien, los roles que estaban legitimados. Nosotros, los chicos, conseguimos mayor capacidad de entendimiento del mundo escolar en el que nos movemos. Nos sirvió, además, para comprender muchas cosas de los adultos, de las instituciones, de los medios, pero también cosas sobre el funcionamiento de los jóvenes militantes y de su hacer política.

Hacer política

Por política no entendemos afiliarse a un partido o tener ciertos discursos generales. El “Fuera Macri” es coherente en sí, pero también es bastante obvio. Hay otras maneras. La toma es, sin duda, una forma importante de apriete al gobierno, una medida de lucha. Pero, al mismo tiempo, es una medida totalmente trillada y que rápidamente remite a otras épocas de este país, lo que genera en los estudiantes un sentimiento vinculado a un modo de hacer política muy tradicional: el de los compañeros.

Pero estamos, también, los que participamos de este movimiento de tomas de manera más ajena, más distante; los que nos damos cuenta de que algo anda mal cuando todos estamos reclamando y cuando esta forma basada en el reclamo no deja lugar a otros modos de involucrarnos que no sea el tradicional militante. O más puntualmente: nos involucramos cuando nos enteramos de que se iniciaba la toma, pero generamos una idea propia de la toma con nuestra actividad permanente. Y eso nos parece lo más interesante.

Lo que tenemos que buscar durante las tomas son nuevos discursos, no solamente sobre Macri, sino sobre cualquier otra cosa. Y eso no se logra fácilmente. Se consiguió hasta ahora un nivel de elaboración (¿política? ¿discursiva?) muy básico: se consiguió exigirle algunas cuestiones al gobierno (cuestiones que, hasta el momento, sólo se concedieron en algunos colegios), se consiguió hacerle saber a los estudiantes que está todo mal con Macri. Son cosas que están bien. Pero es lo máximo a lo que hemos llegado. El desafío sigue siendo llegar a otros niveles de la propia experiencia y del lenguaje con el que se la cuenta. Por ejemplo: contar la elaboración de pensamiento en los chicos. Agarrar y ponerte a hablar de cualquier cosa. A nosotros nos entretiene más hablar sobre lo que puede generar una película o discutir sobre lo que la tele está diciendo en torno a la inseguridad, y lograr diálogos interesantes. Eso nos parece mucho mejor (más divertido, más profundo) que quedarse en la confrontación con Macri.

Sobre los medios

En los medios aparece siempre el mismo tipo de pibe o piba, que dice siempre más o menos lo mismo. Pero la toma es mucho más heterogénea. Y pasan muchas más cosas que lo que los medios logran captar, muchas más cosas que las que este tipo de pibe o piba logran ver.

Nos parece interesante que se vea al adolescente haciendo algo. Nos parece mal que sólo se lo vea como el pibe toma-colegio con un discurso armado. Y eso fue lo que lograron los medios. Nos gustaría que discutan los pibes que tienen otro punto de vista, que se pueden quedar callados ante una respuesta o decirte no lo entiendo, en lugar del gesto militante de todo el tiempo responder buscando en sus archivos.

Si sos un periodista y querés llevar a alguien para discutir con Feinman vas llevar al pibe que esté gritando canciones ahí afuera y no al que está a un costado porque esas canciones le parecen lo más boludo que hay y, sin embargo, participa de la toma. Aún así, ¿qué le interesa al periodista ese pibe que está ahí con gorra, ropa deportiva, con cara de culo, mientras ve a un pibe al lado con buzo hippie, tocando la guitarra y fumando? ¿A quién va a preferir entrevistar?

Al margen, nosotros no dejamos entrar a los medios al colegio. Vino CQC y decidimos que no pasara, porque nos parecía funcional al gobierno de la ciudad.

El humor como lucidez
 
Estuvimos en la asamblea general de la Coordinadora Unificada de Estudiantes Secundarios (CUES) que se hizo en nuestro colegio y fue una pérdida de tiempo. Entre los chicos que van a la CUES no vemos muchas diferencias. Es dudoso que un chico como nosotros se movilizaría para ir a la CUES, porque de verdad nos parece poco interesante. Quizás nos hubiera gustado estar el día que se decidió la toma general en los 24 colegios, para ver lo que puede mover de otras maneras y hace estallar esa situación más convencional.
 
Eso es exactamente lo que decimos que no se pudo elaborar: que ese chico agarre y se siente y piense de manera más abstracta por qué está ahí, que analice la situación. Lo que suele darse entre nosotros, con los amigos, es describir lo que pasa pero de manera más bien irónica, burda, tratando de desarmar los estereotipos que se imponen. Para nosotros ese tono de joda es pensamiento. Lo que pasa es que cuando te juntás con cuarenta personas ese modo ya es inaplicable. En la situación de asamblea hay que hablar de otra manera. Y lo hicimos porque nos tocó. Pero a nosotros nos hubiera encantado tener a 30 pibes jodiendo sobre lo que pasa y nos hubiera parecido increíble lograr eso en política. Porque la política, ya dijimos, es mucho menos afiliarse a un partido o tener ciertos discursos generales que que un grupo de pibes logre colectivamente problematizar una situación, encontrarle su lado grotesco, su lado estereotipado, sus lados agotados y sus posibilidades. No sabemos cómo hacerlo, pero si lográramos generar esos espacios se abriría otra manera de elaborar desde los pibes, con otro lenguaje. Que no sólo entiendan el estereotipo, sino que accedan a la situación en sí, a través de la burla y el absurdo. Porque ese tipo de humor es para nosotros entender la situación. Con ese humor podés diferenciar cada personaje, evaluar su papel. Y lograr ese reconocimiento junto a otras personas, a través de una situación de humor que es a la vez lúcida y entretenida. Creemos que llegar a hacer eso es lograr el máximo nivel de elaboración política posible. Ese tipo de humor te permite entender totalmente la situación y todo lo que interviene en ella. Estás totalmente lúcido de lo que pasa y podés bromear sobre cada cosa (¡sólo cuando comprendés de qué se trata cada cosa podés elaborar un buen chiste!).
 
Obviamente, también tenés que tener la capacidad de darte cuenta en qué situación la joda no debe hacerse. Por ejemplo, en los medios no podés bromear. Porque para que el chiste funcione tenés que tener cierta intimidad con el otro, necesitás haber compartido un tiempo con la persona y participar de la misma situación, estar sumergido en ella, comprenderla en el detalle. La lucidez depende también de la confianza.
 
¿Sería, entonces, como una Barcelona que se encarga de la situación de los colegios? No, porque ellos piensan todo el tiempo en las personas a quienes va ir dirigido el chiste y nosotros pensamos en las personas que estamos participando. Nos encantaría que hubiera más gente para integrar a esa relación, abrir la inteligencia que allí se crea a otros que estén en otros lados, pero no vemos forma de hacerlo.
 
El lenguaje de la ironía es selectivo, hay personas con las que no podés entenderte en estos términos. En cambio, la funcionalidad que tiene el discurso militante más clásico es que es un código fácilmente comprensible para todos, incluso para el que no está de acuerdo. Pero por eso mismo te encasilla. Pero por eso mismo muchas veces sospechamos que está agotado.

*Extracto de diálogo entre la agrupación Free (Frente Estudiantil) del Normal N° 4 y el Colectivo Situaciones / Buenos Aires, septiembre 2010.
 

28 de septiembre de 2010

¿Y si dejáramos de ser ciudadanos?

¿Y si dejáramos de ser ciudadanos?
Manifiesto por la desocupación del orden


Santiago López Petit

Nos interpelan como ciudadanos

Hoy el ciudadano ya no es un hombre libre. El ciudadano ha dejado de ser el hombre libre que quiere vivir en una comunidad libre. La conciencia política que no se enseña sino que se conquista, ha desaparecido paulatinamente. No podía ser de otra manera. El espacio público se ha convertido en una calle llena de tiendas abiertas a todas horas, en un programa de televisión en el que un imbécil nos cuenta detalladamente por qué se separó de su mujer. La escuela, por su parte,  no tiene que promover conciencia crítica alguna sino el mero aprendizaje de conductas ciudadanas “correctas”, variaciones de una pretendida “educación para la ciudadanía”. Las luchas políticas parecen asimismo haber desaparecido de un mundo en el que ya sólo hay víctimas de catástrofes diversas (económicas, ambientales, naturales…). Y, sin embargo, cuando los políticos se dirigen a nosotros, cuando se llenan la boca con sus llamadas a la participación, siguen llamándonos ciudadanos. ¿Por qué? ¿Por qué se mantiene una palabra que, poco a poco, se ha vaciado de toda fuerza política?
    Antes que nada porque la identidad “ciudadano” nos clava en lo que somos. Nos hace prisioneros de nosotros mismos. Somos ciudadanos cada vez que nos comportamos como tales, es decir,  cada vez que hacemos lo que  nos corresponde y se espera de nosotros: trabajar, consumir, divertirnos… Votar cada cuatro años en verdad no es tan importante. Es mediante nuestro comportamiento, y en el día a día,  como realmente  insuflamos vida a la figura  moribunda del ciudadano.  Y, entonces,  se nos concede una vida. El ciudadano es aquel que tiene su vida en propiedad, más exactamente, aquel que sabe gestionar su vida y hacerla rentable. En última instancia, un fracasado social no es un auténtico ciudadano,  es un ciudadano de segunda clase. Ya no digamos un inmigrante sin papeles que sólo puede una sombra estigmatizada a nuestro servicio. Decir ciudadano significa decir creer. El ciudadano no es el que piensa, es el que cree. Cree lo que el poder le dice. Por ejemplo, que el terrorismo es nuestro principal enemigo. O que la vida está hecha para trabajar. En definitiva, es el que cree que la realidad es la realidad, y que a ella hay que adaptarse. Pero es complicado creer en una realidad que se disuelve por momentos: tenemos que ser trabajadores y no hay puestos de trabajo; tenemos que ser consumidores y las mercancías son gadgets vacíos; tenemos que ser ciudadanos y no hay espacio público. Por eso el ciudadano ha entendido perfectamente que para moverse con éxito tiene que guiarse por la antigua consigna publicitaria: “busque, compare, y si encuentra algo mejor… cómprelo”. No es cínico, es una figura triste que no tiene fuego dentro. Para ser un buen ciudadano hay que ser sobre todo comedido. Abominar de los excesos. Condenar todo tipo de violencia. De aquí que cuando nuestros representantes políticos hablen del ciudadano siempre destaquen su madurez y en eso extrañamente todos coinciden. Porque el ciudadano, en definitiva, es la pieza fundamental de “lo democrátrico”, y “lo democrático” es en la actualidad, la forma de control y de dominio más importante.

De la democracia a “lo democrático”

Para entender el papel central que juega la figura del ciudadano ya no podemos quedarnos simplemente en el marco de lo que siempre se ha denominado democracia. La democracia, en la medida que se hacía forma Estado y dejaba de ser “la menos mala de las formas de gobierno” como tantas veces se nos decía, experimenta necesariamente una transformación total. Para dar cuenta de esta mutación proponemos el desplazamiento desde “la democracia” a “lo democrático”. De la misma manera que  C. Schmitt en un momento propuso pasar de la política a “lo político” y  así abrió una nueva manera de abordar la cuestión de la política, nosotros creemos que hoy es factible hacer algo semejante respecto a la democracia. Si los mismos defensores de la “verdadera” democracia tienen que añadirle adjetivos para poder caracterizarla (participativa, inclusiva, absoluta…) es que la situación ya está madura para plantear su crítica.
La democracia, como hemos adelantado, ya  no es una forma de gobierno en el sentido tradicional sino el formalismo que posibilita la movilización global. La movilización global sería el proyecto inscrito en la globalización neoliberal, y como tal consistiría en la movilización de nuestras vidas para (re)producir – simplemente viviendo – esta realidad plenamente capitalista que se nos impone como plural y única, como abierta y cerrada, y sobre todo, con la fuerza irrefutable de la obviedad. Una realidad que nos aplasta porque en ella se realiza,  (casi) en todo lugar y (casi) en todo momento, un mismo acontecimiento: el desbocamiento del capital. Pues bien, la función de “lo democrático” es permitir que esta movilización global que se confunde con nuestro propio vivir, se despliegue con éxito. Con éxito significa que gracias a “lo democrático” se pueden efectivamente gestionar los conflictos que el desbocamiento del capital genera, encauzar las expresiones de malestar social, y todo ello, porque “lo democrático” permite arrancar la dimensión política de la propia realidad y neutralizar así cualquier intento de transformación social.
    De aquí que  no sea fácil definir qué es “lo democrático”. El núcleo central del formalismo está constituido por la articulación entre Estado-guerra y fascismo postmoderno:  entre heteronomía y autonomía,  entre control y autocontrol. Veámoslo de más cerca. “Lo democrático” se construye sobre una doble premisa: 1) El diálogo y la tolerancia que remiten a una pretendida horizontalidad, ya que reconducen toda diferencia a una cuestión de mera opinión personal, de opción cultural. 2) La política entendida como guerra lo que supone declarar un enemigo interior/exterior y que remite a una dimensión vertical. “Lo democrático” realizaría el milagro - aparente se entiende - de conjuntar en un continuum lo que normalmente se presenta como opuesto: paz y guerra, pluralismo y represión, libertad y cárcel. En este sentido “lo democrático” va más allá de esa articulación y se dispersa constituyendo un auténtico formalismo de sujeción y de abandono. “Lo democrático”, en tanto que formalismo  posibilitador de la movilización global, no se deja organizar en torno a la dualidad represión/no represión que siempre es demasiado simple. En “lo democrático” caben desde las normativas cívicas promulgadas en tantas ciudades a las leyes de extranjería, pasando por la policía de cercanía que invita a delatar. O el nuevo código penal español, el más represivo de Europa, que sigue apostando por la cárcel pura y dura. La eficacia de “lo democrático reside en  que configura el espacio público – y en último término nuestra relación con la realidad - como un espacio de posibles, es decir, de elecciones personales. Más libertad significa multiplicación de la posibilidades de elección, pero no puede emerger ninguna opción a causa de la cual valga la pena renunciar a todas las demás. Esta opción que pondría en duda el propio espacio de posibles, está prohibida. “Lo democrático” es el aire que respiramos. Se puede mejorar, limpiar, regenerar y los términos no son para nada casuales. Pero nada más. En este punto ya podemos adelantar un aspecto esencial. “Lo democrático” actúa, sobre todo, como modo de sujeción – de sujeción  nuestra a la realidad – ya que establece la partición entre lo  pensable y lo impensable. “Lo democrático” define directamente el marco de lo que se puede pensar, de lo que se puede hacer, y de lo que se puede vivir… Más exactamente: de lo que se debe pensar, hacer y vivir en tanto que hombres y mujeres que se dicen libres a sí mismos.


La crisis ha venido…

Esta rejilla de conceptos, valores y objetivos, que como ciudadanos hacemos nuestra – ser ciudadanos es  pensar y actuar mediante estas pautas de pacto con la realidad -  es la que aplicamos a la crisis. La crisis que se inicia simbólicamente  el 23 de octubre del 2008 con la caída del Lehman Brothers se presenta como la segunda gran crisis, como una especie de  prueba apocalíptica que, o bien conseguimos superar, o bien nos hunde colectivamente en la miseria. Machaconamente se nos repite que los países que hagan las reformas necesarias superarán el actual envite, y que los que no, quedarán al margen de la historia en una especie de callejón sin salida. La lectura de los informes económicos, por su parte, es farragosa y detrás de una aparente gran complejidad  lo que buscan es sencillamente colocar al ciudadano en una posición de espectador que no entiende muy bien lo que pasa, si bien colabora ya que no le queda otra remedio. Porque lo curioso del asunto de la crisis es la simplicidad analítica cuando se deja a un lado el lenguaje técnico. La crisis hace de la realidad una especie de videojuego en el que todos estaríamos participando. Que se hable de economía casino no es casualidad. En el videojuego hay un guión con sus buenos, sus malos… y sabemos que, finalmente, habrá vencedores y perdedores. Cuando la canciller alemana Merkel, por ejemplo, nos asegura que existe “una batalla de los políticos contra los mercados” dirigida a restablecer la primacía de lo político sobre la economía, está dibujando claramente algunos de los personajes principales: políticos y Estado (los buenos) son obligados por los mercados y los especuladores (los malos) a introducir reformas imprescindibles en el juego. De fondo existiría, y es un argumento esencial del guión, una especie de culpabilidad generalizada: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Todos nosotros también somos un poco malos…
No deja de ser sorprendente que la metáfora central explicativa sea la crisis entendida como una especie de enfermedad de la que se puede salir hacia adelante, o por el contrario, perecer. Es una vieja metáfora que se remonta a la medicina griega antigua como es sabido, y que luego fue incorporada a diversos saberes, hasta llegar a la economía. ¿Cómo querer aplicarla a un capitalismo globalizado cuyo fundamento no puede estar enfermo, porque justamente, no tiene fundamento? No tiene fundamento quiere decir que el capitalismo global funciona como un desbocamiento del capital, como una fuga hacia adelante hecha posible porque entre poder y capital existe un mutuo empujarse más allá de sí. No tiene sentido seguir entonces acusando a los especuladores de ser los responsables de la enfermedad. Un profesor de futuros especuladores, concretamente profesor de ética en IESE, lo decía con claridad: “La especulación es esencial al capitalismo. Los especuladores son los buitres negros que cumplen la sana tarea de eliminar a los animales moribundos”. (El País 23 de mayo del 2010).Tampoco tiene mucho sentido pretender salvar al Estado. El Estado no está separado en una especie de autonomía relativa angelical sino directamente involucrado en la globalización neoliberal. No hay abdicación del Estado sino implicación total. La copertenencia entre capital y poder va mucho más allá de las ayudas millonarias a las instituciones bancarias en quiebra.


La crisis como operación política

Podríamos ensayar diferentes explicaciones que, teniendo en cuenta lo anterior, arrojen algunos elementos de verdad. El capital financiero  ha creído que el espacio-tiempo global generaba dinero simplemente con el movimiento de capital. Pero no es así. No existe un mercado financiero mundial capaz de  expandirse de modo integrado y flexible gracias al crecimiento del gasto público y de las innovaciones financieras. El resultado final es siempre el mismo: el incendio de capital ficticio, el estallido de la burbuja. Más concretamente. La crisis financiera se sitúa esta vez a nivel de Estados. Grecia ha sido el primer país atacado. El funcionamiento es sencillo. Los bancos y grupos financieros internacionales prestan nuevamente dinero a los Estados en quiebra – como antes lo hicieron con el sector bancario y las empresas privadas – se aseguran el cobro mediante planes de austeridad impuestos y vigilados por los organismos internacionales, y pueden además permitirse impulsar otra burbuja ganancial mediante la especulación con los bonos que el Estado debe necesariamente emitir en el mercado internacional para hacer frente a su quiebra. La crisis en sus diversas etapas y resumimos mucho (burbuja hipotecaria, burbuja financiera…) va adoptando la forma de un verdadero saqueo gestionado por auténticos criminales de “cuello blanco”. Esta  crisis que nos ha tocado vivir, no es tanto sinónimo de reestructuración como de verdadero saqueo. Saqueo, primero, de la gente que no puede pagar la hipoteca ni tampoco vender su casa, y que sólo puede huir de ella como va siendo ya habitual en USA. A continuación, saqueo de los salarios, de los fondos de pensiones… e incluso de la economía entera de todo un país. La conclusión a la llegamos no puede ser más clara: la crisis, paradójicamente, no es el momento de fracaso del capitalismo sino su momento de mayor éxito. En cuanto empezamos a desocupar la figura del ciudadano y dejamos de creer en el discurso de la crisis, la crisis en sí misma se nos muestra como un proceso de pura y simple expropiación de la riqueza colectiva.


El nuevo contrato personal y la guerra

La crisis consiste, pues, en una situación desfavorable para la mayoría que ha sido políticamente construida, y que sin embargo, se autopresenta como naturalizada. Describirla como una forma de acumulación primitiva de capital es en gran parte verdad si bien insuficiente. Si la crisis, o mejor dicho, esta crisis global tiene importancia es porque en ella  - y gracias a ella – se pone además en marcha un nuevo contrato social. Este nuevo contrato social es el que da derecho a participar en la movilización global que produce el mundo, más precisamente, esta realidad plenamente capitalista y sin afuera que es nuestro mundo. El contrato social que el movimiento obrero oficial  aceptó y que estuvo en funcionamiento hasta finales de los setenta era muy claro: “paz social a cambio de dinero”. Después de la derrota obrera a finales de setenta, el nuevo contrato social se individualiza completamente puesto que ahora se dirige a cada uno de nosotros. El contrato social se convierte en un contrato personal. Su formulación es también muy clara: “la vida a cambio de la empleabilidad absoluta”. En la época global sólo se puede vivir, y vivir es tener una vida, si esa vida que se tiene es el soporte de un nuevo modo de ser: la empleabilidad más absoluta. La precariedad se hace existencial.  En última instancia, el nuevo contrato personal te reconoce en lo que eres y sólo puedes ser: (un) capital humano. La supresión de los convenios y la reforma del mercado de trabajo hacia la flexiseguridad y el contrato único apunta en este sentido. Pero es algo que va mucho más allá de la antigua esfera laboral. El nuevo contrato personal ratifica el hecho de que la vida es el campo de batalla porque el mercado ha desbordado al propio mercado. Ahora bien, la empleabilidad absoluta no es un fin en sí mismo es el medio para alcanzar la maximización de la competencia. Y la competencia se da ciertamente entre todos aunque también respecto a uno mismo. Competitividad significa,  entonces, autoevaluación cuantitativa para gestionar el propio esfuerzo y así poder maximizar los beneficios.  Realidad y capitalismo se acercan como nunca lo habían hecho, y la vida constituye el lugar de su entera fusión. ¡Cuán parcial y tranquilizador es seguir hablando únicamente de mercantilización o de privatización ante un fenómeno que cambia tanto la subjetividad como la misma realidad!
El proyecto de la modernidad implicaba, por encima de todo, pensar la autoinstitución de una sociedad que ya no tiene a su disposición instancias trascendentes capaces de legitimar el orden. Esta autoinstitución se teorizó desde la política (Hobbes y su contrato social) y desde la economía (A. Smith y el mercado). Esos ámbitos eran los únicos desde los cuales – dada la crisis de los modelos absolutistas - parecía posible defender el orden. El contrato social de Hobbes obligaba a la sumisión ciertamente, encerraba la conciencia moral en la esfera privada, pero salvaba la vida puesto que el Estado - que con nuestra renuncia a la autodeterminación hacíamos posible - exorcizaba la guerra. El miedo a la muerte y la razón empujaban a aceptar el pacto. El mercado por su parte, era según A. Smith no sólo la verdadera representación de la sociedad sino también  el principio organizador de una sociedad pacificada que ya no tenía necesidad alguna de la política. El mercado libre basado en el egoísmo personal era capaz de generar bienestar general. El nuevo contrato personal que se instituye en la época global  combinaría ambos modelos de una manera original. “Lo democrático” y el mercado, la política y el apoliticismo se unirían en la nueva figura de ese ciudadano que es su vida en propiedad, y que así se inscribe en la movilización global. Sin embargo, el nuevo contrato personal aparentemente niega el objetivo que, tanto en Hobbes como en Smith, era el mismo: instaurar un fundamento para el orden. Porque la empleabilidad absoluta como modo de ser, la vida entendida como maximización de su rentabilidad, el yo concebido como un Yo marca, implica una humillación permanente detrás de la cual sólo puede haber la pura arbitrariedad de la violencia. Pero, cuidado, no hemos vuelto al estado de naturaleza, no se trata de la guerra de todos contra todos. Ahora se puede aclarar mejor el estatuto del nuevo contrato. El nuevo contrato personal es la consagración de la arbitrariedad en su sentido más pleno. ¿Qué es sino la empleabilidad absoluta convertida en condición de la propia existencia? Con lo que se muestra que la arbitrariedad ejercida bajo la forma de violencia (monetaria, militar…), el poder en su pura arbitrariedad, sigue teniendo paradójicamente un fundamento perfectamente definido. Dicho de otra manera. El fundamento o principio del orden (global) es  la guerra. La movilización global es la guerra contra nosotros y esa guerra organiza el mundo.
El ciudadano como unidad de movilización

Se puede decir que si la lucha de clases – el antagonismo obrero gestionado por los sindicatos de clase – constituía el motor, y a la vez, el elemento cohesionador de la sociedad industrial, ahora es la guerra gestionada desde “lo democrático”  la que realiza las mismas funciones. Se trata de una guerra jamás declarada y que nunca aparece directamente como tal. La guerra social que se nos hace se presenta bajo la forma de medidas económicas, reformas políticas, e incluso intervenciones humanitarias… siempre necesarias y siempre para nuestro bien. La guerra es, en definitiva, el nombre de esa movilización global de nuestras vidas que lentamente nos destruye. En verdad, ya no hay economía, ni política, por eso es equivocado pretender salvar la política para poder controlar la economía. La movilización global, como la realidad que produce, es un fenómeno total que no se deja reducir. “Lo democrático” – que junto al poder terapéutico encauza la movilización global – no puede situarse, por tanto, únicamente en el plano de la política. De aquí que la figura del ciudadano que sigue siendo el interlocutor del discurso político democrático, quede también redimensionada. El ciudadano, empujado por la crisis, firma el contrato personal que le inserta en la movilización global, pero esa inserción le transforma profundamente. El (buen) ciudadano ya no es sólo el que es cívico y vota, sino el que está dispuesto a hacer de su vida una  continua inversión capitalista en el pleno sentido de la palabra. “Tener una vida” significa invertir dinero, esfuerzo y tiempo, en gestionar la propia vida. Reconvertirse permanentemente, no proteger al inmigrante sin papeles, llamar la atención al que se cuela en el metro… Ciudadano, en última instancia, es  el que se adapta a las exigencias de la realidad y sabe convertirse en una auténtica pieza de ella. No es exagerado afirmar que, ciudadano es aquel que no es dueño de su propia vida, sino su esclavo. Evidentemente, esta conversión en unidad de movilización acaba con cualquier atisbo de nosotros. El nosotros del antagonismo obrero y el nosotros de las luchas por el reconocimiento, si bien no han desaparecido, han sido completamente vaciados de futuro. Pero su no-futuro no es liberador, al contrario, es repetición de lo ya conocido.
Y, sin embargo, el capital en la medida que  nos hace la guerra – y hacernos la guerra es convertirnos íntimamente en capitalismo – reconstruye forzosamente un nosotros. Un nosotros que ya no puede emplear a su favor para reconstruir el orden. Porque el nosotros que nace del malestar escapa a una lógica de la visibilización, irrumpe súbitamente y a la vez, se esconde. Si desde el 11S del 2001 la violencia ha sido esencialmente de matriz  terrorista, la violencia está adquiriendo día a día un carácter cada vez más social. Hasta ahora la violencia global era filtrada sobre todo por un Estado-guerra que había señalado al terrorista como el enemigo a combatir. Con la actual crisis, como ya hemos afirmado, el capitalismo triunfa aunque en el mismo momento construye su enemigo interno. El conflicto que servía de función de orden se convierte, a su pesar, en un rumor de fondo. El rumor de fondo, el hombre anónimo y su malestar, es el nuevo gran peligro. Enemigos son, pues, todos aquellos que no soportan que sus vidas sean aplastadas por la movilización global. Enemigos, en última instancia,  somos todos. Con razón el oráculo de Davos reunido en su guarida suiza alertó hace poco: “la severa crisis económica podría crear reacciones sociales violentas”. Ese es su gran miedo. Que ese rumor de fondo acalle el hilo musical, que la desesperación se convierta en cólera. Que ese nosotros, en silencio y en la noche, acabe por socavar definitivamente la figura del diurna del ciudadano. Ellos tienen el día, nosotros tenemos la noche. El ciudadano al que interpelan los políticos para que se apriete el cinturón frente a la crisis, ya no existe como tal. Es una entelequia, un recurso retórico para vehicular un discurso de sometimiento que permita prolongar el desbocamiento del capital. El ciudadano ha sido redimensionado como la pieza esencial de la movilización global. Nos interpelan como ciudadanos cuando en verdad, nos quieren verdaderas unidades movilizadas. Ya es hora de desocupar esa cáscara vacía, esa figura retórica por cuya boca sólo puede hablar la voz del poder. Como ciudadanos, actuando en tanto que ciudadanos, ya hemos perdido de antemano la guerra ¿Y si dejáramos, entonces, de ser ciudadanos?


La inutilidad de argumentar

Llegados a este punto el abismo se abre bajo nuestros pies y un demonio nos susurra en el oído “¿Te atreverías a abandonar tu propia cárcel?”. Dejar de ser ciudadanos  es una locura puesto que, de llevarse a cabo, toda la sociedad se vendría abajo, dice alguien. Es absurdo, e incluso reaccionario, se oye a lo lejos. Tú lo puedes decir porque no te juegas nada. Hay mucha gente en el mundo que quisiera ser ciudadano y no puede serlo. Defender el ciudadano es defender el Estado del bienestar. Bla bla bla…
Podríamos oponer muchos argumentos. ¿En estas palabras no se esconde el impasse en el que estamos metidos y la inoperancia de la misma idea de intervención política en un sentido de transformación social? Quizás habría que empezar por reconocer que el discurso de la izquierda  ha perdido toda credibilidad, y que por esa razón, en el fondo de este tipo de frases anida la impotencia.  No es casualidad que cuando la izquierda tiene poco que aportar – antes que nada porque no sabe ir más allá de las categorías de la política moderna hoy en plena crisis - sienta la necesidad de recubrirse con el manto de la moralización: desde una cierta refundación ética del capitalismo hasta la ideología del decrecimiento. Y así podríamos seguir… Pero la cuestión sigue planteada. En verdad, todas las argumentaciones que pudiéramos argüir servirían de muy poco. Porque  ¿cómo rebatir una posición que está dentro de los límites de lo que se puede/debe pensar? Discutirla es quedar encerrado también en las prisiones de lo posible, quedar clavado como una mosca muerta en el cristal de la realidad. Hay únicamente una vía: salir. Salir de todo. Salir de las seguridades mediocres que nos atenazan, de las verdades simples, de las dudas. Salir del autoengaño  y de la propagación del engaño. Salir de ese mundo. Yo no sé si podré salir.
Pero sé quien sale. Sé que hay gente que sale. "No tenemos nada que perder, ¿qué importa lo que queramos?" es lo que le contestó un manifestante griego que acababa de tirar una piedra a la policía al periodista que le interrogaba. La respuesta recuerda la conocida frase del Manifiesto Comunista de Marx “los proletarios no tienen nada que perder como no sea sus cadenas”.  El cambio es, sin embargo, esencial. Ahora no hay ningún horizonte emancipador, sólo la voluntad de hundir esta realidad que se ha hecho una con el capitalismo. La lucha es ya directamente liberación. Sale también de esta realidad quien, al querer hacer de su querer vivir un desafío, rompe su vida y ve como el insomnio se apodera de él. Salen de esta realidad los compañeros que viven con lo justo para poder sostener una editorial que es un puñal clavado en el corazón de esta realidad estúpida. Como salen asimismo los que intentan consumir menos colectivamente. O aquellos que se encuentran para ponerse, un día tras otro, frente al abismo del no saber. Salen los que no quieren engañarse y la verdad quema poco a poco.

Dos modos de desocupar la figura del ciudadano

Y con todo ¿hay verdaderamente alguna salida? ¿Es posible jugar contra el gran juego de la máquina? Si para desarmar el poder de la maquina tengo que jugar contra ella aceptando sus reglas y el espacio por ella diseñado ¿puedo realmente ganar y evitar que mi victoria sirva a los fines de la propia máquina de movilización? En el mayo del 68 los situacionistas extendieron la idea de que el poder lo recupera todo. Posteriormente aprendimos especialmente gracias a Foucault, que el poder no sólo recupera en el sentido de utilizar, sino que es capaz de producir cosas tan curiosas como verdades. En estas condiciones que la historia no hace más que confirmar ¿puede aún defenderse la idea de una salida? O más bien esa idea sería una especie de ideal regulativo que nos permite subsistir con una mínimo de dignidad. Todos los ejemplos anteriores y muchísimos más que podríamos traer a colación, no constituyen propiamente ninguna salida ya que no existe ningún afuera.  Son modos  diferentes de hacer frente a esta realidad. Hemos dicho que no queríamos autoengañarnos. Ahora bien, que rechacemos la idea de salida en su forma más abstracta y general - porque nos obliga a entrar en el camino impotente de las propuestas alternativas - no implica que no sean salidas concretas.
No sabemos si una alternativa global a esa sociedad será un día factible, lo que sí sabemos es que rechazamos esa sociedad en su totalidad. Y también sabemos que ese rechazo tiene que ser concreto puesto que una fuerza no materializada se apaga necesariamente. Luchar es inventar salidas concretas, y a poder ser, de modo colectivo. Ciertamente en esa invención nos podemos perder, ya que ese peligro es inherente tanto al acercamiento a lo concreto como a la misma autoorganización de “lo social”. Pero perderse, no tiene porque significar perder, sino justamente lo contrario. Sólo se puede atravesar la impotencia si uno está dispuesto a perderse. Perderse quiere decir abandonar la seguridad que ofrece ser un ciudadano, es decir, ser alguien protegido por el sistema de creencias y valores que construye la realidad como tautología. Perderse es por tanto salir fuera de la figura del ciudadano. Pero perderse también es saber que, en esta salida de la unidad de movilización - si deseamos evitar la muerte, la locura o la cárcel - tiene que haber algo de negociación con la propia realidad. Perderse implica sustraerse, aunque también comporta muchas veces, ensuciarse hundiéndose en esta realidad asquerosa. Manejar a nuestro favor las mismas lógicas de funcionamiento de la realidad. Si no existe un afuera, tampoco puede existir pureza ni coherencia. Sólo el poder puede ser puro poder en su máxima coherencia.
Salen, pues,  aquellos que desocupan la figura del ciudadano, y eso como ya hemos apuntado se puede hacer de dos maneras distintas. La primera consiste en construir otro mundo que se oponga a este mundo: nuestra editorial, nuestra cooperativa de softwart libre, mi enfermedad… contra ese mundo. En la oposición entre mundos, ya no cuenta en absoluto la correlación de fuerzas, sino la potencia del desafío. Un desafío que puede pasar extrañamente por oponer el mercado al propio mercado o la enfermedad a la salud. La segunda manera implica la destrucción. Dejar de ser ciudadano es, entonces, socavar los límites impuestos por una responsabilidad impuesta. “La economía está en crisis: ¡que reviente!”. Pedir e imponer derechos imposibles. La irresponsabilidad entendida como el modo de desembarazarse del miedo que se nos quiere interiorizar. La irresponsabilidad que siempre hay en todo gesto radical cuando interrumpe la movilización global, y abre un espacio del anonimato. Los espacios del anonimato no se organizan en torno a los pronombres (yo, tú, él…), por eso cortan cualquier vía política dirigida hacia un contrato social. Los espacios del anonimato son aquellos espacios en los que la gente toma la palabra y pierde el miedo. En ellos el ritmo ha venido a sustituir la relaciones basadas en los pronombres aunque no hay fusión alguna.  En la medida que son la expresión del querer vivir, el ritmo es lo que pasa a organizar el espacio. El ritmo que es lo más propio de la vida puesto que vivir es, justamente, la continua expansión del querer vivir. Cuando arden los pronombres y la noche se enciende, queda el ritmo que interrumpe la movilización global. La cuchara golpeando a la cacerola, el fuego que una y otra vez se enciende, el grito de rabia que nunca termina… El ritmo que los códigos intentan reconducir. Los espacios del anonimato se abren frente y contra de un espacio público reducido a simple vitrina de la ciudad.


La fuerza del anonimato

¿Y si dejáramos de ser ciudadanos? En verdad, no hay dos maneras de desocupar la figura del ciudadano. Construcción y destrucción no se oponen. En todo intento de construcción hay destrucción, y a la inversa. Sólo desde el poder se distingue siempre entre los violentos y los no-violentos. Dejar de ser ciudadanos es poner en marcha una potencia de vaciamiento como táctica y operar según una estrategia de transversalidad. Dejar de ser lo que la realidad nos obliga a ser, es decir, dejar de ser ese ciudadano – ciudadano, no hace falta recordarlo, es ahora el auténtico nombre de la unidad de movilización – consiste en trazar una demarcación entre lo que uno quiere vivir y lo que no está dispuesto a vivir. Transversalidad, por su parte,  significa que no hay un frente de lucha privilegiado (por ejemplo: la esfera del trabajo), sino que el combate se dirige contra la propia realidad entendida como un continuum de frentes de lucha. Cuando la vida es el campo de batalla ya no sirve de mucho seguir pensando en aproximaciones parciales. El objetivo debe ser siempre el mismo: agujerear la realidad para poder respirar. Y para ello hay que empezar a abrir tierras de nadie. Las tierras de nadie que, clavadas en el frente de guerra, son el lugar en el que reponerse para volver a atacar este maldito videojuego en el que estamos metidos. Desocupar la figura del ciudadano para que pueda emerger la fuerza del anonimato que vive en cada uno de nosotros. Esa fuerza que escapa porque nadie conoce su verdadera fuerza. Esa fuerza que es irreductible porque es la del querer vivir. Salir. Salir de todo construyendo ya un mundo entre nosotros. Salir de todo aunque sin matarse. Salir incluso de la misma idea de desocupación que este manifiesto defiende. ¿Y si dejáramos ya de ser ciudadanos?